Desde hace años intento describir el modo en que llegué a ser quien soy, y siempre vuelvo al mismo punto de partida: una vida narrada desde los libros.
No porque buscara desde siempre refugiarme del mundo, sino porque, sin darme cuenta, crecí dialogando con voces que nunca conocí ni me conocieron, pero que, de algún modo, me dieron un lugar donde existir, me moldearon a tal punto que, parafraseando a Borges, creo ser lo que soy por lo que he leído.
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Jorge Luis Borges, Poema de los dones (1959)
Nada habla de uno como las páginas que hemos habitado, hagan la prueba de preguntarle a cualquiera su primer recuerdo de lectura o el último, o aquel que le hizo llorar, reír. En fin, puedo hablarles de los míos, a ustedes corresponde agregar los suyos…
Desde niña supe que mi hogar no era un sitio físico. No era una casa, ni un patio, ni la copa de un árbol. Mi verdadero espacio estaba hecho de encuadernaciones, lomos alineados, hojas rugosas por el uso y voces, voces que me susurraban. Recuerdo la primera vez que abrí un libro por pura intuición, recuerdo aquella voz remota que atravesaba los límites del tiempo y el espacio y me hablaba a mí: Me gustaría saber qué pasa en un libro cuando está cerrado… Porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Era La historia interminable de Michael Ende y sí, aquel libro expresaba exactamente lo que yo sentía al abrir un libro.
Con el tiempo supe que no estaba sola en esa certeza. Italo Calvino en su libro Si una noche de invierno un viajero, lo dijo mejor de lo que yo hubiera imaginado: “El que ama los libros entra en ellos como en una casa”.
Y supe que aquel amor silencioso también me pertenecía. Y con el correr de los años esa voz vuelve una y otra vez para mostrarme quién puedo llegar a ser.
No de manera evidente, claro, pero hay un pulso leve que vibra cuando apoyo la mano en la tapa de un libro, como si cada página guardara una respiración antigua que espera ser despertada, siempre espero descubrir esa frase que habla de mí.
Como cuando me acercaba a esa edad difícil, la adolescencia, y me escondía entre los estantes para leer a escondidas, como quien roba caramelos. Fue entonces cuando descubrí un libro que casi casi me pintaba de cuerpo entero: Matilda de Roald Dahl y allí también había una frase mágica que hablaba de Matilda pero también hablaba de mí: “Los libros la transportaron a nuevos mundos y le presentaron a personas increíbles con vidas emocionantes. Viajó en veleros antiguos con Joseph Conrad. Viajó a África con Ernest Hemingway y a la India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mundo desde su pequeña habitación en un pueblo inglés”. Como Matilda yo también viajé.
El libro que más recuerdo de aquella época…
era un ejemplar maltrecho de Platero y yo. Tenía el lomo roto y un olor dulzón, mezcla de polvo y agua de azahar. Cuando lo abría, Juan Ramón Jiménez me hablaba como si estuviera a mi lado, sentado en el suelo: “¡Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón…!” Yo pasaba los dedos por la página como si pudiera acariciar a Platero. Quizás por eso todavía creo que los libros no sólo cuentan historias: los libros nos tocan y nos hablan, solo hay que saber escucharlos, sentirlos.
Con los años, empecé a leer de otra manera. Ya no buscaba consuelo sino desafío. Recuerdo la primera vez que sentí que un libro me reordenaba el alma: Ficciones de Jorge Luis Borges y de sus cuentos, La biblioteca de Babel me tuvo en vilo durante días enteros. “La Biblioteca es interminable”, decía y más adelante: “Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible”. En el prólogo de aquel libro apareció aquella frase que parecía un rayo: “El libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
Aquel día, me quedé mirando la pequeña biblioteca de mi habitación que distaba años luz de la biblioteca imaginada por Borges, sin embargo, todos esos lomos quietos, eran de repente extensiones de lo que yo aún no sabía de mí. Me mareó un poco la idea de que mi identidad podía estar guardada, fragmentada, oculta en palabras ajenas pero era un mareo hermoso como ese que se siente cuando te subes a una calesita y das vueltas y vueltas y el mundo gira alrededor nuestro. Alrededor de mí, los libros eran el mundo que giraba, ese mundo que yo necesitaba descubrir…
Pero no todo era solemnidad. Más tarde llegaron los libros que me hacían reír o respirar hondo, como si me devolvieran algo simple que yo necesitaba para vivir: La libertad.
