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Casi me siento mejor

Encierro, confinamiento, cuarentena, aislamiento, distanciamiento social (que también es distanciamiento de los afectos, de los abrazos de…). Como si una sola palabra no alcanzara, han puesto a nuestra disposición un sinfín de ellas que dentro de este contexto actual, se resematizarán para siempre, y ya nunca volveremos a pronunciarlas con inocencia. Cuando definitivamente nos abran las puertas de esta jaula donde nos han metido, cuando definitivamente volvamos a recuperar la libertad que nos han quitado, que hemos perdido, que hemos canjeado por ¿seguridad? Cuando ya no haya barrotes, ni puertas ni compuertas que atrapen nuestro cuerpo recordaremos que hubo un año (o ¿más?) en que era necesario echar mano de lo que fuera para sentirse libres, para hacer de cuenta que seguimos siendo soberanos de nuestros propios días, de nuestra vida, de vuestro ser.
Libertad, evasión, permisión, comunicación, acercamiento. Es posible trastocar esta rutina carcelaria que nos toca vivir y hacer de cuenta que ya todo ha pasado o hacer de cuenta que aunque no haya pasado hay herramientas al alcance de la mano que nos pueden salvar.
Como un náufrago en medio del mar, como un beduino que no encuentra el oasis indicado, como un preso que busca abrir sus alas y remontar vuelo, como cada uno de nosotros cautivos en nuestro propio hogar, en nuestra ciudad, en nuestro cuerpo que no alcanza a vislumbrar el fin del túnel, nosotros, cada uno de nosotros podemos echar a volar.

Si pensamos en los libros como esas ventanas al mundo, si sentimos que los libros son el remedio para la comezón del alma, y si cuando nos pica abrimos un libro y volamos lejos, muy lejos, es porque sabemos que las palabras nos convierten en seres libres, que la belleza escrita puede devolvernos incluso ese horizonte que parece tan lejano.

¿Y si probamos con la poesía?

Un poema que salte lindes, un poema que traspase paredes, un poema que nos lata adentro como si fuera un nuevo corazón que nos ha salido. Un poema para sentir el aire fresco en la cara, la luz del sol calentándonos las alas. Un poema para hacer de cuenta que la vida puede ser mejor de lo que nos están obligando a creer. Un poema. O dos o tres o…

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

Whalt Whitman fue uno de los padres de la poesía moderna. Estos versos son un llamamiento al Carpe Diem (aprovechar el momento presente sin esperar el futuro). Y como si eso fuera poco incentivo desde su poema “No te detengas” nos sigue arengando:

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.

Y si Whitman no te alcanza para abandonar el suelo, si necesitas un empujoncito para cobrar fuerzas y seguir andando, desde la España del siglo pasado, nos toca las puertas de casa Federico, el gran Federico García Lorca:

Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.

Como una ventana con las hojas abiertas dejando entrar el sol, permitiendo que la lluvia nos moje y que las distancias establecidas como parámetros de sanidad no existan parece difícil de lograr. ¿Y si probamos con sentirnos libres a través de las palabras de Miguel Hernández?

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Miguel Hernández murió joven, pero vivió lo suficiente para dejar un legado poético que en estos días viene como anillo al dedo:

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

Gioconda Belli es pasión, es fuerza, entereza y nos acerca ese soplo de positivismo que nos falta:

Claro que no somos una pompa fúnebre,
a pesar de todas las lágrimas tragadas
estamos con la alegría de construir lo nuevo
y gozamos del día, de la noche
y hasta del cansancio
y recogemos risa en el viento alto.

Y si aún no es suficiente, si el confinamiento te encierra entre cuatro paredes y la soledad te alcanza, si miras por la ventana y el sol se niega a entrar o el aire deja de acariciar tu rostro, “No te rindas”, te lo dice Mario Benedetti:

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas…

La poesía evita que nuestros cuerpos permanezcan en una jaula. Pienso en todos los poetas, vivos y muertos, ellos alguna vez se imaginaron así, como te encuentras hoy. Ellos usaron sus palabras como una ventana que no solo da a la calle, como una puerta que se abre no solo para recuperar lo que hemos perdido, lo que nos han robado, sino para rescatar y redimir aquello que nunca nos abandonará: nosotros mismos.

Joan Margarit, poeta catalán, dijo una vez que “la libertad es una librería” y quizás la libertad yace dormida en los estantes de tu biblioteca, despiértala y deja que te alcance. Deja que las palabras acaricien esos recovecos que debemos cuidar y alimentar, porque en tiempos como este un poema nos puede salvar.


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