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El humor de Borges

La mayoría de los lectores antes de conocerlo sienten que la altisonancia del nombre marca un límite, una frontera que son incapaces de cruzar. Y es que el nombre de Jorge Luis Borges cuando menos despierta respeto. Sin embargo, acercarse a sus cuentos a sus ensayos no parece una aventura tan titánica si antes conocemos un poco más sobre Borges el hombre, Borges y su maravilloso sentido del humor que no habla sino de esa inteligencia que está más allá de las veleidades y los egocentrismos con que muchos quieren revestirlo.

La ironía es una parte del humor que solo los inteligentes suelen apreciar y pocos son los que en verdad lo disfrutan. El humor en general es definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. En el humor irónico el sujeto es consciente del absurdo del mundo, pero no intenta ser moralizante. La ironía a menudo requiere un bagaje cultural que debe tenerse en cuenta, así como una forma de hablar de una determinada lengua. Desde el punto de vista de la retórica, es un procedimiento, una técnica, un simple recurso expresivo de carácter dialéctico que da a entender lo contrario de lo que se dice. En lugar de expresar lo que piensa, finge pensar lo que expresa. La palabra se contrapone al pensamiento, pero, lejos de ocultarlo, lo destaca y resalta con más fuerza. Viene a ser una especie de lenguaje en clave, pues exige el rechazo de su significado literal y que se vaya más allá del significado superficial, de modo que su desciframiento crea en el receptor la emoción del encuentro con un espíritu afín.
Borges era un maestro en el arte de utilizar las palabras y no tan solo en sus cuentos sino en la vida cotidiana daba cuenta de esta inteligencia que debemos buscar en sus textos tanto como en sus anécdotas cotidianas. Algunas de esas anécdotas son ejemplificadoras de esta idea. Por ejemplo, la situación que se presentó durante una reunión en un club social, donde Borges estaba hablando con unos amigos cuando se les acercó un hombre de aspecto desaliñado y agresivo y les preguntó dónde estaba el baño de hombres. Entonces Borges le dijo: “Siga por aquel pasillo y al final hay una puerta con un cartel que dice ‘Caballeros’. Usted no le haga caso y entre nomás…”
También aquella conversación de Borges con una alumna mientras ejercía como profesor en la universidad, cuando le preguntó su opinión sobre Shakespeare, a lo que ella contestó:

—Me aburre. Al menos lo que ha escrito hasta ahora.
—Tal vez Shakespeare todavía no escribió para vos. A lo mejor dentro de cinco años lo hace

O en aquella oportunidad cuando estaba siendo entrevistado en Roma por un periodista que trataba de provocarlo.

—¿En su país todavía hay caníbales? – Preguntó el periodista.
—Ya no. Nos los comimos a todos –respondió Borges.

Cuando Borges era presidente de la SADE, un miembro angustiado le preguntó:

—Borges, ¿qué podemos hacer por los jóvenes poetas?
—Disuadirlos —contestó Borges.

Alguien, en cierta ocasión, le estrechó la mano y, pletórico de emoción, le dijo:

—¿Usted sabe, Borges? Yo escribo.
—Yo también.

Hubo una señora que lo paró en la calle y le preguntó:

—¿Usted es Borges, verdad?
—Momentáneamente.

El humor de Borges posee la capacidad de desmoronar la realidad cotidiana, pero no sólo la realidad, sino también la seguridad. Esa seguridad cotidiana que nos da la aceptación de las convenciones. Borges solía hablar (mal) de cosas sagradas. Cosas tan sagradas como el fútbol, el tango, Gardel.

Del fútbol dijo: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”.
Del tango: “Esa danza de burdel inventada en 1880 y que no tiene nada que ver con la historia argentina: nadie quería el tango hasta que vieron que se bailaba en París”.
De Gardel: “Dudo de la virilidad de ese compadrito francés, Carlos Gardel: ¿acaso no se empolvaba la cara?”.

El error que muchos cometen es tomar a Borges en su literalidad. Esa literalidad peligrosa que a veces conduce a la estupidez, porque estúpida es la tentación de querer estar a la altura de Borges.
En el humor de Borges, una sola palabra da vuelta todo el sentido de las convenciones. La sola enumeración, por ejemplo, de los títulos que componen Historia universal de la infamia da cuenta de esa negación de la tranquilidad que da la costumbre. Por ejemplo, “El atroz redentor Lazarus Morell”. ¿Cómo un redentor puede ser atroz? Veamos, por ejemplo, El proveedor de iniquidades Monk Eastman”. ¿Cómo alguien puede ser proveedor de iniquidades?; en general, un proveedor nos da cosas buenas: la leche, las frutas y hortalizas, la factura para el mate, las masas para el té. Veamos también “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké”. ¿Cómo un maestro de ceremonias puede ser incivil?

Borges utiliza el humor en todos los géneros que transita y, como es un gran poeta, utiliza el humor también en la poesía. Pensemos en aquel famoso poema “Fundación mítica de Buenos Aires. En ese poema, que escribió cuando aún no tenía 30 años, se perciben las diabluras del humor y se desliza la picardía criolla en sus dos versos finales compuestos con una marcada ironía que tiende a auto desacralizarse en cuanto al tono reverencial que mantiene a lo largo del poema:

“Pensando bien la cosa, supondremos que el río/ era azulejo entonces como oriundo del cielo/ con su estrellita roja para marcar el sitio/ en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.”

Estos versos hechos más para la solemnidad que para la broma, son manejados por Borges con tal maestría que el humor se filtra con total naturalidad y es casi difícil entenderlos desde la ironía. El último verso del cuarteto, “en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron”, significa exactamente que: “los indios se comieron a Juan Díaz de Solís”.

Es innegable el grado de inteligencia que subyace en estas respuestas que lejos de revestir al escritor de un halo de soberbia, muestran que detrás de cualquier afirmación suya más que la sabiduría prima la razón, la lucidez. Si rebuscamos en sus textos, muchos de ellos están plagados de una ironía tan fina y delicada que solo desde una postura humorística podríamos entenderla. La inteligencia es la capacidad de entender o comprender y solo si abordamos sus textos desde esa postura podremos despojarlos del círculo oscuro que nos dice que para leer a Borges hay que ser cuando menos académico o especialista en literatura. Y como inteligencia es también la capacidad de resolver problemas, si utilizamos la nuestra en pos de comprender sus textos desde una posición de legos, Borges alcanzará su cometido: aportarnos el necesario conocimiento y comprensión no de la literatura sino de la vida misma.


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