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Mucho ruido y pocas nueces

Una vez leídos los textos de Javier Marías siempre me asaltó una duda que pone en tela de juicio mi buen juicio. ¿Por qué Javier Marías es considerado uno de los mejores escritores españoles del presente?
No logré hallar una historia clara, no encontré hilos conductores que me sorprendieran, no descubrí relatos sorprendentes ni personajes bien perfilados ni nada de aquello que calmara mis exceptivas o más bien las expectativas que las superventas alcanzadas por este autor me hablaran a las claras de que estaba frente a un monstruo de las letras.
Lo cortés no quita lo valiente y sin duda el manejo del discurso narrativo (aunque a veces destroce el lenguaje con claros signos de rebeldía), unido al maravilloso dominio de la ironía que sobrevela muchas de las situaciones planteadas por el autor, nos dejan con la boca abierta. Pero, ¿un pulido discurso y el tratamiento de la ironía alcanzan? La respuesta en mi caso es negativa. No alcanza saber utilizar el lenguaje, no es suficiente manejar el siempre agradecido recurso irónico para completar todos los requisitos que una buena historia, que una buena novela deberían tener. Según mi modesto punto de vista hace falta más. Hace falta una historia que sin necesidad de ser compleja nos sumerja en un mundo distinto, hace falta un tratamiento de los personajes que nos muestre su evolución o su estancamiento, o al menos su mirada frente a los sucesos. Hace falta tanto para que una historia atrape, que una vez leídos los textos de Javier Marías debo reconocer que he terminado más llena de vacíos que de satisfacciones. Pero por supuesto mi mirada no alcanza, mi análisis sin duda y a pesar de mis intentos de objetividad, apuntaba a la parcialidad o más bien a la incapacidad de comprender un autor que reitero está considerado uno de los mejores de habla hispana. Por eso, me he tomado la molestia de recabar algunas otras opiniones que convalidaran o dieran por tierra con mis personales opiniones.

En esa búsqueda he hallado un artículo en Estandarte donde se muestra la opinión del escritor Isaac Rosa, autor de novelas como “El país del miedo” y “La habitación oscura”. Sin entrar en detalles sobre la escritura de Rosa, me interesa hacerles llegar su opinión, que sin duda también es personal, su sorpresa ante los reconocimientos cosechados por la última novela de Javier Marías “Los enamoramientos”, convalida en alguna medida mi desolación, mi vacío como lector frente a este autor.

El articulo habla sobre la reacción en Twitter de Isaac Rosa quien entre otras cosas dice de su coterráneo: “No dejan de sorprenderme los premios dentro y fuera a «Los enamoramientos». Me pareció espantosa, y sin duda la peor de Marías” y “Pues seré yo, pero me recuerdo leyéndola con una mezcla de estupor y aburrimiento. Me pareció ridícula”
Claro que Rosa, afirma también haber leído a Marías con gusto años atrás, pero  tacha de ridícula a Los enamoramientos y agrega que Javier Marías le parece una caricatura de sí mismo.

Es de alabar que un escritor como Isaac Rosa, bien valorado por la crítica, con un número creciente de lectores y una obra rigurosa, muestre en público sus dudas sobre la obra de un escritor en apariencia incuestionable como Marías, exponiéndose al crear un debate.
Sin embargo no me he quedado con esta sola opinión porque mi asolamiento se extiende, al contrario que el de Rosa, a todo el corpus narrativo de Javier Marías. Por eso continué mi búsqueda sobre las razones que sin duda no he sabido apreciar ni hallar y que han elevado al pedestal a este autor.

M. García Viñó,escritor, poeta, ensayista y crítico de arte español, destroza por así decirlo la imagen de Javier Marías. En un extenso e impecable artículo, desacredita la envestidura de escritor de ficción con que han tratado de disfrazar a un excelente ensayista de artículos interesantes.  M. García Viñó  lo tilda entre otras cosas de: el peor escritor de todos los tiempos y lugares, porque no sabe puntuar, destroza continuamente la sintaxis, carece en absoluto de elegancia y estilo, es sumamente torpe en la adjetivación, tiene lenguaje de funcionario, pregona una zafiedad intelectual ofensiva para la inteligencia del lector y no sabe expresar lo que pretende porque no tiene las ideas claras ni conoce el significado de infinidad de palabras y expresiones.

