Los Unos y los Otros

A nadie escapa la necesidad de un lugar donde vivir, donde asentar sus raíces, un sitio que nos cobije. El primer pensamiento, el inmediato es un techo bajo el cual guarecernos del frío en invierno, del calor en verano, de las lluvias, un techo bajo el cual nuestros hijos nazcan, crezcan y como ley de la vida vuelen para, a su turno, buscar un techo que los cobije y así la rueda de la familia como institución seguirá andando.
No siempre resulta tan sencillo. No siempre fundar una familia es tan simple, menos aún si no tenemos siquiera un espacio donde erigir nuestro techo, un pedazo de tierra, un país. Difícil resulta también si ya tenemos ese pedacito de tierra y alguien viene a quitárnosla.

Si llegamos a un sitio que no es nuestro inmediatamente avalamos nuestra permanencia con el cuidado, el cobijo, el celo con que protegemos ese lugar, hacemos nuestro ese pedazo de tierra. Pero qué pasa cuando llegamos a una tierra que suponemos es nuestra por legado, por tradición, porque allí vivieron nuestros ancestros. Y finalmente qué pasa cuando aterrizamos en esa tierra y la encontramos ocupada por gente que piensa exactamente lo mismo que nosotros.
Quizás lo primero que se nos ocurra es sacar a patadas a aquellos que nos usurparon ese pedacito de suelo. Tal vez si recapacitamos les haremos entender que ese es nuestro lugar en el mundo. Pero qué pasa si esos supuestos usurpadores piensan lo mismo que nosotros: esta tierra es nuestra te responderán ¡No! es nuestra reclamarás, y cuando las palabras no alcancen usarás y usarán los puños y cuando los puños tampoco sean suficientes arrojarás y arrojarán piedras y más tarde vendrán las armas, las balas, las bombas, los misiles. Palestina.
A nadie escapa la realidad que nos atenaza desde las pantallas de la televisión, de los celulares. A nadie escapa el horror que la guerra significa. A nadie escapa lo que nuevamente pone a Medio Oriente en la tapa de todos los diarios. A nadie escapa el conflicto entre palestinos y judíos porque no es una novedad sino una lucha de vieja data.

La región de Palestina fue parte de la Siria Otomana, bajo dominio del Imperio otomano durante cuatro siglos hasta la I Guerra Mundial. Antes de la Primera Guerra Mundial, el territorio que hoy en día llamamos Israel (antes conocido como Palestina) y los territorios aledaños formaban parte del Imperio Turco Otomano.

En 1881 se inicia la primera oleada de inmigración judía a Palestina, motivada por las persecuciones a las que eran sometidos los judíos en Europa. Allí compraron tierras a los otomanos o a terratenientes árabes.
Así, el 14 de mayo de 1948, el sionista David Ben-Gurión proclamó la independencia de Israel en ese territorio, si bien en realidad, ya existía entonces una población que había vivido durante siglos en esta región, los palestinos.

Desde que comenzó la ocupación en junio de 1967, las implacables políticas israelíes de confiscación de tierras, asentamiento ilegal y desposesión, sumadas a la discriminación generalizada, han infligido un sufrimiento inmenso a la población palestina despojándola de sus derechos fundamentales.
Lo que usualmente se conoce como «Palestina» o «territorios palestinos» en la actualidad corresponden a dos territorios separados geográficamente: Cisjordania y la Franja de Gaza.

Los egipcios la llamaron Canaán, los hebreos Israel, y los romanos la dividieron en tetrarquías, entre las que estuvieron las de Galilea y Judea (nombres preexistentes para esas zonas en la lengua y tradición hebrea), para luego darle el nombre de Palestina en el siglo II d. C., concretamente, en 135 d. C., cuando el emperador Adriano aunó la provincia de Judea con la de Galilea para crear una nueva provincia denominada Siria Palestina. Por su parte, los cruzados la denominaron Tierra Santa.
Esta tierra es todo un símbolo para el cristianismo; además, es la Tierra Prometida del judaísmo, y según el islam donde se encuentra el Domo de la Roca y el lugar hasta donde cabalgó Mahoma en sueños en un caballo alado subiendo hasta el cielo por Jerusalén. Por esta misma razón, siempre ha sido una fuente de conflictos religiosos y culturales.

La historia de este conflicto nos lleva hasta 1917, cuando el gobierno británico expresó su apoyo al establecimiento de un estado judío permanente en Palestina con una carta llamada Declaración de Balfour, que reconocía el derecho de los judíos a reconstruir su antigua patria en Palestina.
En 1922, la Sociedad de las Naciones -organismo internacional creado por el Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919 tras la Primera Guerra Mundial- puso bajo administración británica una serie de antiguos territorios otomanos. Uno de ellos fue Palestina. El mandato británico tuvo lugar entre 1922 y 1947, periodo en el que también se desarrolló la Segunda Guerra Mundial. En esos años, se dio la primera gran ola migratoria de judíos a ese territorio, principalmente provenientes de Europa Oriental. El mayor número de migrantes se registró en la década de 1930 como consecuencia de la persecución de la Alemania nazi.
Pero la población árabe rechazaba la presencia de los judíos, y entre 1936 y 1939 se produjeron varios disturbios. A raíz de ese estallido, en 1937 una comisión británica planteó la siguiente propuesta: dividir en un estado árabe, un estado judío y una zona neutral para los lugares sagrados. Sin embargo, esa idea no prosperó.
Tras considerar varias opciones para hallar una solución al conflicto, el Reino Unido finalmente acudió a las Naciones Unidas en 1947. El organismo propuso una solución de dos Estados que dividiera la tierra entre judíos y árabes, y que Jerusalén quedara bajo un régimen internacional. Ninguna de las partes quedó completamente satisfecha. Pero el Plan de Partición fue aceptado por los sionistas, mientras que los árabes lo consideraban injusto ya que sostenían que los judíos no tenían derecho sobre la tierra.
En medio de respaldos y rechazos entre los países de la comunidad internacional, el 14 de mayo de 1948, David Ben Gurión declaró la independencia del nuevo estado de Israel.

