A las ocho y diez de la mañana me senté frente a la hoja en blanco y tuve la desagradable sensación de que me estaba mirando. No es una manera de decirlo, no.
De todas formas, durante unos minutos traté de convencerme de que una hoja no puede mirar a nadie, de que el blanco es solamente blanco y de que pasar demasiado tiempo solo frente a una pantalla mirando una página en blanco termina haciendo que uno sospeche de cosas bastante absurdas. Pero había algo en aquella superficie inmóvil, algo casi imperceptible, como si del otro lado hubiera alguien esperando que yo hiciera el primer movimiento …
El cursor titilaba y no ayudaba mucho a mi tranquilidad. Aquella pequeña línea vertical aparecía y desaparecía con una regularidad insoportable, siempre en el mismo lugar. Sentí que estaba esperando algo de mí, ¿realmente era así? Por momentos me parecía un animal diminuto encerrado detrás de la pantalla, de a ratos era un hombre que golpeaba desde adentro. Fingí concentración durante un rato. Había algo humillante en aquella espera. Yo había pasado media vida escribiendo y, sin embargo, aquella mañana las palabras estaban ahí, o eso suponía, pero ninguna encontraba el camino hasta la página. Las conocía, podía pronunciarlas, escucharlas dentro de mi cabeza, incluso sabía exactamente dónde debían ir, pero cuando intentaba poner una detrás de otra ocurría algo extraño: se deshacían antes de llegar …
Pensé que bastaría con una, una palabra cualquiera, la primera que apareciera. Nada. Entonces comprendí que ese era el verdadero problema: yo no estaba frente a una hoja en blanco sino frente a una historia que todavía no sabía cómo contar, pero que parecía estar esperando que yo encontrara las palabras.
Si es una historia, me dije, puedo empezar por cualquier parte. Eso era lo que siempre había escuchado: que no hay que esperar la primera frase perfecta, que hay que avanzar aunque sea con una frase mala, que después siempre hay tiempo para corregir, que lo importante es entrar en la inercia de las palabras. Más de cien veces había vuelto al libro Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury: «Trabajo. Relajación. No pensar». Tres indicaciones sencillas, casi una receta para alejar una parálisis como la mía.Las tenía escritas en un pequeño cartel pegado detrás de la pantalla de mi PC y las leía cada mañana, casi por costumbre, antes de empezar a escribir. Esa mañana también las leí. Y, por supuesto, no conseguí hacer ninguna de las tres cosas. Llevaba tres días haciendo exactamente lo contrario …
Pensaba, pensaba en escribir, pensaba en no pensar, pensaba en la frase que iba a escribir cuando dejara de pensar y, cuanto más pensaba, más limpia permanecía la página. Relajarme tampoco era posible y por eso en ese momento descubrí que tenía miedo. No miedo de no terminar el cuento, eso sería demasiado razonable. Tenía miedo de que no hubiera cuento, de que aquella vez la página estuviera realmente vacía. No vacía como están las páginas antes de que alguien escriba en ellas, sino vacía de mí.
La idea me produjo una especie de frío en el estómago. Como escritor me había acostumbrado a creer que siempre hay algo detrás de lo que todavía no he dicho. Una imagen, una voz, una escena, una mujer que espera detrás de una puerta, un hombre que cruza una calle sin saber que alguien lo está observando. Algo.
Pero aquella mañana no había nada. Nada salvo el cursor. Pensé en cerrar la computadora pero algo me impulsaba sin embargo a permanecer mirando la pantalla, la hoja en blanco. Pensé en preparar café o quizá un té de manzanilla para alcanzar esa relajación buscada. No me moví. Demasiado pensar, me dije. Y, sin embargo, seguí pensando. Pensé en llamar a alguien para escuchar una voz que no fuera la mía repitiendo: escribí, escribí, escribí. Y entonces me acordé de Mara. No sé por qué Mara, hacía años que no pensaba en ella …
No era una mujer importante en mi vida, habíamos estado juntos poco tiempo, unos meses, que ahora, vistos desde lejos, parecían pertenecer a otra persona. Mara tenía la costumbre de quedarse en silencio cuando yo hablaba demasiado, no porque estuviera aburrida, sino porque parecía estar esperando que en algún momento yo dijera algo que realmente quisiera decir o más bien que mereciera la pena de ser dicho.
