Shakespeare forever

El amor, la lucha por el poder, la ambición y la amistad; la reflexión final sobre el nacimiento y la muerte, sobre la verdad y la mentira, la realidad y la ficción. Temas universales que nunca pasan de moda, conflictos del género humano que siglos tras siglos siguen vigentes simplemente porque el género humano sigue siendo tan humano hoy como hace 200 o 1000 años atrás.
Hamlet, Calibán, Miranda, Falstaff, Romeo, Julieta, Próspero, Otelo, Desdémona, Macbeth, son solo algunos de los personajes eternizados por el bardo de Avon. Por supuesto, el eterno William Shakespeare, el que nunca morirá, el que parece reinventarse siglo tras siglo desde hace eras.

¿Qué misterio encierra la creación cuando un puñado de personajes se transforman en arquetipos, y traspasan geografías y perduran? Creo que la respuesta es simple: la esencia del género humano. Y es que la grandiosidad de la obra de Shakespeare, encuentra un sentido, una explicación en su profunda humanidad, en su visión universal. No fue el primero pero si quien se acercó a un público masivo, quien entendió y plasmó la infinita gama de virtudes y pasiones humanas.
Shakespeare y sus obras hacen realidad el eterno retorno de los tiempos y los espacios. El pasado se entremezcla con el presente y los personajes nacidos de una visión ancestral se acercan hoy a todos y cada uno de los que asistimos al misterio de unas palabras que responden a nuestros pensamientos, nuestros deseos y también nuestras frustraciones, incluso aquellas que permanecen ocultas en el subconsciente.
Shakespeare no fue el primero, lo repito. Las raíces de muchos de sus personajes, de las pasiones que los impulsan están en el albor de la Humanidad. La tradición oral que por medio de un relato contaba hechos humanos o sobrenaturales, transmitía esos acontecimientos de generación en generación. Con el tiempo un clan o un pueblo necesita plasmar la oralidad en testimonios escritos y entonces han nacido las leyendas y Shakespeare, mediante el teatro, las hace eternas.

Hamlet parte de un teorema filosófico, “ser o no ser”, para poner sobre el tapete la pregunta que implícita o explícitamente cada uno de nosotros nos formulamos en algún momento de nuestras vidas. El implacable paso del tiempo no ha modificado ni ha sanado la trágica historia de Romeo y Julieta porque a pesar del agua que ha corrido bajo el puente de la humanidad, no se han logrado resolver las ambigüedades y contradicciones sobre el amor y el deseo. La dificultad de integrar la emoción con la razón, en definitiva la debilidad psicológica que generan los celos no queda circunscripta a Otelo sino que incluso en la psicología moderna. Un trastorno que deviene en una patología psiquiátrica se conoce como el “síndrome de Otelo”, y tiene como síntoma principal los celos.

Considerado en conjunto, el mundo de Shakespeare es a un mismo tiempo maravilloso y terrible, religioso y profano, cada uno de sus héroes representa, inicialmente un sentimiento individual, pero a medida que la situación dramática progresa, dicha individualidad va en aumento hasta asumir proporciones que ya no son privadas sino que conciernen a la totalidad de los hombres. La incógnita del ser humano y sus deseos desde siempre y para siempre hacen de Shakespeare nuestro contemporáneo.

No necesitó de una campaña de marketing, no le hizo falta la pantalla grande para que el público lo aplaudiera, solo le hizo falta un pequeño escenario en la Londres victoriana: el teatro de “El globo”, la “base de operaciones” desde donde William Shakespeare, sin aspavientos, sin estridencias se lanzó al mundo, traspasó fronteras y tiempos, desde donde sin la ayuda de Twitter, de Facebook o de TikTok, seguirá recolectando seguidores por los siglos de los siglos. Amén.

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