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Literatura del yo

No se trata de autobiografía, no son diarios, no son memorias, no son ensayos, no son novelas y sin embargo son todo eso: son historias. Es literatura. Es la nueva “literatura del yo.”

¿La experiencia puesta al servicio de la ficción o la ficción puesta al servicio de una experiencia?

Lo cierto es que en las últimas décadas hay una avalancha de historias que nacen desde experiencias personales y se convierten en materia literaria, en historias donde el lector entra con un plus: ese costado voyerista de muchos que descubren en esas historia, sucesos reales, acontecimientos vividos por seres de carne y hueso que además tienen un rostro reconocible porque esos seres son los propios autores que nos están contando sus experiencias de la mejor manera que saben hacerlo: escribiendo novelas.
Entre los españoles que se han acercado por esos caminos bifurcados a contarnos su vida están Carmen Martín Gaite, Carlos Barral, Juan y Luis Goytisolo, Juan José Millás y Javier Marías que en 1987 escribió el artículo Autobiografía y ficción, en el cual hablaba de una nueva manera de “enfrentarse con el material verídico o verdadero”, y expresaba interés y tentación por esta fórmula de “abordar el campo autobiográfico pero sólo como ficción”. Dos años después publicó “Todas las almas”, y en 1998 “Negra espalda del tiempo.” Novelas de ficción donde lo autobiográfico es el punto de partida, la razón de ser de esas historias.

La Argentina no se queda atrás y podemos citar varios ejemplos: Julia Coria, autora de “Todo nos sale bien”, novela autobiográfica en la que narra los veinte meses previos a la muerte de su marido. “Es una historia que me atraviesa por completo, pero más allá del tinte biográfico, es una historia que valía la pena contar, como tantas otras, pero ésta justo era la mía”. Afirma la escritora y claro, todos tenemos algo llamativo para contar, todos tenemos derecho a pensar y hasta a sentir que lo que hemos vivido vale la pena ser contado, que otros lo conozcan, que aprendan como yo aprendí. Pero ¡ojo! Hay que saber contarlo, hay que manejar técnicas, hay que engolosinar al que lee, atraparlo, sino caemos en narrar una simple crónica de ciertos acontecimientos de vida “interesantes” que terminará por aburrir aún al lector más paciente.
Para seguir con más ejemplos citaré a: Belén López Peiró con “Por qué volvías cada verano” y a Mercedes Halfon con “El trabajo de los ojos” sin dejar de lado a Dolores Reyes, la autora de la aplaudida “Cometierra” que en una entrevista afirma: “En mi caso (se refiere a “Cometierra”), las que me escriben son hijas del femicidio o abuelas que están luchando por tener la custodia de esos nietos, hijos del femicidio. Es verdad, hay una identificación a través del texto, una necesidad, una movilización que se da desde la lectura. Que la literatura del yo tenga como narradoras principales a las mujeres es porque hay una necesidad de narrar lo que está pasando”.

Sin embargo, la reelaboración y potenciación de la primera persona no es un invento de este nuevo siglo tan propenso al yoísmo. Las experiencias personales son materia de escritura desde que el mundo es mundo y a las pruebas me remito con autores como Dante Alighieri, el Arcipreste de Hita, Marcel Proust, Louis-Ferdinand Céline, Jorge Semprún, Marguerite Duras, Philip Roth, y hasta el propio Jorge Luis Borges que cuando dice “me duele una mujer en todo el cuerpo” está hablando de sí mismo. Porque:“No se escribe ciertamente por necesidades literarias, sino por la necesidad que la vida tiene de expresarse”, observó en una oportunidad la filósofa y ensayista española María Zambrano. Y es que la vida, nuestra vida, se abre paso a medida que contamos. Contamos el pasado, contamos el presente y a veces hasta el futuro deseado. Contar nos resignifica y es lo que los escritores alcanzan en toda historia, sí, en toda historia, no solo en una Autobiografía. Ese “yo”, entendido como “el autor” dentro de la historia se cuela despacito y no siempre desde el punto de vista en primera persona. Yo camino, yo como, yo subo, yo bajo. No. El autor está presente aunque la historia se cuente en una tercera persona: él camina, ella sube, nosotros bajamos. En cada historia hay un pedacito del autor y no hace falta que la historia sea catalogada como autobiografía porque siempre lo es. Ese “yo” no siempre es del todo “el autor” sino que se transmite fragmentado a través de los múltiples espejos que son los personajes. Cada personaje porta una o varias vetas del autor y esa es también literatura del yo. Podría pensarse en este caso en un “yo” que se manifiesta a través de la ocultación (pido permiso para el oxímoron) o por medio de un disfraz para crear el “yo” con el que el autor se identifica. Por supuesto que se trata de “literatura del yo” pero, como no estamos hablando de hechos reales, en este caso se trata del yo deseado.
El caso más identificable es el de las autobiografías noveladas, en donde uno mezcla el yo real y el que uno desea a través de contar y fabular sobre uno mismo, es un yo mitificado que resulta de seleccionar los hechos que al autor le interesan para configurar el yo que le conviene.

Entonces ¿existe una escritura del yo? Esa escritura que promete desnudar al protagonista, acercarnos la realidad de los hechos, enseñarnos a vivir en circunstancias similares. O en última instancia, ¿es una escritura que le permite al autor una catarsis? Podría incluso pensarse como una acto panfletario que permite a un colectivo (femenino, comunista, ecologista, etc.) expresarse sin tapujos. Entendida como escritura del yo y así comercializada, ¿existe una escritura del yo? o ¿es solo un recurso marketinero? O ¿Es una necesidad de hacerse oír? ¿Es una moda? ¿Vino para quedarse?

En definitiva el gran jurado, el lector, es quien tiene la última palabra.

¿Existe una escritura del yo?


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