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Fantástica fantasía

El mundo se ha transformado en un lugar donde cada vez tienen menos cabida los sueños. Es difícil creer que podemos viajar a una playa paradisíaca cuando la realidad nos noquea mostrándonos que, como la metástasis de un cáncer, la civilización ha llenado esas playas de complejos hoteleros, de casinos, de discotecas y de tantos otros sitios donde la magia no tiene cabida.
El mundo se ha transformado en un lugar más accesible. Los aviones, las carreteras, la tecnología han derribado las barreras físicas y para conocer el mundo ya no es necesario abrir un libro.

Leer una novela de Emilio Salgari era, otrora, una aventura maravillosa que nos permitía viajar con la imaginación a parajes de ensueño en los mares del sur en los que, si cerrábamos los ojos, cualquier fantasía o cualquier historia podía ser real. Podemos seguir leyéndolo pero sin duda al abrir los ojos sabríamos que hoy por hoy Sandokán es un imposible y la Malasia ha dejado de ser esa selva impenetrable de los Tigres de Salgari para convertirse en uno de los polos económicos de mayor movimiento en el mundo entero.
El mundo se ha transformado en un espacio asfixiante donde en nombre de la civilización se destruyen no solo los sueños sino el único espacio que tenemos para vivir: la Tierra.
El mundo se ha transformado en un lugar donde cada vez tienen menos cabida los sueños, reitero, pero no todo está perdido, nos queda un mundo virtual donde todo sigue siendo territorio virgen e inexplorado: el mundo de la fantasía.

En el reino de la literatura fantástica podemos aceptar que ocurra cualquier cosa, incluso recuperar el placer de volver a ser niños. La ciencia ficción, a diferencia de la literatura fantástica, se desarrolla dentro de un contexto físico y tecnológico que podríamos ubicar en el mundo que conocemos. Pero la fantasía nos otorga el plus de nos moveremos por tierras que solo existen en nuestra imaginación. Allí, los seres mitológicos y la magia desplazan a la más sofisticada tecnología, cualquier historia entra dentro de lo posible y esa es una golosina a la que, como los niños, es difícil resistirse.
La literatura fantástica es aquella en la que encontramos elementos que van más allá de la lógica, que son imposibles o maravillosos pero que por su poder de sugestión aceptamos como válidos. Y el plus del que hablaba: nos concede libertad, nos otorga súper poderes para escapar de una realidad a veces opresiva y entonces logramos desaparecer y se esfuma la angustia de los problemas cotidianos, el llegar a fin de mes, el saber si nos van a renovar o no el contrato de trabajo, el alquiler.

La literatura fantástica está viviendo una especie de edad de oro, no solo en los libros sino en las series de televisión, a veces unas preceden a otros o viceversa, que en un formato u otro cada día gana más adeptos. Te has preguntado ¿Por qué? Sería necesario plantearse ese interrogante ya que no nos atrae la literatura fantástica simplemente porque queremos evadirnos del mundo real, a veces más apocalíptico que muchas distropías. La literatura fantástica nos atrapa porque nos permite entrar en un mundo maravilloso, fantástico y no me refiero al mundo del contexto de la historia sino al mundo interior de cada uno de nosotros.
En este sentido, los mundos de ficción que después encontramos en la literatura fantástica no son superficiales ni insignificantes; al contrario, son decisivos para relacionarnos con nuestro entorno, dar sentido al mundo y hacer frente a todo aquello que no entendemos o incluso nos da miedo.  

Muchas historias, y cito por ejemplo “La historia sin fin”de Michel Ende, incluyen a un héroe sin vocación de serlo como Bastian, su protagonista. Inevitablemente nos pondremos del lado de ese protagonista y seremos ese héroe que queremos ser y sacaremos afuera nuestro altruismo y nos compadeceremos del que sufre o escarmentaremos al que hace sufrir. Dentro de los límites de la historia todo cierra de manera tranquilizadora y eso nos susurra al oído que si ponemos un poco de nosotros mismos también puede suceder que en la vida real el bien triunfe contra el mal. Porque de eso se tratan la mayoría de las historias fantásticas: la eterna lucha entre el bien y el mal.