Y por pensar, volví a aquella noche cuando me preguntó qué estaba escribiendo.
—Un cuento—le dije.
—¿Sobre qué?
Le dije que todavía no sabía y ella sonrió.
—Entonces todavía no estás escribiendo —me respondió.
En aquel momento me había molestado. Ahora me sonó a burla. Pero Mara había entendido algo que yo todavía no llegaba a comprender. Pensé entonces en Hemingway, en París era una fiesta, y en aquella frase que se repetía cuando un relato no terminaba de arrancar: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verdadera. Escribe una frase tan verdadera como sepas”. De modo que al cabo Hemingway escribía una frase verdadera y a partir de allí seguía adelante. Una frase verdadera. La expresión se me quedó dando vueltas. No una frase buena, ni original, ni siquiera una frase que sirviera para empezar el cuento. Una frase verdadera …
Volví a la pantalla. A lo mejor eso que llevaba tres días buscando no era una primera frase brillante, sino una frase que pudiera decir sin mentiras, sin circunloquios, sin simulacros. Tal vez yo había confundido escribir con abarcarlo todo, quería conocer la historia antes de contarla, saber quién iba a aparecer, qué iba a suceder, dónde iba a terminar todo. Quería tener las palabras esperándome en fila, obedientes, listas para entrar en la página sin equivocarse.
Pero con la cabeza en frío también sabía que eso era imposible porque… «El novelista no elige sus temas; es elegido por ellos. Escribe sobre ciertos asuntos porque le ocurrieron ciertas cosas». Y no lo estaba inventando, el mismísimo Vargas Llosa lo había escrito en Cartas a un joven novelista. Yo ya no era tan joven pero quizá podría ayudarme.
No era exactamente lo mismo que había dicho Mara, pero se acercaba a algo que empezaba a intuir: tal vez uno no siempre sabe qué está tratando de decir cuando comienza a escribir. A lo mejor necesita escribir para descubrirlo. Y otra vez Mara. Con ella regresó la habitación en la que habíamos vivido durante aquellos meses, la ventana y la lluvia de una noche que parecía no terminar nunca. Recordé el silencio, su respiración, el ruido del agua golpeando los vidrios. Y de pronto apareció una frase: No todo lo que está en blanco está vacío …
No sé de dónde vino. Tal vez siempre había estado allí o tal vez distorsionaba la realidad al recrear aquella noche de tormenta, bien podría haber sido un invento mío en mi afán por cubrir la página de palabras, de esas palabras que se negaban a aparecer. Y negando esa negación la susurré: No todo lo que está en blanco está vacío. La repetí una vez, casi en silencio. Después otra. Ya no me pareció una idea. Era una frase. Una frase verdadera o inventada, ¿qué más daba a esa altura? Las palabras se sostenían. Y por primera vez en tres días tuve la sensación de que no necesitaba saber adónde me llevarían. Escribí la frase: No todo lo que está en blanco está vacío. Debajo apareció otra, casi sin pedir permiso: Aquella noche llovía. Me quedé escuchándola. Era una frase pobre, probablemente. No tenía nada de extraordinario. Pero era cierta, al menos dentro de mi recuerdo. Entonces apareció otra más: Mara dormía mientras la lluvia golpeaba los vidrios. Y otra: Yo la miraba dormir y pensaba en todas las cosas que todavía no sabía decirle. No sabía si aquello pertenecía al cuento, a mi memoria o a una mezcla de las dos cosas. Tampoco me importó demasiado. Las palabras habían dejado de deshacerse antes de llegar a la página. Ahora estaban allí, una llamaba a la siguiente. Mara. La ventana. La lluvia. La habitación. Recordé que aquella noche había una lámpara encendida en la cocina y que la luz llegaba apenas hasta el pasillo. Recordé el ruido de la heladera, el vaso que había quedado sobre la mesa, el olor húmedo que entraba por la ventana mal cerrada. Recordé incluso que, antes de acostarse, Mara había dicho algo que entonces no entendí y que ahora tampoco podía recordar exactamente ¿No todo lo que está en blanco está vacío?, ¿o había dicho algo sobre el blanco, sobre las cosas que uno no alcanza a ver? ¿Hasta dónde yo distorsionaba la realidad?, ¿y hasta dónde eso me beneficiaba o me perjudicaba? …
Poco importaban las palabras exactas, al fin y al cabo no necesitaba reproducirlo sino simplemente recordarlo. No estaba escribiendo la realidad de aquella noche, sino lo que había quedado de ella en mí. Tal vez eso era escribir: dejar que la memoria encontrara su forma en las palabras, aunque algunas cosas se perdieran en el camino y otras aparecieran por primera vez.