Yo camino un poco más allá de la gramática, que a veces no es lo que convierte una novela en mejor o peor historia, que es lo que intento demostrar, y para eso me apoyo en otras afirmaciones de M. García Viñó: Desde la primera página de cualquiera de sus presuntas novelas, constituida por Javier Marías, una estafa editorial un amasijo de digresiones sin ningún interés, como veremos, en las que resalta el desmedido culto a sí mismo que practica, resalta llamativamente la torpeza expresiva, el chirriar de la impotencia en que naufraga a cada paso, su pobreza de ideas, su abrumadora reiteración de unas pocas superficialidades, su siempre inoportuna pedantería… Por supuesto, adolece de falta de las que llamo “ocurrencias”: esas formas de descripción, definición o adjetivación insólitas que caracterizan al escritor de raza y, por ende, de capacidad de extrañar y de crear valores estéticos, es decir, de hacer literatura.

El artículo es extenso y se mete de lleno en pormenorizar los errores gramaticales y estilísticos de Javier Marías. No entraré en detalles de cada una de sus novelas como lo hace García Viñó aunque dejo a disposición de ustedes el link que corrobora mis citas. El final del artículo es salvaje y dice: Por lo demás, hay que apuntar la incoherencia total de las nada interesantes narraciones, entreveradas de digresiones insustanciales y transcripciones, a veces de capítulos enteros, de otros libros, ajenos o propios. Se pueden encontrar así varias páginas sobre guías de ferrocarriles; otras tantas sobre zapatos, muchas sobre los papelitos amarillos adhesivos que se ponen junto al teléfono para tomar notas, sobre yemas y claras de huevo, sobre las páginas de necrológicas de los periódicos, la climatología madrileña, el uso del paraguas y el sombrero, el folcklore cubano, el horario de los Vips, los músicos callejeros, etc., sin ningún ingenio ni, por supuesto, profundidad. En último término, la impotencia expresiva es el defecto más notable de las “novelas” de Marías.

Son cuantiosas las opiniones que lo defienden a capa y espada, el mismísimo Pérez Reverte se ha erigido en su defensor a ultranza y quién puede contradecir al cartaginés autor del personaje de Alatriste, esa maravillosa saga que me ha sacado el sueño por leer hasta la última página. Sin embargo, me permito esta vez ponerme del lado de los detractores sin dejar de resaltar que las opiniones de Javier Marías y muchos de sus artículos son un lujo y aunque no siempre bienintencionadas, sus sentencias son la mayoría de las veces acertadas. Lamento disentir con la opinión de cultores de la escritura de ficción y de la escritura en general, como el citado Pérez Reverte, pero  para mi humilde visión de lectora y como autor de novelas el señor Javier Marías no cumple las expectativas de un escritor que rinda culto a la novela que como dice la RAE es una obra literaria cuyo fin es causar placer estético a los lectores.
Solo les dejo picando una pregunta: ¿Javier Marías es buen escritor? Y sin duda habrá opiniones para todos los gustos. Creo que es innegable que tiene valores y talentos que sus detractores prefieren ignorar (es un buen estilista, construye escenas poderosas, sus novelas casi siempre contienen ideas o intuiciones sugerentes), pero en mi opinión también tiene carencias que sus defensores ocultan (le cuesta construir una trama sólida, no sabe diversificar la voz, su estilo a veces se vuelve rocambolesco por intentar ser preciosista).

Los libros “Corazón tan blanco” o “Mañana en la batalla piensa en mí” me parecen al menos novelas, “Todas las almas” es divertida, irónica. En cambio, “Los enamoramientos” me pareció una malísima novela, y que le concedieran el Premio Nacional de Narrativa creo que fue más un ejercicio de nostalgia que de verdadera crítica literaria. No es, en mi opinión, un candidato serio al premio Nobel; pero tampoco es un pésimo escritor. Es más bien el producto de una literatura mercantilizada donde crearse un nombre cuesta y, a veces, mantenerlo no tanto.


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