Durante mucho tiempo pensé que mirar era simplemente ver. Ver las calles, los árboles, las ventanas encendidas, los perros dormidos, los charcos después de la lluvia. Los veía, sabía qué eran, podía seguir de largo. Uno mira una calle y sabe que es una calle, un árbol y sabe que es un árbol, un charco y sabe que es un charco. ¿Qué otra cosa podían ser? Todo cambió cuando descubrí que ver no era lo mismo que mirar. En esa diferencia había empezado a olvidar algo más difícil de nombrar: ese instante en que una cosa cualquiera podía dejar de serlo.
El asombro …
Lo descubrí una mañana, mientras esperaba el colectivo. Había llovido durante la noche y, sobre la calle, se había formado una pequeña laguna en la que se reflejaba un pedazo de cielo. No era un cielo particularmente hermoso. Apenas unas nubes desordenadas y una claridad amarillenta que anunciaba el calor.
Una mujer pasó junto a mí y pisó el agua. El cielo desapareció. La miré irse y pensé que, años atrás, aquello me habría detenido. Me habría quedado mirando el charco, esperando no sé qué. Recuperar el cielo, tal vez. Quizá me habría quedado allí hasta que el agua volviera a quedarse quieta. Esa mañana, en cambio, seguí esperando el colectivo como si nada, y eso era lo extraño: antes había cosas capaces de conmoverme; ahora las miraba y seguía de largo. Hubo un tiempo en que, detrás de cualquier escena, parecía haber algo más. Ahora las cosas pasaban delante de mí como pasan las luces de los negocios desde la ventanilla del colectivo: una detrás de otra, encendidas y fugaces, sin que ninguna consiguiera hacerme volver la cabeza …
El colectivo se demoraba, me quedé mirando la calle y pensé en los jazmines después de la lluvia, en una ventana encendida a las tres de la mañana, en el olor de una librería vieja, en los perros cuando duermen y mueven las patas como si corrieran, en la voz de alguien conocido acercándose. Las imágenes aparecían y se iban.
Volví al charco. El agua había empezado a quedarse quieta y otra vez el cielo se reconstruía poco a poco entre las ondas. Lo miré. Nada. Esperé un poco más. Nada.
Entonces comprendí que aquellas cosas, como las recordaba, no habían perdido nada. El jazmín seguía oliendo a jazmín, la ventana seguía encendida, el perro seguía corriendo mientras dormía. Todo estaba en su lugar. Nada me rozaba. Y de alguna manera, eso fue lo que aquella mañana me molestó. Llegó el colectivo y durante el viaje esa “nada” ocupó mis pensamientos. No era exactamente una ausencia, era algo más inquietante, algo que aparecía entre una mirada y otra, cuando una cosa cualquiera podía dejar de serlo. En un fugaz instante pensé que aquel colectivo no era un colectivo. O no solamente. Era una máquina que rompía las distancias, que hacía posible estar aquí y unos minutos después en otra parte. Miré por la ventanilla. Las calles retrocedían, las esquinas quedaban atrás, los edificios corrían en la dirección contraria. Por un momento tuve la sensación de que el colectivo no avanzaba por la ciudad sino por algo que se parecía al tiempo. Después la sensación se deshizo. El colectivo seguía rodando. Yo seguía sentado entre la gente, mirando por la ventanilla …
No, evidentemente, me dije, un colectivo no es solo un colectivo es… No terminé la frase porque de reojo vi que estaba llegando a mi parada. Me puse de pie y toqué el timbre justo en el momento en que el colectivo llegaba al lugar donde debía bajar. Descendí y durante unos segundos permanecí en la vereda, con la sensación de haber perdido algo que apenas había alcanzado a encontrar. Miré hacia atrás. El colectivo ya doblaba la esquina. Y volví a pensar: un colectivo es… Seguí caminando las veredas de siempre y me detuve frente al árbol en la esquina de mi casa. Lo conocía desde hacía años. Un plátano viejo, de esos que levantan las baldosas con las raíces y obligan a los vecinos a caminar haciendo pequeños rodeos. Tenía el tronco inclinado hacia la calle y una rama gruesa que parecía a punto de caer sobre los autos estacionados. Iba a seguir caminando cuando algo se movió, apenas, justo allí donde las cosas suceden sin que uno las perciba. Miré otra vez el árbol. Una hoja se había desprendido de una rama y caía hacia mí. Flotó frente a mi cara, mecida por un aire que no llegaba a sentirse, quedó suspendida como un suspiro y siguió cayendo hasta la vereda. Era una hoja común, verde todavía, con una pequeña mancha amarilla en el borde. La recogí y me la llevé a casa. La dejé