Hasta acá lo que dicen los hechos históricos. Pero la historia no solo se escribe en fríos papeles, también se escribe día a día, la escribe cada persona que ha vivido los hechos en forma directa, que ha sufrido las consecuencias de diferencias que podrían haberse solucionado de otra forma. Los unos y los otros vivieron y convivieron con la triste realidad de un pedazo de tierra que debían compartir, un pedazo de tierra que fue la casa de todos hasta que la intransigencia hizo su aparición, hasta que las diferencias primaron sobre las coincidencias, hasta que las bombas hicieron el resto.

No siempre fundar una familia es simple, menos aún si no tenemos siquiera un espacio donde erigir nuestro techo, un pedazo de tierra, un país. No siempre encontrar un lugar en el mundo donde poner en tierra las raíces de un pueblo ha sido cosa fácil.
Palestina es uno de esos lugares en el mundo que se han disputado durante siglos unos y otros. La violencia que nos llega de allende el mar es incomprensible como incomprensible es que dos pueblos que otrora compartieron una huerta, un patio donde festejar sus casamientos, sus nacimientos, dos pueblos que desde la última gran diáspora del pueblo judío, estaban decididos a vivir y dejar vivir. Pero no se pudo.
Porque de la mano del individualismo mal entendido, de las creencias religiosas disímiles, de las diferencias étnicas o los distintos idiomas, llegó también la codicia, el segregacionismo y entonces grupos ortodoxos (de un lado y del otro) decidieron que la hermandad no era posible. El odio se instaló para quedarse. Y así pasaron los años, las décadas y el odio se vistió de resentimiento, de aborrecimiento, la amistad se transformó en desprecio por ese vecino que no es igual a mí. Y como el odio bien alimentado solo sabe crecer, creció. Y creció hasta llegar a desdibujarse en la memoria colectiva que mi vecino el palestino era mi amigo o que mi vecino judío fue el padrino de mis hijos.
Los grupos armados aparecieron de un lado y del otro, la política se encargó del resto.

Lo que siguió es historia conocida, una historia de soberanía, de intransigencia, de animosidad hacia ese vecino que de pronto ya no es tan parecido a mí, un vecino que es necesario desalojar del patio compartido, arrojarlo lejos porque me contamina y si es posible exterminarlo. Así, lo que debería ser Tierra Santa se convirtió en un río de sangre y venganzas. Como solo el humano puede… falta el ser, el ser humano.

Ahora tomar partido por unos u otros nos instala alternativamente en la grieta que separa a las personas que poco tienen que ver con las peleas territoriales, darles la razón a los palestinos y descubrir que los judíos también tienen sus motivos sería agrandar esa grieta que con el correr de los años, de las décadas, se transformó en una convivencia imposible. Razones de peso tienen unos y otros, lo que nunca deberíamos convalidar es la violencia que se utiliza para hacer valer esos argumentos. Qué lindo sería volver el tiempo atrás y detener los enfrentamientos pasados, qué bello sería que palestinos y judíos entendieran de una vez por todas que los enfrentamientos armados solo pueden darle la razón al poder de turno, que la guerra deja afuera lo más valioso: el ciudadano común que solo espera una mínima cuota de cordura para volver a vivir en paz.

El conflicto en Medio Oriente que ya lleva un mes de encarnizadas luchas donde la población civil es sin duda la más perjudicada, una dicotomía difícil de concebir y más difícil aún de comprender. Los unos tienen razón, los otros también y en el medio la intransigencia de los gobiernos de turno se diputan la paz de la gente que solo quiere vivir en armonía. Tendemos a tomar partido por una facción o por la otra, sin embargo también nos vemos obligados a cambiar de opinión a medida que escuchamos a unos y otros e inclinar la balanza sin encontrar nunca el equilibrio.
Hacia el único lado donde nuestra balanza no se inclinará jamás es hacia el ocupado por el terrorismo o por líderes extremistas que en nombre de la verdad mutilan la vida de miles y miles de ciudadanos.

Nunca se inclinará nuestra balanza hacia ese otro costado del odio que responde con violencia a la violencia. Sin embargo nos urge conocer las razones de un lado y del otro, por eso, me atrevo a recomendarte una serie de libros que sin duda echaran un poco de luz sobre este intríngulis de los unos y de los otros.

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Libros en el artículo

  • Exodo – León Uris
  • Contra el fanatismo – Amos Oz
  • El azul entre el cielo y el agua – Susan Abulhawa
  • El sueño del olivar – Deborah Rohan
  • Oh! Jerusalén – D. Lapierre y J. Collins

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