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Me estoy yendo

El Estado es una conspiración, le escribió a un amigo. “De ahora en adelante, no volveré nunca a servir a ningún gobierno de ningún lugar”, afirmó. Él habría sido el primero en alentarnos a cuestionar los dogmas y las convicciones fundamentales con las que nos criaron. Huir de los convencionalismos fue quizás la primera de sus fugas.

“Los reyes son los esclavos de la historia“, dijo, y quizás por eso quiso fugarse de una vida privilegiada renunciando a su condición social acomodada.
Tenía una capacidad inusual de empatizar, poniéndose en el lugar de la gente cuyas vidas eran tremendamente diferentes a la suya. En la década de 1860, no sólo comenzó a vestirse como campesino sino que empezó a trabajar con los recientemente emancipados labradores, arando los campos en sus propiedades y reparando casas con sus propias manos. Para un conde de sangre azul, tales acciones eran extraordinarias, pero le permitían huir de la élite literaria y aristocrática de las ciudades.

Tras una crisis nerviosa a finales de la década de 1870, rechazó todas las religiones organizadas, y así se fugó de la Iglesia ortodoxa con la que había crecido. Adoptó una rama revolucionaria del cristianismo basada en la austeridad material y espiritual. Dejó de tomar, fumar y se volvió vegetariano. Además, inspiró la creación de comunidades utópicas de vida sencilla y autosuficiente, en la que la propiedad era un bien común.
No obstante, no predicó con el ejemplo ya que vivió hasta una edad avanzada en una gran casa con sirvientes.

Cuando en 1901, empezó a circular el rumor de que le iban a conceder el Nobel, se indignó y aseguró que entregaría el dinero a los perseguidos políticos. En sus últimos años, y poniendo en práctica su siguiente fuga, logra (contra los deseos de su familia) renunciar a los derechos de autor de una gran parte de sus obras literarias, sacrificando una fortuna.

“El matrimonio, tal como hoy existe, es la peor de todas las mentiras: La forma suprema del egoísmo“, afirmó, y tal vez por eso se fugó también de su matrimonio con Sofia Andreievna. Él la amaba, pero a su manera, que no era una manera demasiado ortodoxa. Aunque en su breve autobiografía Sofía hable de amor por el genio que tenía por marido y de su felicidad, no fue completamente sincera. Su marido a menudo la minusvaloraba y mientras que ella vivía apasionadamente la escritura de él, él nunca se interesó por las dos aficiones de ella, que eran la pintura y la fotografía. La cargó de hijos (13, de los que sólo 8 sobrevivieron a la infancia) y nunca se preocupó demasiado de los temas domésticos. A veces da la sensación de que la trataba como a un ama de llaves ennoblecida. Una vez, cuando llevaban algo más de un año de casados, ella escribió en su diario: “Me quedo sola mañana, tarde y noche. Estoy para gratificar su placer y cuidar a su hijo. No soy una pieza de mobiliario. Soy una mujer“.
Es probable que esta fuga haya sido una de sus más saludables decisiones, para su esposa al menos. Y es que no todo era color de rosa para quienes lo rodeaban, su esposa sufrió un verdadero calvario y porque lo amaba, podemos decir que fue un calvario por amor. “Todas las cosas que predica por la felicidad de la humanidad sólo complican la vida hasta el punto en que me resulta cada vez más difícil vivir. Su dieta vegetariana implica la complicación de preparar dos cenas, lo que significa el doble de gasto y el doble de trabajo. Sus sermones sobre el amor y la bondad le han hecho indiferente a su familia, e implican la intrusión de todo tipo de rifirrafes en nuestra vida familiar. Y su renuncia (puramente verbal) a los bienes mundanos le han hecho criticar sin parar y mostrar su desaprobación a los demás“.

En resumen, en su esfuerzo por redimir a la Humanidad, convirtió en un sufrimiento la vida de los que le rodeaban. Nadie negará que su propia vida era un martirio y quizás algunos de sus pensamientos, de sus conceptos, no corrían parejos con el siglo donde le tocó nacer. No era un ser acorde con su presente tal vez se hubiese sentido más cómodo un siglo después, tal vez en nuestros días lo hubiésemos comprendido mejor y podría haberse evitado varias fugas.
Lo cierto es que renunció al mundo con la esperanza de que aquello le permitiera ser más feliz. Pero si hay alguna certeza sobre sus últimos años, es que no fueron muy dichosos. Al contrario, fue empujado al borde de la locura por el comportamiento de la gente que lo rodeaba, que lo perseguía precisamente a causa de sus renuncias.

Por eso quizás a los 82 años emprende su penúltima fuga. Deja una carta de despedida a su esposa y se marcha bajo la nieve. Su hija Sasha lo acompaña. La idea es simple: subir a un tren, alquilar una casa rural en cualquier parte y vivir sus últimos días como un campesino. Diez días después, llegan a la estación de trenes de Astropovo donde lleva a cabo su última fuga, que así anunciaba: “Me voy a alguna parte, así nadie me encontrará… Dejadme tranquilo… Hay que escapar a alguna parte”. Esas fueron las últimas palabras de Leon Tolstoi, la noche del 6 al 7 de noviembre de 1910 en esa estación, la noche de su muerte.

Una vida de fugas es casi un sino insoportable por eso no sería de extrañar que su última escapada haya sido casi una bendición, irse a un lugar donde nadie lo encontrara sería el final deseado por cualquier eterno fugitivo. Y así lo hizo. Quizás ahora esté en su lugar favorito donde las riquezas ya no pueden acobardarlo, donde la fama de gran escritor no lo perseguirá, donde tal vez la igualdad y la equidad por la que bregaba exista y en donde su amada Sofía sin duda se le habrá unido para seguir acompañándolo como lo hiciera en vida.

Fugarse acaso como se fugan los que están destinados a ser grandes, tan grandes que su existencia terrenal no alcanza. Fugarse, más allá de una individualidad hacia ese yo libre y auténtico que procuró ser vida. Fugarse para perdurar, para permanecer en las estanterías de la literatura universal como uno de los más grandes autores rusos de todos los tiempos.



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