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Ad aeternum

Era una tarde nublada de otoño. Era mi cumpleaños. Hace tantos años de eso que sacar la cuenta duele, por eso no voy a decir cuántos. Porque además lo importante no son los años. Tal vez lo importante es que el tiempo a veces dura toda la eternidad, para siempre, a perpetuidad. Y entonces, cualquier tarde de otoño, ad aeternum, disfrutaré mi regalo y me recordará aquella otra.

Siempre fue para mí el mejor de los regalos recibir un libro. Era no solo festejar ese día sino festejar las horas, los días que en adelante me esperaban cuando me sumergiera entre las páginas de ese regalo. Y ese año, allá lejos y hace tiempo, el regalo fue nada más ni nada menos que Cien años de soledad.
No viene al caso recordar la dedicatoria (aunque era hermosa pero eso me lo guardo para mí), no tiene peso mencionar quién me hizo el regalo, lo que sí tiene sentido es contarles que ese día se abrió una puerta, se abrieron docenas de ventanas, y me asomé a un mundo distinto, el mundo de Gabriel García Márquez.
Por entonces era demasiado joven para apreciar un libro de tal magnitud, sin embargo hubo algo que me atrapó desde que las primeras palabras comenzaron a desfilar ante mis ojos.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Uno de los comienzos más maravillosos de la literatura de todos los tiempos, esas primeras líneas que te introducen en Macondo, un lugar adonde he vuelto una y otra vez, tantas como el mismo Gabo volvió a proponérmelo desde sus otras novelas: Los funerales de la Mamá Grande, La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba. Y me restaría hablar de sus cuentos, sus maravillosos cuentos en Macondo y más allá.
Pero lo más maravilloso fue abrir esa puerta y encontrar un mundo distinto al nuestro y sin embargo tan parecido, asomarme a las cientos de ventanas fue (y sigue siendo) como respirar un aire cargado de magia, de maravillas: el aire que se respira desde lo real maravilloso, ese género que mezcla la realidad con la magia y cuya paternidad ad aeternum para mí la ejerció y la ejercerá Gabriel García Márquez.
Los años pasaron y con su paso han hecho madurar en mí la certeza, la convicción: nadie puede negarse el lujo, el placer, la caricia de leer sus historias. Las hay de todo tipo, novelas policiales: Crónica de una muerte anunciada, cuentos policiales: La mujer que llegaba a las seis, El rastro de tu sangre en la nieve. Novelas históricas: El coronel no tiene quien le escriba, El general en su laberinto y hasta una novela romántica: El amor en los tiempos del cólera, que sin duda es soberbia en su género y cómo no serlo, si gracias a la magia de sus palabras entendemos que el amor no conoce límites ni siquiera los del tiempo.
Razones para leerlo hay una por cada una de sus novelas y una por cada una de sus cuentos, enumerarlos sería dramáticamente extenso y aburrido, se me ocurre un motivo que no lo encasilla en géneros ni en corrientes literarias ni en academicismos, una razón que va más allá del hombre letras y lo trasciende: su magia.
Pero ojo que García Márquez no es un mago de feria, es una mezcla de hechicero y alquimista que combina lo real con lo imaginado, lo innegable con lo ilusorio y logra hablarnos de una realidad velada por una cortina de mágicas invenciones que sin embargo no dejan de ser posibles. Gabriel García Márquez consolidó un estilo, una forma de acercamiento a la realidad.
No inventó el “realismo mágico” ni “lo real maravilloso” ni lo “mágico realista”. Esas formas ya las habían experimentado y utilizado escritores como Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y hasta el propio Juan Rulfo, sino más bien convirtió ese estilo en un relato entretenido. Sin cuestionarnos siquiera que exista Un señor muy viejo con unas alas enormes o que una enigmática mujer tenga los Ojos de perro azul, entramos en un mundo extraño y tierno; un mundo de mujeres obstinadas y hombres alucinados, como él mismo describía a sus personajes, un mundo donde la línea divisoria entre sueño y realidad es difusa y atrapante, un mundo que podemos pronosticar eterno. Eterno es el aire que respiramos, eterna parece la luz del sol que nos alumbra y por lo poco que sabemos de eternidad, Gabriel García Márquez también parece serlo.

Un poeta de la prosa que celebra la vida y nos invita a beberla así como se nos da: esquiva y tierna, rebelde y mansa. Un mago perpetuo que parece rebelarnos los secretos del alma con la posibilidad de mirarnos en un espejo de palabras y descubrirnos ad aeternum en cada renglón.


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