La literatura fantástica lleva implícita una lírica, o sea que es una obra que se caracteriza por expresar sentimientos y emociones profundas. ¿Quién de entre nosotros no las tiene? Que arroje la primera piedra quien no se desarma interiormente al hablar del Amor, así con mayúsculas, no solo del amor de pareja sino del Amor, ese sentimiento que nos eleva como seres humanos. Los altos ideales, las convicciones personales, los valores esenciales. Todo eso se pone en juego en una historia del género fantástico. Y si eso aún no responde a tu pregunta de por qué leer literatura fantástica nos atrae, nos completa, nos vuelve adictos, quizás encontremos la respuesta en lo que nos está faltando en nuestro mundo de todos los días.
A nuestro día a día le está faltando el compromiso, la entrega, la solidaridad y ese “no sé qué” que se suma a cualquier empresa encarada en grupo. Toda historia fantástica (a las pruebas me remito con “El señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien, “Canción de Hielo y Fuego” de George R.R. Martin, “El temor de un hombre de sabio” de Patrick Rothfuss, por citar algunos ejemplos) se construye desde la épica, es decir, la voluntad de un grupo, numeroso o no, que decide combatir hasta las últimas consecuencias. Nadie se rinde. Nadie traiciona. Nadie deserta. Si es necesario, la muerte es la que pone límites al todo es posible dentro de una historia fantástica. Y entonces también nos estaremos enfrentando con el miedo más arraigado en todo ser humano. Y una historia fantástica hasta nos permite pensar que podemos hacerle una zancadilla a la muerte mientras actuemos como esos héroes que todos queremos ser.

Suelo comparar el placer de la lectura con el de la comida. Llenar el estómago me produce una satisfacción similar, salvando las distancias, a la que siento cuando mis ojos devoran las páginas de un buen libro. Dejando al margen que la sensación que me deja la lectura es mucho más duradera y, además, no me hace engordar, esta clase de nutrición tiene una magia especial porque funciona en más de un sentido: lo que leo me alimenta desde fuera, pero cuando lo proceso y lo interiorizo mi cerebro, mi persona, se alimentan desde dentro con un producto que ya es diferente de lo que está impreso en las páginas que he leído. Creo que ahí está el quid de la cuestión de cualquier lectura: ser alguien diferente después de haber leído una buena historia. La literatura fantástica promete eso.

Porque podríamos viajar sobre un increíble dragón plateado (“La historia interminable” de Michael Ende), luchar en una batalla interestelar al mando de un ejército (“El juego de Ender” de Orson Scott Card), introducirnos en la mente de un psicópata que desea matar a su familia (“El resplandor” de Stephen King) o vivir una noche de amor desenfrenada con un hombre que ha vendido su alma a una diosa (saga de los “Cazadores Oscuros” de Sherrilyn Kenyon).

Creo que las palabras de Patrick Rothfuss, autor de “El nombre del viento” vienen a cuento para reivindicar un género que por algunos críticos hasta es considerado como “no literatura”. A propósito de la literatura fantástica dice Rothfuss: “Lo cierto es que la fantasía existía antes que la ficción literaria y, si niegas esas raíces, te estás podando tan al cero que sin duda acabarás marchito y muerto”

Yo me recuerdo de pequeña con la cabeza llena de sueños, mundos donde todo es posible, desde que una casa sea de chocolate y caramelo pasando por un príncipe que puede deshacer un hechizo, sin olvidar a esos tres reyes de Oriente que una vez al año entran por nuestras ventanas para traernos regalos. Pero sucede que el tiempo pasa y hemos crecido, nos han impuesto límites y lo que antes era posible, ahora es un imposible. Nos dicen, nos piden, nos exigen que dejemos de soñar, que vivamos con los pies sobre la tierra. La “inocencia” infantil, la facilidad para creer que lo fantástico puede ser real no necesariamente desaparece porque ahora seamos adultos. No.
Cuando abrimos un libro de este género, podemos regresar a aquella inocencia perdida, a aquella idea hermosa en la que todo cuanto uno pudiera imaginar, podía ser real. No se trata de involucionar si no de volver a reír, a llorar, a sufrir, a amar, a triunfar y recuperar la dignidad que la realidad nos está quitando minuto a minuto, recuperarla desde adentro, recuperarla a través de los protagonistas de nuestra aventura. Para sentir que si todo sueño puede ser verdad, quizás algún día, de verdad, existan las casas de chocolate y caramelo o las malvadas brujas reciban su merecido, quizás algún día: el bien triunfe sobre el mal.


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