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Escritura femenina, escritura masculina

En esta era donde el feminismo se confunde con femineidad, hablar de escritura femenina puede revestir visos separatistas y agrandar indisolublemente una grieta que no debería existir: masculino y femenino no son polos opuesto sino complementarios.
Pero entonces, ¿hay una mirada femenina y otra masculina a la hora de escribir?

Claudine Sandra Quinn, crítica literaria francesa, llega a la conclusión de que existe una diferencia entre el hombre y la mujer: por una parte esa diferencia es el resultado de diferencias biológicas y por otra, fruto de influencias sociales. Por lo tanto, el hombre y la mujer, como individuos diferentes, no perciben la realidad de la misma manera y por ello no la transcriben igual.
El gran interrogante es, ¿hay diferencias entre la escritura femenina y la masculina?
Un equipo de investigadores israelíes y estadounidenses empleó un programa informático, basado en el análisis de libros, centrado en la sintaxis y en ciertas palabras clave para determinar si el autor de un texto era hombre o mujer. El estudio analizó más de quinientas obras en inglés, tanto novelas como ensayos. Las conclusiones apuntan en la dirección de que los hombres hablan de objetos y las mujeres, de relaciones.
La crítica literaria Béatrice Didier afirma que la escritura íntima masculina sería más egocéntrica mientras que la escritura femenina se centraría más en las relaciones sociales. En cierto modo, puede reconocerse que la escritura femenina resultaría de una cierta situación y posición de la mujer en la sociedad.
Algunos críticos afirman que la escritura femenina aparece como una escritura que se inclina hacia lo maravilloso e irreal. Podemos dar por tierra con esto si nos remitimos al corpus narrativo de Doris Lessing, cuyo anclaje y compromiso con la realidad no necesitaron de lo fantástico ni de lo maravilloso para expresarse. Como contrapartida podemos decir que el mayor exponente del realismo mágico que ha dado Latinoamérica fue Gabriel García Márquez, un hombre.
Claudine Sandra Quinn, en su estudio sobre Collette dice que mujeres como ella han recurrido a la poética, lo maravilloso, lo oscuro para referirse a la realidad mostrando sin mostrar la realidad. La literatura femenina pareciera poner en tela de juicio la organización racional, la divergencia entre lo real y lo sobrenatural, la razón y lo imaginario.
Autoras de la talle de Ursula K. Le Guin o Liliana Bodoc han hecho de lo fantástico su modo de expresión, una forma de extrapolar mundos solo para compararlos. Pero no menos cierto es que George R. R. Martin con su saga de «Canción de hielo y fuego», J.C. Lewis con “Las Crónicas de Narnia” y J.R.R. Tolkien… y la lista podría seguir, hicieron del género fantástico su modo de interpelar la realidad desde mundos diametralmente opuestos al nuestro donde los valores de lealtad, nobleza, traición, etc., son los mismos por muy fantástico que sea el mundo creado.
Muchos críticos coinciden en que los escritos femeninos poseen un tratamiento particular del tiempo y de la acción, afirman que las escritoras prefieren también hacer referencia a la vida centrándose en lo más íntimo, en lo cotidiano, recurriendo a todos los registros lingüísticos. Podríamos nuevamente dar por tierra con dicha afirmación si citamos las obras completas de William Faulkner, maestro en el tratamiento del tiempo y ni qué decir los 7 tomos de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust quién marcó un antes y un después respecto al particular tratamiento del tiempo pasado y presente. No creo que este singular recurso sea privativo de las mujeres.

En siglos pasados, se consideraba que la literatura era una cosa de hombres. De hecho, era impensable que una mujer pudiera mostrar rasgos de inteligencia, pues era visto como una transgresión. Incluso las casas editoriales, que tradicionalmente trabajaban solo con hombres, hacían todo lo posible para evitar que una autora fuera publicada.
Por eso, muchas de las escritoras han debido publicar sus libros con un seudónimo masculino. Tal es el caso de George Sand por ejemplo cuyo verdadero nombre era Amantine Aurore Dupin o George Elliot cuyo nombre era Mary Anne Evans. En ningún caso se trataba de transexualidad o travestismo. Sin embargo, esa particularidad no afectó para nada el contenido y la idiosincrasia de sus historias que sin lugar a dudas reflejaban el punto de vista femenino que la sociedad acallaba por ese entonces. Lo interesante es que nadie notó la diferencia hasta que años después su propio valor como escritoras les permitió una competencia limpia, a cara descubierta.

Pero, nuestro interrogante sigue sin respuesta. ¿Se puede saber si un texto lo ha escrito un hombre o una mujer sólo con leerlo?
Sinceramente, creo que no; cada escritor tiene su estilo y su modo de hacer las cosas, pero no creo que la literatura pueda establecer las diferencias de género que la sociedad moderna pretende imponer como paradigma para mostrar y demostrar que entre hombres y mujeres existe una diferencia que los hace mejores o peores seres humanos.

Apelemos a las diferencias que nos hacen complementarios y aprendamos que lo diferente no califica ni cualifica sino que completa.


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