A lo largo de la historia de la literatura, pocos nombres resuenan con la fuerza de Julio Cortázar. Su obra no solo se destacó por su originalidad formal y su indomable imaginación, sino también por el profundo diálogo que sostuvo con las corrientes literarias que le precedieron. A su vez, el eterno Cronopio, sembró las semillas de la inspiración en generaciones posteriores que, tras su partida, han encontrado en su obra una fuente inagotable de inspiración. Haciendo un poco de historia, …
… digamos que Julio Cortázar se formó en un ambiente literario diverso y pluricultural. Desde joven, fue asiduo lector de la literatura europea, y en especial de la tradición surrealista y existencialista que, en su época, se disputaba la vanguardia de la creación artística. La influencia del surrealismo se plasma en sus juegos de lenguaje, en la creación de mundos que transgreden la realidad y en la exploración de lo irracional. Escritores como André Breton y Louis Aragon fueron, en cierto modo, precursores de esa fusión entre lo cotidiano y lo fantástico, y Cortázar supo retomar esos elementos para reinventarlos en un contexto latinoamericano.
Sin lugar a dudas, la narrativa corta y el cuento moderno europeo dejaron su impronta en la sensibilidad de Cortázar. La economía del lenguaje, la precisión en la descripción y el tono irónico se mezclan en obras como Las armas secretas y Final del juego, donde cada palabra parece elegida para desafiar la linealidad del tiempo y del espacio. La tensión entre lo real y lo imaginario, tan característica en la literatura europea de la posguerra, encontró en Cortázar un terreno fértil para el experimento narrativo.
Pero no fue únicamente el terreno europeo el que marcó su formación…
La rica tradición oral y la complejidad cultural de América Latina también le ofrecieron las herramientas imprescindibles para la creación de universos literarios donde lo mágico se inscribe en lo cotidiano como fiel legado de las leyendas, los mitos precolombinos y la efervescencia de una identidad cultural múltiple. Para muestra basta un botón y entonces se me ocurre: “La noche boca arriba” del libro Final del juego donde Cortázar juega con la dualidad entre la realidad contemporánea y un pasado precolombino repleto de rituales y mitos.
La amalgama de lo europeo y lo latinoamericano no solo constituye una característica definitoria de su escritura, sino que también lo posiciona como un puente entre dos mundos. Su tarea, un traductor de una experiencia híbrida que se manifiesta en la ruptura de las convenciones narrativas tradicionales.
No pocos autores han recogido su legado, ejemplos actuales, autores vivos o muy presentes en la escena contemporánea cuyas obras reúnen rasgos cortazarianos como: la economía del lenguaje, la ironía cortante, el extrañamiento del tiempo/espacio y la inserción de lo mágico en lo cotidiano desde la tradición oral y los mitos. Empecemos el recorrido…
Samanta Schweblin es una de las voces más fuertes de nuestra literatura. En Pájaros en la boca y Siete casas vacías, Schweblin trabaja el cuento breve con una precisión lapidaria: frases breves, economía de lenguaje y finales que trastocan la realidad cotidiana hacia lo incalificable, lo insólito, esa frontera difusa entre lo posible y lo imposible que también forma parte de algunos de los cuentos de Cortázar en su libro Bestiario como “Lejana”, “Las puertas del cielo”, etc. Tanto los relatos de Samanta como los de Julio condensan una mezcla de terror y extrañeza en escenarios domésticos, jugando con la ambigüedad entre lo real y lo fantástico, creando la sensación de que los hechos narrados así como parecen imposibles también pueden suceder. Otro ejemplo sería…
Mariana Enríquez que maneja la mezcla de lo espeluznante y lo social con una maestría que asombra, espanta y aturde. En sus novelas construye lo fantástico como fruto de la historia (violencia estatal, tradición oral, ruinas urbanas) y del contexto donde se desarrollan los hechos. Las cosas que perdimos en el fuego y Nuestra parte de noche son dos claros ejemplos de la herencia cortazariana donde lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano pero en su prosa con una carga explícita de memoria colectiva y oralidad urbana; su tono combina economía expresiva con ironía sombría. No puedo dejar de mencionar el cuento “Casa tomada” del libro Bestiario donde la invasión silenciosa de la casa puede leerse como metáfora de fuerzas históricas que despojan a los protagonistas de su lugar seguro. Enríquez lleva esa lógica al extremo: casas embrujadas y ciudades arrasadas por la violencia estatal. Sigamos con…
Juan José Millás, que tanto en sus cuentos como en sus artículos de tono fantástico, algunos reunidos en El ojo de la cerradura, explora la irrupción de lo extraño en la vida cotidiana mediante pequeñas fisuras de la realidad que desestabilizan la percepción del sujeto. Esta operación recuerda de manera directa a ciertos relatos de Julio Cortázar, en particular los de Final del juego y Las armas secretas, donde un gesto mínimo, una anomalía apenas perceptible, introduce una perturbación de orden existencial.