Por eso, cuando me encontré a solas con Daniel Pennac y su libro Como una novela subrayé una frase que aún repito cuando el mundo me duele: “…leer es un acto de felicidad privada, entendí que esos libros no venían a enseñarme nada, sino a devolverme el aire”.
Y así, casi sin quererlo, leyendo La insoportable levedad ser del ser, hice mía una frase de Milan Kundera: “Le encantaba caminar por la calle con un libro bajo el brazo. Tenía para ella el mismo significado que un elegante bastón para un dandi hace un siglo. La diferenciaba de los demás”.
Y sí. Yo podía estar en la sala de espera de un hospital, en un viaje interminable en colectivo, caminando en una tarde gris… Si tenía un libro, estaba en casa, estaba segura de ser yo. Desde entonces, cada mañana abro los ojos y desde la mesa de luz un libro me espera, si preparo una mochila para salir, un libro descansa dentro y cuando cierro los ojos por las noches acunan mis sueños las últimas palabras del libro que voy leyendo.Y quizás porque mis primeros viajes fueron interiores, hechos de imaginación y tinta es que sin moverme he viajado tanto que conozco el mundo entero.
He viajado a Africa con Memorias de África de Isak Dinesen, a Japón gracias a Seda en compañía de Alessandro Baricco y sin moverme de casa hasta he dado La vuelta al mundo en 80 días de la mano de Julio Verne…
“Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma”, dijo alguna vez aquel político, filósofo, escritor y orador romano que fue Marco Tulio Cicerón. Quizás por eso, en cada casa que he habitado incluso en las más pequeñas, aun cuando las mudanzas lo complicaban todo, los libros siempre encontraron un sitio.
Con los años, mis libros se multiplicaron como si tuvieran vida propia. Ahora los apilo en torres inestables junto a la cama, sobre la mesa del comedor, en cualquier rincón donde puedan esperarme sin caerse. Algunos están subrayados; otros tienen flores secas entre las páginas; otros conservan boletos de tren, de cine o servilletas con frases que nunca terminé. El lector electrónico vino a completar esa Biblioteca de Babel soñada por Borges y allí guardo una biblioteca caótica e inabarcable que puedo llevarme vaya donde vaya.
Los libros y las citas son una compañía que no puede faltarme. Cuando me siento sola, todos tenemos esas noches sin nombre, esas tardes vacías, vuelvo a Saramago que me susurra: “Los escritores hacen la literatura, los lectores la perpetúan”. Cuando la felicidad me alcanza busco perpetuarla y entonces llega Borges para recordarme que: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad” y vuelvo a leer. Cuando me siento perdida recurro a Harold Bloom que me refresca la memoria con su frase: “Estar a solas con un buen libro es ser capaz de comprenderte más a ti mismo”.
La lectura me armoniza. Cuando un libro está bien escrito, mi respiración se ordena.
Y cuando está escrito con el alma, me atraviesa y como si alguien hubiera afinado una cuerda secreta, dentro de mí vibra una música que me arropa.
Leo para que el día valga la pena. Leo para que la noche no me acorrale. Leo para escuchar esa voz que me devuelve una versión más perfecta de quien soy cuando me quedo en silencio. Nunca he visto claramente el contorno de mi paraíso, pero leo porque lo intuyo hecho de páginas, de palabras, de silencios y de luz. Leo porque como dijo George Martín: “El que lee vive mil vidas antes de morir… El que no lee, solo vive una”.
Y tú, ¿cuántas has vivido?

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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