Soledad. La sola mención de la palabra remite a encierro: una torre, una celda, un cuarto alto donde alguien se aísla o es aislado del mundo exterior. No es casual que la tradición literaria haya imaginado la soledad como aislamiento y desamparo.
Puede pensarse en la soledad con el desgarro de un sufrimiento. Así lo refiere Franz Kafka en El proceso: donde el desgarro no proviene solo de la soledad física, sino de la indiferencia de un sistema que Joseph K. no comprende. El sufrimiento aquí es burocrático y psicológico, una lucha solitaria contra un tribunal invisible.
Soledad. Si dejamos que la palabra resuene en nuestros oídos o dé vueltas por la mente, también podemos pensar en el aislamiento voluntario…,
en la retirada como gesto soberano. Dentro de ti hay una quietud y un santuario al que puedes retirarte en cualquier momento y ser tú mismo, “(…) Aprenderé de mí mismo, seré mi propio discípulo, me conoceré a mí mismo», anotó Hermann Hesse en Siddhartha, defendiendo el apartamiento como ejercicio de lucidez.
La soledad, entonces, no siempre es carencia: puede ser elección, disciplina, incluso resistencia frente al ruido del mundo. Soledad. A veces se parece a una habitación cerrada donde el eco nos devuelve únicamente la propia voz. Es entonces confrontación con uno mismo, como conciencia desnuda ante el vacío. Y esa confrontación puede engendrar miedo: «En mi interior encuentro el buscado silencio. Pero en él quedo tan perdida de cualquier recuerdo de algún ser humano y de mí misma, que transformo esta impresión en certeza de soledad física», escribió alguna vez Clarice Lispector en Cerca del corazón salvaje.
Sin embargo puede no ser una experiencia traumática…
En Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke aconseja: “Ama tu soledad y soporta el dolor que te causa”. La frase no romantiza el encierro; lo asume como una experiencia formativa, casi inevitable. La habitación cerrada, real o simbólica, se convierte entonces en el espacio donde el individuo queda frente a sí mismo, sin distracciones ni máscaras, obligado a escuchar la resonancia de su propia conciencia. La soledad como confrontación, como intemperie interior antes que como simple ausencia de compañía. Soledad. Existe también en la ciudad moderna donde la soledad es otra cosa. Se aloja en ascensores espejados, en estaciones de metro saturadas, en apartamentos de veinte metros cuadrados con vista a otra ventana. No es el desierto, es la multitud. Y entonces, no se trata de silencio absoluto sino del ruido continuo.
La soledad en las grandes urbes suele describirse como la paradoja de la multitud: el sentimiento de aislamiento más profundo suele ocurrir precisamente cuando se está rodeado de miles de personas. Intentemos pensar en un hombre sin nombre ni identidad concreta, que se nos presenta como una conciencia que habla desde abajo, desde un margen húmedo y oscuro de la ciudad…
“Me sentía tan distinto de los demás que a veces pensaba que yo era el único hombre y que todos los demás eran solo máquinas”. Esta frase se alinea con el pensamiento existencialista de autores del siglo XIX como Fiódor Dostoyevski y parece condensar la experiencia del protagonista de Memorias del subsuelo. Ese hombre del subsuelo no vive apartado en un bosque ni recluido en una torre, habita una gran ciudad: San Petersburgo, en este caso, una ciudad cosmopolita donde sin embargo se siente radicalmente excluido de ella. Y podríamos hacer la analogía con cualquier otra ciudad: Buenos Aires, Paris, Nueva york, etc.
Así, la soledad urbana deja de ser encierro voluntario o retiro espiritual para convertirse en una experiencia de ser incomprendido, inadvertido. En la gran ciudad, el aislamiento no se mide por la distancia que nos separa de los otros, sino por la imposibilidad de que nuestra voz encuentre eco en medio del ruido. En Ciudad de cristal de la Trilogía de Nueva York, Paul Auster describe la ciudad como el lugar donde nadie miraba a nadie. Tal vez allí resida el núcleo de la alienación contemporánea: no en la ausencia de multitudes, sino en la ausencia de mirada…
Soledad. Y la paradoja se instala: sentirse radicalmente solo en medio de miles. En la gran ciudad, la multitud no cancela la soledad; la intensifica.
Basta con caminar por una avenida al atardecer: el tráfico avanza con una paciencia mecánica. Las luces rojas se encienden como una respiración artificial. Nadie mira a nadie. O, mejor dicho, todos miran algo que no está allí: una pantalla, una notificación, un reflejo. La escena parece confirmar la intuición que atraviesa Ensayo sobre la ceguera, donde José Saramago escribe: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.