sobre la mesa de la cocina, al lado del frutero, con la nervadura hacia abajo, y durante un rato me olvidé de ella. Después, mientras cenaba, la miré. No podría decir qué fue exactamente lo que me hizo levantar la cabeza. Quizá un cambio de luz, quizá el movimiento de algo que no llegué a ver. La hoja seguía allí, pero ya no parecía la misma hoja, juraría que se movía, giraba lentamente sobre sí misma, como si buscara una posición más cómoda, y terminó con la nervadura hacia arriba. Dejé el tenedor y miré la ventana, estaba cerrada, la puerta también, ninguna corriente de aire. Empecé a dudar de mi estado mental y de un manotazo abrí la ventana. Una brisa me acarició la frente, movió la cortina, movió la factura de la luz que estaba junto al frutero, la vi planear en el aire y caer a mis pies, miré la hoja que seguía inmóvil. Cerré la ventana y esperé. Nada. La hoja seguía con la nervadura hacia arriba. La miré durante un rato que no supe medir, mientras afuera seguía pasando la noche y en algún lugar de la casa una cañería de agua golpeaba de tanto en tanto contra la pared. Recogiendo la mesa pensé que quizás había otra forma de ver, el mismo Cortázar había escrito en su cuento Axolotl en el libro Final del juego: «Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar». Al igual que el hombre del acuario, sentí una fuerza extraña que me impedía darle la espalda a mi hoja …
Cuando terminé, volví a mirarla. Seguía allí, inmóvil. Me serví un poco de agua y permanecí de pie junto a la mesada, escuchando el zumbido de la heladera. Desde la calle llegaba el ruido de un auto que pasaba sobre el asfalto mojado. Después una puerta se cerró en algún departamento del edificio, alguien arrastró una silla, un perro ladró una sola vez y volvió a callarse. Fui hasta el baño y al regresar, antes de apagar la luz de la cocina, miré otra vez la mesa. Nada. Pensé que quizás le estaba otorgando a mi hoja una vida que no tenía. Apagué la luz, la encendí de golpe. Buscando, y no solo buscando sino exigiendo evidencias de una mirada que no me atrevía a tener. Y como era de esperar, la hoja seguía inmóvil.
La noche fue una sucesión extraña de despertares. Me levanté una vez para tomar agua y miré la hoja antes de volver a la cama. Nada. Más tarde me pareció escuchar un ruido en la cocina, permanecí un rato despierto. Nada. Preferí pensar que quizá lo de la hoja había sido una ilusión, que en realidad nunca se había movido, que en realidad la hoja era solo una hoja, nada especial. Sin embargo, con los ojos cerrados, dispuesto a rendirme al sueño, sospechaba algo más.
A la mañana siguiente la tomé entre los dedos. Estaba un poco más seca, naturalmente. La miré de cerca, como si pudiera encontrar en ella alguna señal, una marca, una deformación, algo que justificara haberme quedado tanto tiempo pensando en una hoja. Desolado, vacío, sentí que estaba perdiendo el tiempo y la tiré a la basura.
Mientras esperaba que hirviera el agua para el café pensé que el día anterior, todo el día, había sido una exageración: la hoja, el colectivo, el charco, el árbol de la esquina. Quizá había visto más de lo que era. Quizá había querido encontrar algo donde no había nada. Tenía que volver a concentrarme en las cosas de siempre. El agua hirvió. Preparé el café y abrí el diario con la misma intención de cada mañana, enterarme de las noticias o pasar el tiempo. Pasé algunas páginas sin detenerme hasta que una fotografía me hizo volver atrás …
Era una fotografía cualquiera, una calle que no reconocí, unos árboles al fondo y una mujer que cruzaba delante de un edificio. Volví a mirarla. Durante un fugaz instante, la sombra de uno de los árboles pareció extenderse sobre la calle como un animal enorme, agazapado. Parpadeé y volvió a ser solo sombra. Me quedé mirando la fotografía unos segundos más. Era una calle, árboles al fondo y una mujer que cruzaba delante de un edificio. Cerré el diario. Ya llegaba tarde. De camino al trabajo, detuve mis pasos frente a una baldosa. Era una baldosa rota, gris, con una curva oscura en el medio. Parece un pez, pensé. Pero apenas el pez comenzó a nadar en mi cabeza, me concentré. Quizá había intentado mirarlo demasiado, ponerle nombre, justificarlo. Quizá no vemos determinadas cosas porque nunca las estamos buscando, pensé. Entonces recordé una frase de Harper Lee que había leído hacía años en su libro Matar a un ruiseñor: «La gente generalmente ve lo que busca y oye lo que escucha». Seguí caminando.
