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¿Qué es la literatura?

Es muy difícil que encontremos una definición clara, concisa y exacta de lo que es la literatura. Sobre ello se han vertido ríos de tinta y, aún hoy, no podemos definirla; probablemente porque eso sea imposible. Algunos lingüistas lo han intentado.

Tzvetan Todorov (filósofo, historiador, crítico y teórico literario búlgaro-francés): “La literatura es un medio de tomar posición frente a los valores de la sociedad; digamos de una vez que es ideología. Toda literatura ha sido siempre ambos: arte e ideología”.
Joaquín Xirau (filósofo y pedagogo español): “La literatura, como el arte, es una de las formas más altas de conciencia, es una forma de conocimiento y de autorreconocimiento”.
María Moliner (bibliotecaria, filóloga y lexicógrafa española): “La literatura es el arte que emplea la palabra como medio de expresión, la palabra hablada o escrita”.
Wolfang Kayser (germanista alemán y estudioso de la literatura):plantea cambiar el término “Literatura” por el de “Bellas Letras”, para poder diferenciarla del habla y de los textos no literarios.

Y no porque sean las mejores pero me quedo con estas dos últimas definiciones que quizás nos ubiquen en tema si pensamos que: La literatura es la disciplina centrada en el uso estético o expresivo de la palabra escrita.

Las Bellas Artes

Porque no podemos olvidarnos que la literatura es un arte, y como todo arte consiste fundamentalmente en la manipulación de un material (en este caso, el lenguaje) para producir objetos distintos al material de partida, imprimiéndoles una forma determinada. Y la forma que produce la literatura es el libro.
Si no olvidamos que la expresión escrita es un arte, tampoco debemos olvidar que el arte es consecuencia del contexto, ergo: un libro es producto del contexto en que fue escrito. Un autor siempre se ve influenciado por lo que vive, por el contexto. Innegablemente. Por más que hablemos de mundos fantásticos que nada tienen que ver con la realidad, la realidad se cuela en cada frase y condiciona a quien escribe. Eso ha sido así desde que el hombre usó la palabra escrita como arte.
Cuando pienso en contexto y en mundos fantásticos, no puedo dejar de pensar en esa joyita de principios del siglo XVII “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift. Esta novela, que quien más quien menos ha leído, y si no, habrá visto las varias versiones cinematográfica y creo que todos sabrán de qué y de quién estoy hablando. Lo cierto es que no podemos quedarnos solo con el costado fantástico de este personaje que visita mundos donde hay seres minúsculos y caballos que hablan entre otras extrañezas. Considerado incluso como un libro para niños, es en realidad una sátira feroz de la sociedad y la condición humana, camuflada como un libro de viajes por países pintorescos (un género bastante común en la época).

El contexto

No usaremos este artículo para hacer un análisis de la literatura universal y los diferentes contextos históricos porque sería imposible en tan corto espacio, pero quizás podamos centrarnos en el contexto actual que, como otrora, condiciona la expresión escrita, que la justifica, la ordena, la determina pero nunca jamás la restringe. Porque el arte bien entendido nos permite expresarnos en una estrecha interrelación entre literatura y sociedad.
La obra literaria constituye una representación de los elementos ideológicos que priman en la época y en el contexto social en que es concebida. Lo que escribimos se conecta con las estructuras de la sociedad en la cual vivimos, con la problemática personal y colectiva de un autor que plasma una experiencia puntual: la del protagonista del libro que bien puede ser la experiencia de unos cuantos y la voz de muchos.

