4321 – Paul Auster

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Mi enamoramiento de Paul Auster se inicia con la fantástica Trilogía de Nueva York. Un conjunto de tres libros que arman una historia polifónica. La polifonía como técnica trabajada allí con una precisión calibrada al extremo. Trilogía de N.Y. posee una coherencia del todo que solo es posible porque  cada parte cumple la exacta función de equilibrar el conjunto.  Desde William Faulkner y El sonido y la furia o Mientras agonizo que un libro no me había fascinado con esa potencia, recuerdo que  en aquella oportunidad, al conocer a Paul Auster,  me quedé sin aliento y para qué negarlo: me enamoré.




Desde entonces, mucha agua corrió bajo el puente de mis lecturas y de a ratos volvía a reencontrarme con mi viejo amor para renovar el embeleso con otras piedras preciosas de su corpus narrativo, joyitas artesanales como: El palacio de la luna, El país de la últimas cosas y hasta diamantitos quizás de menos vuelo literario esa novela en clave de fantasía llamada Tombuctú que posee una belleza y una sensibilidad que nunca pude menos que agradecer en un autor tan versátil que me había fascinado y asombrado hasta el delirio con Un hombre en la oscuridad y me había hecho trepidar con La invención de la soledad esa tan particular autobiografía donde casi a modo de ensayo reflexiona sobre temas siempre recurrentes en sus obras: la paternidad, el dinero, la soledad y la literatura. También me atrapó con ensayos como: ¿Para qué escribir? o Experimentos con la verdad donde reflexiona sobre el acto y el arte de escribir, sobre los secretos que sostienen toda narración, y nos revela algunas de esas sobrecogedoras irrupciones del azar que por fin decanta, y con toda la potencia de que este mago de la palabra es capaz, en 4321. 
Todos estos años vacilé entre amarlo por su ficción o por su ensayo, lo cierto es que no me ha dejado indiferente.

El libro que nos convoca es su última novela 4321. “Es la novela más realista que he escrito”, confiesa el autor. “Todo es directo e inmediato, no hay trucos ni ilusiones. La única audacia es la estructura. Se me ocurrió de repente, un día que estaba leyendo el periódico en el estudio: en lugar del viaje de una persona desde que nace hasta que se asoma a la edad adulta, contaría cuatro trayectorias distintas con variaciones sobre un trasfondo común”.
Y mientras muchos se preguntarán cómo es posible que una idea de esta envergadura llegue a aparecer de la nada y casi como un soplo de inspiración, yo más bien me asentaría en sus palabras que también reflexionan sobre su última novela: “Siento que he estado toda la vida preparándome para escribir este libro”. 
Muchos la catalogan como la mejor novela del autor, yo sigo poniendo mi voto en aquella Trilogía de Nueva York, para mí su mejor novela, la que me quito el sueño. Pero como lo cortés no quita lo valiente sigo amando a Paul Auster y he disfrutado este encuentro con él como otros tantos.
Quizás sea escaso hablar de una sola novela ya que en verdad 4321 son cuatro novelas en una. Un soberbio ejercicio de narrativa que no está exento de la precisión a la cual nos tiene acostumbrados este monstruo de las letras. Sin embargo, no ha alcanzado la misma calificación, según mi modesto entender, que otras de sus obras anteriormente citadas.
4321 como dije,  son cuatro novelas en una, las cuatro historias de Archie Ferguson o más bien las cuatro posibilidades de vida que hubiera tenido el protagonista si su vida hubiese seguido un derrotero u otro.
El planteamiento dialéctico es: ¿Y si hubieras actuado de otra forma en un momento crucial de tu vida? Cada una de esas reacciones ante la vida, sin duda nos daría una vida distinta cada vez y Paul Auster nos plantea no una reacción sino cuatro reacciones distintas y el resultado es entonces cuatro historias distintas sobre la vida de Archie Ferguson.
La infancia del protagonista de 4321 (o sus cuatro infancias) tiene mucho en común con la de Paul Auster. Archie Ferguson nace en Newark, Nueva Jersey en 1947, igual que su autor, sólo que un mes después que él, en el seno de una familia de descendientes de inmigrantes judíos centroeuropeos. “La América de los cincuenta fue para mí una época feliz. Mi gran pasión fue siempre el deporte, aunque paralelamente desarrollé un interés desaforado por la lectura, cosa hasta cierto punto inexplicable, pues en mi casa no leía nadie” Pero a diferencia de Auster, Archie toma cuatro decisiones distintas en diferentes momentos de su vida y eso lo lleva a crear un futuro diferente a partir de cada decisión. Sin embargo, no siempre elige, a veces es la vida misma, el azar quien tuerce el camino para acá o para allá.
A lo largo de esas cuatro diferentes vidas vamos conociendo las reacciones propias del protagonista de acuerdo a cada etapa de su vida. Sus descubrimientos amorosos, su relación frente al estudio, frente a su familia, la exploración de la sexualidad, el enfrentamiento con la muerte, la estrecha relación con la madre coincidente en todas las historias, un padre ausente por diferentes motivos en cada una de ellas y el enamoramiento de Amy, que alternativamente es su amiga, su novia, su amante,  su prima y su hermanastra. Todos estos tópicos aparecen con una connotación y otras a lo largo de las cuatro historias.




A pesar  de la confusión que entraña leer un enfoque distinto en la vida del protagonista, capítulo tras capítulo, las historias (cada una de ellas) tienen ciertos elementos en común que el autor retoma en cada caso para ubicarnos en esos saltos de una a otra. Por eso,  una vez inmersos en el devenir de cada una es fácil reconocerlas. Encierra cierta complejidad  y de hecho al comienzo desconcierta ya que esta no es una novela convencional y quizás por eso no ha llegado a seducirme como otras, tal vez más que nada por las expectativas que uno suele poner en las nuevas lecturas. Lo cierto es que no puedo dejar de apreciar la maestría de la pluma de quien narra cuatro vidas distintas y no obstante nos ayuda a descubrir que sin desafiar el azar toda vida, cualquier vida tiene elementos comunes como el odio, el amor, el deseo, la pasión, la dicha, el rencor, la desdicha y la certeza final, al llegar a la última página, de que el azar existe pero también el libre albedrío que nos permite vivir la vida que hemos elegido vivir aunque al final de la misma ya sea tarde para arrepentimientos.

Es una novela larga, tediosa por momentos y quizás Paul Auster podría haberse ahorrado unos cientos de páginas de las 900 que tiene en total. A pesar de la extensión por momentos apremiante, en mi caso porque como voraz lectora siempre cabalgo a 200 kilómetros por hora para llegar al desenlace, como me ha sucedido con otros de sus libros no me arrepiento de haber acometido la epopeya de su lectura. Sin duda Paul Auster es uno de esos autores que no dejan indiferente a ningún lector, un lector que inevitablemente ya no es el mismo luego de haberlo leído.

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