Debí haber empezado desde el principio a internalizar lo que los grandes maestros dicen casi sin querer, Cortázar con la voz de Oliveira, me lo estaba gritando desde Rayuela: «Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos». Por primera vez, la frase no me pareció una idea que debía comprender, sino algo que estaba sucediendo mientras escribía.
Miré la pantalla. Ya no estaba vacía. Había una frase, después otra, después otra. Una pequeña huella de letras sobre el blanco, como si alguien hubiera empezado a caminar por una habitación que hasta hacía un momento ni siquiera existía. Había entrado en un torbellino envolvente que giraba de adentro hacia afuera, de mí hacia la pantalla. Y seguí.
Ahora que lo pienso, eso era lo que Mara había querido decir aquella noche: que no se puede esperar a saberlo todo para empezar a contar. Yo había querido conocer la historia antes de escribirla, como si una historia pudiera presentarse entera, ordenada, con un principio, un medio y un final, antes de que alguien pronunciara la primera palabra. Ya no intentaba recordar aquella noche tal y como había sucedido. La estaba encontrando. Y cuanto más escribía, más cosas aparecían. Recordé que había llovido durante horas. Recordé que yo no podía dormir. Recordé la luz amarillenta que llegaba desde la cocina y se detenía en el pasillo, como si tampoco se atreviera a entrar del todo en la habitación. Recordé que Mara se había movido entre las sábanas y había abierto los ojos por un instante. Poco más que eso. Y, en lugar de sentir frustración por mis lagunas, me quedé allí, frente a ellas. Durante mucho tiempo había creído que para escribir había que recordar. Ahora empezaba a comprender que tal vez había que hacer otra cosa: quedarse quieto frente a aquello que uno recuerda mal, esperar un poco y dejar que las palabras hagan su trabajo …
El cursor había avanzado. Durante tres días lo había visto siempre en el mismo lugar, esperando. Ahora estaba al final de una frase. Después de otra. Después de otra. Y entonces pensé que el cursor no había estado esperando que yo encontrara la historia. A lo mejor había estado esperando para poder empezar a escribirla.
Eran ya las diez y media de la mañana. Afuera la lluvia había empezado a aflojar. El café estaba frío. La presión en el pecho que me había acompañado durante los últimos días también había aflojado. No porque hubiera encontrado todas las respuestas, sino porque ya no las necesitaba.
Volví al principio del texto y leí: No todo lo que está en blanco está vacío. Después: Aquella noche llovía. Mara dormía mientras la lluvia golpeaba los vidrios. Yo la miraba dormir y pensaba en todas las cosas que todavía no sabía decirle… El miedo había desaparecido. Seguí escribiendo. Seguí leyendo. Y de pronto entendí algo que me hizo detenerme. Puse el cursor al principio del texto: No todo lo que está en blanco está vacío…, borré todo, tomé impulso durante unos segundos y escribí:
A las ocho y diez de la mañana me senté frente a la hoja en blanco y tuve la desagradable sensación de que me estaba mirando… La frase apareció entera, como si hubiera estado esperándome desde que me senté frente a la pantalla.
La historia que había estado tratando de encontrar durante tres días no estaba en el final. Tampoco estaba solamente en Mara, ni en aquella noche, ni siquiera en la lluvia. Había empezado mucho antes, en el preciso instante en que me había sentado frente a la pantalla y había tenido miedo de que no hubiera nada que decir.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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