Ser o dejar de ser

Vida, muerte y esa delgada línea que las separa. Sí una delgada línea porque dejar de vivir, es decir morir, es solo cuestión de un instante. La vida suele ser más o menos prolongada, la muerte es eterna. La vida implica enfrentar la realidad, asumirla, cargar con la pena o la felicidad de respirar el aire que respiramos. La muerte desde la idea de mortalidad que nos acompaña sobre esta tierra puede ser la solución a esa pena o puede ser el temor a que acabe con esa felicidad sobre esta tierra. Nadie nos garantiza el más allá, por eso la mayoría de los mortales pasamos por esos estadios dicotómicos unas cuantas veces a lo largo de nuestra existencia.

Sin embargo, existe una clase de seres que en nada se parecen a los seres comunes y corrientes: los escritores. El escritor suele ser un ser humano con los sentimientos a flor de piel, cuando un escritor siente pena se desangra penando, cuando siente odio se despelleja odiando. El escritor es un ser misterioso, solitario y con demasiado conocimiento empírico, entendiendo empírico como el conocimiento basado en la propia experiencia y observación, aunque eso no implique una deducción del todo lógica sino más bien personal. Lo cierto es que el escritor antes que nada siente y necesita exorcizar eso que siente porque a veces ese conocimiento a través de la experiencia se convierte en un fantasma, en cientos de ellos. Para identificar a un escritor se lo hace mediante su pensamiento y su forma de ser, claro, eso desde afuera pero ¿Qué siente el escritor?
La esencia de todo escritor está en la imaginación, en los pensamientos, las emociones, los sentimientos, los anhelos y en su propia convicción de mortalidad. Sin embargo para algunos escritores la mortalidad no es suficiente porque la vida se les agota antes de cruzar esa delgada línea y entonces la vida no solo no alcanza sino que sobra.

Ha sido una larga introducción para entrar en un tema delicado pero recurrente en la vida de algunos escritores: el suicidio.

La figura del escritor suicida no sólo provoca horror y fascinación al mismo tiempo sino que a menudo ha servido para que el creador literario se convierta en una leyenda.

Cabe preguntarse entonces, ¿el suicidio de los escritores es diferente y obedece a consideraciones distintas del suicidio de la gente común?
Fuera del propio escritor, que una vez muerto no puede explicar nada, la mayoría de las explicaciones tienden a exponer el suicidio de un escritor diciendo que “era un inadaptado, un incompetente”, quizás sería más atinado decir que “era un incomprendido, un avanzado para su época” y en definitiva un ser tan hipersensible que la sola idea de dejar la muerte en manos de la justicia divina lo ponía en estado de crisis.
Muchas de esas crisis se han resuelto a lo largo de la historia de la humanidad por medio del suicidio. Sin la más mínima intención de escribir un ensayo sobre el acto de acabar con la propia vida, solo me remito en este artículo a mostrar algunos ejemplos de suicidios y un intento del porqué de ese acto.

Si recorremos la biografía de Ernest Hemingway no creo que nos hagamos la idea de alguien que arroje la toalla fácilmente. Y sin embargo, es un hecho que el autor del El viejo y el mar o Adiós a las armas intentó quitarse la vida hasta tres veces. La tercera, el 2 de julio de 1961, fue la definitiva: se disparó con una escopeta en su casa de Ketchum, Idaho, mientras su mujer dormía en la habitación contigua. Hay quienes achacan este hecho a una predisposición genética, ya que su padre, su hermana Úrsula y su hermano Leicester también se suicidaron. Hay quienes dicen que perseguido y acosado por FBI Ernest no tuvo otra alternativa que desaparecer definitivamente. Sea como fuere la vida del escritor nunca fue soplar y hacer botellas, como corresponsal de guerra se codeó muchas veces con la muerte. Me inclino a pensar entonces que aguerrido e intrépido como era, traspasar esa delgada línea para él no era nada extraordinario y quién puede negarnos que 62 años de vida no fueron más que suficientes para tomar el toro por las astas y decidirse a cruzar del otro lado.