Tomemos por ejemplo un libro aparentemente inofensivo y cuyo argumento, con tintes policiales, puede tener una primera intencionalidad: la de entretener al lector con una historia diferente. Es la historia de Rachel, una mujer de alrededor 30 años, devastada por su divorcio. Cada mañana toma el tren de las 08:04 hacia Londres. Todos los días el tren se detiene ante una señal roja, desde donde puede observar varias casas. En una de ellas observa una pareja a la que Rachel le pone los nombres de Jason y Jess y sobre la que se ha imaginado una perfecta historia de amor. Más tarde descubre que esa pareja no es tan perfecta y a raíz de ello, se ve involucrada en un misterio. Muchos lo habrán reconocido “La chica del tren”, éxito de ventas escrito por Paula Hawkins. Sin dudas un libro donde la psicología de los personajes juega un rol fundamental a la hora de plantear el misterio. Pero “La chica del tren” es mucho más que eso. Aunque su autora se declara incompetente para explicar el éxito de este libro, que incluso fue llevado al cine, dicho de paso con pobres resultados, lo cierto es que la trama está cruzada por problemáticas muy actuales. El alcoholismo en las mujeres jóvenes, víctima de una sociedad que todavía piensa que el matrimonio es la meta de toda mujer, la mujer que siente que llegados los treinta, si no ha conseguido pareja es una fracasada, la fracasada que ve en la otra un ideal de felicidad, un ideal de felicidad que no es más que una fantasía, una fantasía que termina mostrándonos a La chica del tren, viviendo una historia que puede o no ser real, pero que si miramos al costado puede ser la de nuestra vecina. Y con eso juega la autora para sorprendernos con un final que por supuesto no revelaré. En definitiva, un contexto social de muchas mujeres, de este convulsionado siglo XXI que todavía sienten que estructuras patriarcales vetustas pueden llegar a garantizarnos la felicidad. Y hay muchas más mujeres en ese estado de lo que podría creerse a pesar de tanto feminismo reivindicativo o más bien de tantas feministas disconformes con los que les toca vivir. Un libro producto del contexto social en que vivimos, porque bajo ningún concepto se nos ocurriría que este personaje pudiera estar protagonizando una novela de Jane Austen o de las hermanas Brönte.

La temática del contexto

Y es que el convulsionado siglo XXI que nos ha tocado en suerte transitar, es un mosaico de temas y de sensaciones, de situaciones y de conflictos, de experiencias y de apariencias, de modos de interpretar la realidad y tomar partido, de libertades pero también de restricciones. Cualquier autor poco avezado, en nuestros días, se vería superado por tantos temas. Cabe señalar que además la literatura de este siglo se caracteriza por la diversidad de sub-géneros, tanta que hasta marea de solo enumerarlos. Digamos que la mayoría de ellos nacen de una fusión de géneros y otros son simplemente un invento marketinero, es decir un libro con tales o cuales características pega en el mercado y de allí en más aparecen decenas de escritores tratando de subirse al mismo caballo. Para un escritor, hoy en día es bastante difícil decidir qué género utilizar y luego qué subgénero se acomodaría mejor y por fin, si dejan de lado la idea comercial de un libro, centrarse en lo único que interesa en definitiva que es el mensaje a transmitir.

“En la variedad está el gusto” reza un refrán muy conocido pero lo cierto es que cuanto más hay para elegir, más difícil se vuelve la elección.
Lo anterior nos permite otorgarle a la literatura actual una característica propia, “la diversidad”, tanto temática como de géneros, sin olvidarnos de que la literatura es lo que ha sido siempre: aquello que nos emociona.
Los escritores buscan emocionar porque primero se emocionan. Se emocionan con el contexto en que viven, se emocionan con historias personales, se emocionan con lo que les cuentan, con lo que ven en la televisión, los escritores se emocionan y quieren transmitir esa emoción y por medio de la emoción buscan decir algo, comunicar un mensaje y para eso lo importante es la interacción con el lector. El lector contemporáneo es un lector interactivo y las novedades en materia literaria pasan entonces por buscar nuevas formas y temas de actualidad, miradas reales desde un ser de carne y hueso que lee y que debe sentir que ese ser de papel de alguna forma se le parece, de lo contrario la interacción se convertiría en una ilusión.
Y el contexto, siempre el contexto. Hoy por hoy el femicidio es de gran actualidad. No sé si porque esta sociedad convulsionada los predispone o porque antes no había tantos medios de comunicación y no nos enterábamos, no voy a analizarlo. Lo cierto es que Dolores Reyes, salta a la fama como éxito de ventas en el 2021 con “Cometierra” y la autora no se anda con vueltas, plantea la temática de fondo desde el comienzo. Un femicidio marca la vida de Cometierra, (la protagonista del libro) cuando era una niña, el de su propia madre cometido por las manos asesinas de su padre. Pero no es el único crimen, hay más. Los femicidios son narrados desde múltiples voces y, según su autora, hay una voluntad de que el relato se cuente desde la perspectiva de la hija de un femicidio, una víctima-testigo. El contexto social descripto es tan crudo y agobiante como esas historias singulares que recorren las páginas de este libro.
Cometierra y su hermano “El Walter” dejaron la escuela y se fueron quedando solos. Primero, los abandonó su padre. Luego, perdieron a su madre. La última en irse, un día cualquiera, fue su tía. Y es que Dolores Reyes no se limita al acto criminal sino al contexto que genera este tipo de violencia.