De pronto vi una grieta que trepaba por la pared de un edificio como una rama buscando el cielo. Más adelante, una mujer llevaba un botón prendido en el cuello de la camisa que me hizo pensar en una pequeña luna pálida, de esas que uno alcanza a ver durante el día si levanta la mirada. Unos pasos más adelante, volví la cabeza curioso. El botón ya era solamente un botón. Caminar estaba convirtiendo las casualidades en descubrimientos, pensé, justo en el momento en que me crucé con un hombre que caminaba con los ojos cerrados. Me detuve. Aquello era, cuando menos, inaudito. Y más aún porque venía hacia mí con una tranquilidad absoluta, sin extender las manos ni tantear el suelo, como si conociera de memoria cada baldosa, cada árbol, cada desnivel de la vereda. Por un momento tuve la absurda sensación de que era yo el que llevaba los ojos cerrados, que era yo quien debía abrirlos y mirar distinto. Me di vuelta, el hombre había llegado a la esquina. Lo vi con los ojos abiertos, sonriente, seguir su camino …
Yo también seguí caminando, aunque algo en aquella mañana había quedado desacomodado. Las cosas estaban en su sitio: las mismas veredas, los mismos árboles, los mismos autos estacionados junto al cordón. Y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, caminaba más despacio, como si pudiera perderme algo si no mirara con atención. Todo parecía demasiado normal pero yo me sentía fuera de esa normalidad. Virginia Woolf escribió alguna vez que «La vida es, dicho con sobriedad y precisión, lo más extraño; contiene en sí la esencia de la realidad». Quizá lo extraño no fuera que aquel hombre caminara con los ojos cerrados. Quizá lo extraño era que yo, con los ojos abiertos, hubiera tardado tanto en mirar.
En el trabajo cometí algunos errores. Nada grave. Escribí mal una fecha, olvidé responder un mensaje y, durante una reunión, descubrí que llevaba varios minutos mirando una flor que alguien había dejado junto a la ventana. Era una flor diminuta, casi insignificante, de un color que nunca había visto. El sol entraba por el vidrio y caía sobre ella de una manera tan precisa que parecía nacer de su interior. En algún momento la luz empezó a desplazarse sobre el piso y dejó de tocarla, entonces los pétalos se cerraron lentamente, uno después de otro, hasta quedar recogidos sobre sí mismos.
Me quedé mirándola, esperando que volviera a abrirse, pero aquel pequeño puño inmóvil parecía haber decidido quedarse así. Afuera, la tarde siguió rodando. Los autos, la gente, los colectivos, las nubes que se iban juntando detrás de los edificios. Todo continuaba allí. Y, sin embargo, cuando volvía a mirar, algo parecía haberse movido.
Los días siguientes fueron iguales a los de siempre, aunque no estoy seguro de que yo fuera el de siempre. Empecé a detenerme frente a cosas que antes no veía: una sombra sobre una pared, una gota descendiendo por un vidrio, el reflejo de una taza que el vapor borraba. A veces me quedaba mirándolas sin saber exactamente qué esperaba. A veces no pasaba nada. Igual, me detenía. Una mañana volví a pasar frente al árbol. Me detuve. El plátano seguía siendo el mismo: el tronco inclinado hacia la calle, las raíces levantando las baldosas, las ramas extendidas sobre los autos, se movían con el viento, las hojas bailaban al compás. Solo una se desprendió y cayó. La seguí con los ojos hasta que tocó el suelo. Por un instante me pareció una mano pequeña, abierta sobre la vereda. Era una hoja y también una mano abierta. Seguí caminando …
Esta mañana está lloviendo, nada extraordinario. Al salir de casa descubro, sobre la calle, una pequeña laguna en la que se refleja un pedazo de cielo. No es un cielo particularmente hermoso. Apenas unas nubes desordenadas y una claridad amarillenta que anuncia el calor.
Pienso en la mujer que pasó junto a mí y pisó el agua, en el cielo que desapareció bajo su zapato y en mí. Esta vez solo el charco y yo. Una gota cae sobre el agua y las ondas se extienden hacia los bordes desarmando el cielo. Poco a poco el agua se aquieta y las nubes vuelven a dibujarse. Por un instante ya no parecen nubes sino una figura que no alcanzo a nombrar, algo que podría ser un animal que tras un parpadeo desaparece y ahora es una isla, al rato, una casa sobre una colina. Es todo eso y, además, es solamente un pedazo de cielo en un charco.
Y yo no necesito saber qué es.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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