Sandokán y el Corsario Negro quién no vuelve a la adolescencia al recordar estos nombres de los personajes quizás más famosos de Emilio Salgari. Los tigres de Mompracem y tantas otras historias que nos hablaban de nobleza, de valentía de entereza para enfrentarse a las injusticias. Sin embargo, para su autor enfrentarse a las penurias de la vida no fue tan fácil. Con cerca de un centenar de novelas publicadas, no lo hizo ni feliz ni rico. El escritor no pudo superar el terrible vacío que le dejó la muerte de sus hijos y la locura y muerte de su esposa. Con numerosas deudas sobre sus espaldas y tras varios intentos fallidos de suicidio, el 25 de abril de 1911, Emilio Salgari se quitaba la vida en el Valle de San Martin, una colina cerca de Turín, dejando tres cartas: una dirigida a los hijos que aún seguían vivos, otra a sus editores y, finalmente, otra a los directores de los periódicos de la ciudad. La misiva más elocuente fue la dirigida a sus editores: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi miseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma”.
Su forma de traspasar la delgada línea fue una de las más trágicas: se abrió el vientre con un cuchillo siguiendo un rito japonés llamado harakiri.

Mediante el mismo rito el escritor japonés Yukio Mishima, decide quitarse la vida el 25 de noviembre de 1970, ante el intento fallido de él y un grupo de miembros de Tatekokai (una milicia llamada «sociedad del escudo» que él mismo había fundado), de tomar un cuartel militar en Tokio para alentar a sus compatriotas a rebelarse y restituir al Emperador a su lugar legítimo que ocupaba antes de la derrota de la II Guerra Mundial. Fue un artista con un carácter complejo, obsesionado por la pureza y la belleza, nacionalista acérrimo y fascinado por la épica y la filosofía de los samuráis, es decir, por una idea de Japón que ya había dejado de existir en su época. Su muerte fue una decisión propia o quizás le gano de mano tan solo unos minutos al final inevitable que su arriesgada acción le acarrearía.

Si hubo alguien que no soportó la realidad que le tocaba vivir fue Stefan Zweig quien convencido de que los nazis ganarían la guerra y que dominarían el mundo, junto a su esposa, en el exilio en Brasil deciden poner fin a esa zozobra de vivir en un mundo donde no estaban dispuestos a vivir. Si sólo hubiera esperado un par de años más, la cosa hubiese sido distinta pero ¿Quién puede entrar en el alma de un escritor que siente con más dolor y desgarro el mundo que los mortales comunes? La suya fue una decisión largamente meditada. Ambos dejaron sus asuntos arreglados antes de tomar una dosis de veronal, un potente barbitúrico. En una de sus cartas de despedida, Zweig dejó escrito lo siguiente: Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me adelanto.

Un escritor húngaro, a quien le tocó sufrir la opresión de los nazis primero y de los comunistas después, esta última además durante muchos más años, fue Sándor Márai. En 1989, anciano, solo, deprimido y parcialmente ciego, sin ninguna esperanza en el futuro, se disparó en la cabeza en su casa de San Diego, California. Sólo unos meses después se producía la Caída del Muro de Berlín y el desplome del bloque soviético. ¿Otro escritor a quien le faltó esperanza? Yo más bien diría que le faltó paciencia y quién puede culparlo cuando se alcanzan los 89 años y el mundo no es ese lugar donde uno quiere seguir estando.

¿La depresión, el agotamiento mental, la falta de fuerza para seguir adelante? Todo y nada, lo cierto es que Virginia Woolf, la escritora británica recuperada en los últimos tiempos como gran icono del feminismo, padeció entre otras cosas depresión y trastorno bipolar. Nadie es dueño de ninguna verdad, ¿valentía o cobardía? ¿Cuál de las dos arrastra a alguien al suicidio? La Guerra una vez más fue el desencadenante de esta muerte anunciada por sus estados depresivos recurrentes y tras la destrucción de su casa en 1941 después de uno de los muchos bombardeos alemanes sobre Londres, se puso un abrigo, llenó los bolsillos de piedras y se arrojó a las frías aguas del río Ouse. Su cuerpo fue hallado tres semanas más tarde. Antes de suicidarse, Virginia Woolf dejó una emotiva nota dirigida a su marido: Toda la felicidad de mi vida te la debo a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

La lista es mucho más larga: Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Martha Lynch, Romain Gary, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Malcolm Lowry, por mencionar solo algunos más.

Una marcada debilidad enmascarada por una fortaleza que no existe, los escritores son siempre finos juncos mecidos por el viento. Víctimas o verdugos siempre lo serán de sus propias vidas. Quizás nunca sabremos con certeza por qué un puñado de artistas exitosos, creativos, notables, únicos, decidieron dar el paso que los situó detrás de esa delgada línea que a nosotros, simples mortales, algún día nos tocará traspasar.

José Antonio Pérez Rojo, psiquiatra y autor del libro Los escritores suicidas sin duda sabrá ponerlo en palabras mejor que yo:

“El viaje de la creatividad es azaroso -reflexiona-. Se necesita una estructura interior fuerte para que el viaje pueda ser de ida y vuelta, y no sólo de ida”.

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