La literatura se nutre o se ha nutrido siempre de lo que no es literatura. Shakespeare se nutrió de fabulas y de historias que vienen de la literatura italiana, pero también se nutrió de mucha conversación de tabernas, de caminar las calles y conversar con la gente. Del mismo modo, Cervantes se nutrió de los libros de caballería, pero también de muchas experiencias que él vivió al margen de su literatura. De algún modo, la literatura se ha nutrido siempre en los márgenes de la literatura. Ha vivido como comiéndose otros espacios exteriores, se alimenta de las pasiones, de lo oscuro, de un misterio inexpugnable, de lo transgredido, de lo irrevocable, de lo utópico y de lo que en definitiva nos está sucediendo. La literatura cuenta la historia humana, trata de preservar la memoria para que sepamos quiénes somos, y para que en un futuro sepamos quiénes fuimos. La literatura tiene el deber de proteger la identidad humana. No las ideologías, ni las filosofías ni las religiones, ni siquiera las opiniones personales, la literatura tiene la obligación de mantenerse fiel a nuestras pasiones. Si lo logra, entonces podremos decir que la literatura del siglo XXI en nada difiere de la literatura (la verdadera literatura) del siglo XI o del siglo V antes de Cristo.

Fin de realismo

El siglo XX impuso el fin del realismo y la exaltación de lo extraño, lo ominoso, lo inquietante. Escritoras como la argentina Mariana Enríquez, se paran en ese límite donde la realidad se ve amenazada por fuerzas oscuras. ¿Qué hacer con la realidad? O más bien ¿Qué hace la realidad con nosotros?
Mariana Enríquez es una representante del grupo de la llamada “nueva narrativa argentina”, y ha logrado un gran éxito con sus novelas y cuentos. Para expresar su arte ha elegido el género de terror, pero ojo, su aproximación al género no es la tradicional. Con innegables influencias del comic y del cine, Enríquez extiende los estrechos círculos de un género ancestral, redimensiona el tratamiento del miedo e inyecta elementos dramáticos en sus argumentos (la paternidad, la delincuencia, la infancia, las desigualdades sociales o las relaciones tóxicas) y se aleja de los códigos a veces un poco enigmáticos de la literatura fantástica en general y del terror en particular. Adora las historias de sectas, de monstruos, le encanta adentrarse en la parte oscura e inexplicable de nuestras vidas. No se olvida del contexto en que ha vivido y vive, no hace literatura panfletaria pero no se olvida de la burocracia, las fuerzas del orden corruptas y eventos del pasado como las terribles desapariciones que convirtieron en espectros casi sin nombre a buena parte de la sociedad argentina. Enríquez observa casi morbosamente a los criminales que trabajan desde lo que ella considera “las cloacas” del estado y se centra en la psicología de delincuentes y criminales especialmente violentos, con historias cada vez más salvajes, cada vez más insoportables y que los medios de comunicación se encargan de convertir en leyendas.

Samanta Schweblin, es también una escritora argentina que ha sido traducida a más de veinticinco idiomas y ha sido becada por distintas instituciones, además de haber sido premiada en numerosas ocasiones. Desde 2012 reside en Berlín, donde escribe y dicta talleres.
La autora ha mencionado a la tradición del fantástico rioplatense, de Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Antonio di Benedetto, Felisberto Hernández como una de sus tantas influencias. “Distancia de rescate” es su novela de mayor éxito porque fue llevada también al celuloide, pero mi descubrimiento de esta escritora argentina radicada en Alemania, fue a través de “Siete casas vacías”, una antología de siete relatos dentro de esa tradición de cuentos de terror, que a la vez son magníficos cuentos realistas y viceversa, con una gran influencia de H. P. Lovecraft.
Schweblin aborda lo real desde su reverso fantasmagórico, y lo fantástico nos remite a la oscuridad de lo real, porque sus historias son una invitación a bucear en la psicología de los personajes a través de los cuales vemos y sentimos, y así afirmamos que los problemas existenciales son los mismo hoy que hace doscientos o quinientos años. La contextualización de las historias en pleno siglo XXI reafirma esta afirmación.

El contexto del texto es ese “no sé qué” que acompaña a la literatura desde siempre, es ese pedacito extra que encontramos en ciertas historias donde más allá de diversión, de expansión, de conocimientos, descubrimos que fuimos, somos y seremos producto del siglo en que vivimos y que La literatura es la disciplina centrada en el uso estético o expresivo de la palabra escrita. Y es además la voz de una sociedad y el grito de muchos silenciados.


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