Para protegerse del exceso de estímulos y de la exposición constante, el habitante de la ciudad aprende a no ver, a atravesar cuerpos y rostros sin que nada lo afecte demasiado. ¿Es indiferencia?, ¿indolencia?, ¿falta de empatía?, ¿autoprotección? Quizás es una mezcla de todo eso. Lo cierto es que adoptar una actitud reservada, distante, casi indiferente, se convierte en algo endémico que ataca todos por igual.
La ciudad no nos expulsa; nos disuelve. Nos convierte en ese mar donde solo somos una gotita. En La condición humana, Hannah Arendt advirtió que la pérdida del espacio público (ese lugar donde aparecemos ante los otros y somos vistos y oídos) conduce a una forma de invisibilidad existencial (capítulo 2, sección 7). Dentro de un espacio que aparentemente existe para compartir, el individuo se ve reducido a la esfera privada y, paradójicamente, en lugares públicos, rodeado de gente queda aislado.
Así, la soledad urbana ya no es la del ermitaño ni la del prisionero, sino la del pasajero. Una soledad en movimiento, atravesada por luces intermitentes y pantallas encendidas, donde cada cuerpo roza a otro sin que el contacto llegue a convertirse en encuentro. En Las ciudades invisibles, Italo Calvino pone en boca de Marco Polo una advertencia que parece escrita para todo citadino: “La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano”. Las líneas están ahí, pero hay que saber leerlas. ¿Quién lee hoy el pasado del otro en el vagón del metro? ¿Quién descifra la fatiga en los hombros del desconocido que se balancea con la inercia del tren? La ciudad contiene historias, las grita en silencio pero no garantiza la escucha…
La llamada “epidemia silenciosa” del siglo XXI no es una metáfora caprichosa. Se trata de una experiencia íntima que adquiere proporciones colectivas: la sensación de aislamiento profundo pese a la proximidad física constante. Vivimos en entornos de alta densidad poblacional, pero la densidad no equivale a comunidad, es decir: la cantidad no garantiza la calidad, la proximidad sin vínculo no legitima pertenencia y mucho menos compañía. Se puede compartir el mismo vagón, la misma acera, el mismo edificio, y no compartir nada esencial. Los cuerpos se rozan, pero las biografías no se tocan. La ciudad multiplica los encuentros fortuitos y, al mismo tiempo, reduce los encuentros significativos. Así, la multitud deja de ser promesa de compañía para convertirse en paisaje de indiferencia: un mar humano que nos rodea sin sostenernos. Jonathan Franzen en su libro Libertad sugiere que: el ser humano vive inmerso en la lucha constante por una libertad que el sistema no permite, cada uno de nosotros somos parte de un inmenso mar, sin decisiones propias.Intentemos la experiencia con un escenario cotidiano: una plaza recién remodelada, de las que abundan últimamente, bancos metálicos o de concreto, plantas simétricas, cámaras de seguridad, rejas perimetrales. Todo parece impecable y como un paraíso a la vuelta de la esquina, nos invita a disfrutar. Sin embargo, pocos se detienen más de cinco minutos. La mayoría da vueltas sin sentido ya que el diseño invita a circular, no a quedarse, el pseudo silencio compite con el ruido lejano de la avenida y la plaza parece ideal, sin embargo, le falta corazón y a pesar de esa mentida perfección no termina de convertirse en refugio de nadie. La soledad se mastica, se paladea, asfixia.
En Los diarios de Emilio Renzi, alter ego de Ricardo Piglia, leemos en el primer volumen: …
“(…) la única soledad insoportable es la de no “contar” para nadie”. La frase resuena con una ambigüedad inquietante. ¿Es confesión o ironía? ¿Elección o resignación? En la ciudad contemporánea, muchos podrían repetirla sin saber si hablan desde la libertad o desde la carencia. Más bien hablan desde la soledad.
Soledad. La palabra vuelve. Ya no es solo encierro; es advertencia. En medio de la multitud, el mayor desafío es recordar que el otro existe, que respira, que espera. Y que, tal vez, también camina por la avenida al atardecer preguntándose si alguien, entre tantas luces rojas y pantallas encendidas, lo verá de verdad, si alguien llenará el vacío o si, finalmente, comprenderá que la única torre que habitamos no está hecha de piedra ni de hierro, sino de miradas que no se cruzan.
Porque la soledad urbana no es la ausencia de cuerpos, sino la ausencia de almas. No es el bullicio, sino el eco que no encuentra respuesta. Tal vez el antídoto no consista en huir de la ciudad ni en resignarse a ella, sino en recuperar ese gesto mínimo que funda comunión: mirar, escuchar, detenerse. Soledad. La palabra con la que empezamos no desaparece. Permanece suspendida sobre las avenidas, en los balcones encendidos, en los vagones atestados, en los bancos de una plaza. Permanece como pregunta abierta. Soledad… ¿encierro o posibilidad?, ¿condena o conciencia?
Quizás todo dependa de ser capaces, en medio del ruido, de romper la barrera invisible y convertir la soledad en encuentro.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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