En ambos autores, lo fantástico no se presenta como un acontecimiento extraordinario, sino como una desviación casi imperceptible de lo real: un desplazamiento de sentido que altera la lógica cotidiana sin romperla del todo. Así como en cuentos cortazarianos como Casa tomada o Axolotldel libro Final del juego lo inquietante emerge desde lo doméstico o lo íntimo, en los textos de Millás como El desorden de tu nombre o muchos de sus Articuentos, la extrañeza se filtra a través de la conciencia del narrador, revelando una realidad frágil y susceptible de volverse absurda. En esta misma línea de filiación cortazariana puede inscribirse la obra de …
César Aira, uno de los narradores argentinos más influyentes y prolíficos de las últimas décadas. Aunque su proyecto literario posee una impronta singular, en novelas como Cómo me hice monja, Aira retoma y reformula algunos de los procedimientos que Cortázar había ensayado décadas antes: la ruptura de la causalidad clásica, el gusto por lo imprevisible y la confianza en el avance del relato a la deriva y no tanto como construcción cerrada.
Al igual que Cortázar, Aira concibe la literatura como un espacio de experimentación constante, donde lo fantástico no surge necesariamente de lo sobrenatural, sino del deslizamiento de la lógica narrativa hacia zonas de extrañeza. La proliferación de ideas, los giros inesperados y la deliberada falta de cierre recuerdan, en otro registro, la apuesta cortazariana por desmontar la novela tradicional y poner en crisis las expectativas del lector.
Si en obras como Rayuela Cortázar proponía una lectura no lineal y un texto abierto a múltiples recorridos, Aira radicaliza esa libertad convirtiendo cada novela en un laboratorio narrativo, donde el sentido no se fija, sino que se expande. En ambos casos, el lector es convocado a acompañar el riesgo de la escritura, aceptando que la literatura no siempre ofrece respuestas, sino experiencias de pensamiento y extrañamiento.
Otro caso significativo es el de …
Valeria Luiselli, cuya novela Los ingrávidos dialoga de forma sutil pero profunda con procedimientos cortazarianos. La superposición de planos temporales, la presencia espectral de escritores del pasado y la fragmentación de la voz narrativa remiten a la preocupación de Cortázar por los límites entre vida, escritura y memoria. Como en muchos de los relatos del Cronopio, lo fantástico en Luiselli, no se manifiesta mediante hechos sobrenaturales evidentes, sino como una perturbación del tiempo y de la identidad, un deslizamiento que cuestiona la estabilidad del relato y del yo narrador. Esta afinidad confirma que la herencia cortazariana no depende del género ni del tono, sino de una misma concepción de la literatura como espacio de interrogación.
A más de cuatro décadas de su muerte, Julio Cortázar …
continúa siendo una presencia activa en la literatura contemporánea, no como una figura cristalizada en el canon, sino como un impulso vivo que sigue generando formas, preguntas y desvíos. Su legado no se reduce a un conjunto de temas o recursos técnicos reconocibles, sino a una ética de la escritura: la voluntad de incomodar lo real, de poner en crisis las convenciones narrativas y de invitar al lector a una experiencia participativa y transformadora. Los autores aquí mencionados, desde Schweblin y Enríquez hasta Millás, Aira y Luiselli, no imitan a Cortázar, sino que dialogan con él desde sus propios contextos y sensibilidades, demostrando que su influencia no clausura caminos, sino que los multiplica. En ese sentido, el Cronopio no pertenece solo al pasado glorioso de la literatura latinoamericana, sino al presente y al futuro de una narrativa que sigue apostando por el riesgo, la experimentación y la potencia de lo extraño como forma de conocimiento.
Así, en la intersección de influencias y de generaciones, el espíritu de Cortázar se mantiene vivo y latente, recordándonos que la literatura, en su esencia más pura, es una celebración de la libertad, de la creatividad y de la eterna capacidad del ser humano para reinventarse a sí mismo. Y es precisamente en esa capacidad para transformar lo ordinario en extraordinario donde se encuentra, en última instancia, la magia de Cortázar, un legado que sigue iluminando el camino de la narrativa y que, al inspirar a nuevas voces, se asegura de que la literatura nunca deje de ser un acto de fe en lo imposible.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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