Sofía despertó con el sonido estridente de la alarma. El pitido metálico llenó la habitación como una presencia molesta, cortando de golpe el sueño ligero en el que estaba atrapada. Extendió la mano y apagó el teléfono sin abrir los ojos. Durante unos segundos, permaneció inmóvil, abrazada por las sábanas, con la ilusión de que aún podía posponer el día. La luz se filtraba débilmente por las persianas, proyectando líneas grises sobre la pared. Había algo en ese amanecer que parecía igual a todos los anteriores: rutinario, sin promesa. Sofía pensó que los días se habían vuelto como hojas en blanco que alguien amontonaba sin cuidado, idénticas unas a otras, sin marcas, sin sobresaltos.
Se incorporó despacio, como si el aire fuese espeso. Caminó hasta la cocina y puso la pava eléctrica. El agua comenzó a vibrar con un zumbido tenue. “Siempre igual”, pensó, mientras buscaba sin ganas el mate. Le sorprendió encontrar, detrás de un frasco de azúcar, un libro que no recordaba haber dejado allí. Una edición económica de tapa blanda, con una esquina doblada como señal. Lo tomó casi por inercia: El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett.
—¿Cuándo lo compré? —se preguntó …
Lo abrió al azar. Una frase subrayada, quizás de otra época, la detuvo: “Si miras de la manera correcta, verás que el mundo entero es un jardín”. Sintió una punzada leve, como si algo se hubiera desplazado en su interior.
Se sentó con la taza humeante. Leyó un párrafo, luego otro. El agua del mate se enfrió mientras las páginas avanzaban. No parecía gran cosa, apenas una sensación acurrucada en el silencio, un silencio menos callado que de costumbre, más atento y un latido especial en medio del pecho. Allí, en ese rincón de la cocina un minúsculo pliegue se abrió. “Hoy no es como siempre”, pensó.
Con el alma pendiendo de un libro se preparó para ir al trabajo. Billetera, la SUBE, el celular, las llaves de la oficina y ese día, Sofía también guardó ese libro en la cartera. Hacía años que no llevaba ninguno.
En el colectivo, era como si el libro ejerciera una fuerza extraña que la impulsó a sacarlo y leer: …
“Cuando los nuevos pensamientos echaron fuera todos esos horribles temores, la vida renació en él. La sangre corrió por sus venas y le inundó una enorme fuerza”. Pero por Dios, pensó, ¿este libro es mágico? Y es que sentía que estaba escrito para ella, las palabras parecían empujar los vidrios, hacer retroceder el ruido. Y como si esa fuerza corriera también por sus venas hizo algo impensado, se bajó una parada antes. En medio de la vereda, se miró los pies, el primer pensamiento fue ¿por qué? Y cuando levantó la vista obtuvo la respuesta: Librería Hernández. Consultó la hora y como aún le quedaban unos cuantos minutos sin dudarlo entró. Segura, como si lo hiciera cada día se dirigió a la empleada detrás del mostrador.
— Quiero un libro que hable de libros —le pidió sin sorprenderse de lo que estaba diciendo.
Al rato estaba hojeando un raro ejemplar con un título subyugante: La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón. Era el autor que nunca había escuchado nombrar. Lo abrió al azar y leyó: “Los libros son espejos: solo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro”.
Le impresionó que aquel libro también le hablara a ella, a ella que no recordaba hasta esta mañana la última vez que había leído un libro. ¿Habían cambiado los libros, o sin saberlo había cambiado ella? …
A la semana siguiente, ya no buscaba excusas para leer: buscaba momentos. Leía mientras esperaba el ascensor, mientras hervía el agua, mientras esperaba en el auto.
Un mediodía, en la plaza cerca de la oficina, abrió La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Se detuvo en una frase que la hizo pensar más de la cuenta: “La contemplación me ha abierto los ojos”. Sintió que eso era exactamente lo que le estaba pasando: los libros no sólo la acompañaban, le devolvían la claridad que había perdido sin darse cuenta y lo que era más increíble aún: los días ya no le parecían una página en blanco.
Casi sin darse cuenta no solo buscaba librerías sino que estas aparecían a veces de la nada y ella no podía seguir de largo sin bucear en las estanterías repletas de promesas y casi siempre salía con los brazos llenos de aventuras. Poco a poco, la lectura comenzó a filtrarse en zonas más profundas. Ahora la luz que se filtraba por las persianas ya no proyectaba líneas grises sino luminosos rayos de sol mientras disfrutaba de reorganizar el departamento para hacer espacio a los libros que empezaban a multiplicarse. Una tarde, mientras limpiaba, encontró su propio reflejo en una frase de María Elena Walsh: “Leer es un modo de encender luces en los rincones que no sabíamos que estaban a oscuras”. Acaricio el lomo del libro Fantasmas en el parque y su sonrisa coqueteó con los rayos de sol que se filtraban por la ventana mientras anotaba en un papel aquella especie de revelación.
No podía explicarlo del todo, pero cada libro parecía abrir una ventana que ella no sabía que estaba cerrada …
Una noche, después de cenar, encendió una lámpara y se arrellanó en el sillón del living. Ahora las veladas sola, en el silencio de su departamento ya no eran un presagio de soledad, no había espacio para la más mínima orfandad de otras noches, era una persona nueva y el silencio se había convertido en cómplice de ese cambio. Se quedó leyendo hasta que los ojos le ardieron y cuando cerró el libro Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir, se le reveló con la simplicidad de lo obvio la razón de ese estridente cambio: “Los libros me salvaron; me dieron un mundo propio donde respirar”. Es verdad: ahora respira, ya no a bocanadas, sino con la calma profunda de quien por fin habita un lugar propio. Y mientras apagaba la lámpara, entendió que ese mundo recién descubierto —hecho de páginas, voces y destellos ajenos— también era, de algún modo inexplicable, el suyo.
Las mañanas comenzaron a ser distintas. Cada amanecer no era el calco del anterior, los días le acercaban la promesa de una aventura distinta y Sofía despertaba con una idea que antes no tenía: que el día podía traer una frase nueva, una historia que la sorprendiera, una voz que la tocara como un dedo en el hombro. Y finalmente, un buen día cuando despertó con el sonido de la alarma, ya no lo sintió estridente, sonrió, respiró hondo, como si el sabor del mundo le acomodara el pecho. Entonces entendió. No había sido un giro brusco, ni una revelación luminosa. Fue un movimiento lento, una respiración que, sin darse cuenta, se fue acompasando al ritmo de los libros. Una vida que, página a página, empezaba a decir algo distinto.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuvo la certeza suave, más sensación que pensamiento, de que un nuevo día estaba empezando.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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