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Una ciudad a tu medida

Bip,bip,bip o bzz,bzz,bzz como mejor te parezca. Lo cierto es que esta mañana temprano, y vaya uno a saber por qué, ha sonado la alarma del móvil. Como si tuviera que madrugar, me dije, como si el mundo alrededor no hubiese cambiado, como si la maldita pandemia no existiera y yo aún tuviera que madrugar para zambullirme en la vorágine de una ciudad que me espera, para trabajar.
No tengo que ir a trabajar y no me espera una ciudad, o al menos no la ciudad que conocía, por eso he apagado el móvil y me he quedado inmóvil con la cabeza en la almohada, las manos cruzadas bajo la nuca y el alma en un puño. Sí en un puño donde también entran un par de preguntas que resumen lo mucho que todo ha cambiado. ¿Qué ciudad es ahora mi cuidad? Y ¿Qué ciudad me gustaría que fuera?

No he encontrado respuesta a la primera pregunta simplemente porque en el día a día mi cuidad de siempre muta en otra ciudad distinta. Sería imposible imaginar qué me esperaría hoy si decido caminar por la Avenida Corrientes de la ciudad de Buenos Aires, suponiendo que además de una infinidad de negocios cerrados y de veredas desiertas Corrientes seguirá llamándose Corrientes (¿?). Casi una especie de sueño de otros tiempos pensar en sumergirme en un paseo de compras y encontrar los negocios de siempre o encontrar algún negocio donde comprar algo, un negocio que hipotéticamente aún resistiera a esta crisis que nos atormenta hace ya…he perdido la cuenta, o más bien casi que no quiero ni seguir sumando días y meses.

Sin embargo, de golpe he quitado mis manos de debajo de la nuca, he sonreído plácidamente, me he sentado en la cama y he encontrado la respuesta a la segunda pregunta: me gustaría estar en la ciudad de….y eran tantas y de tan variado aspecto y con tan diferentes propuestas que la duda me asaltó ¿Por cuál comenzar primero?
Y de la cama salté al piso de mi habitación y de mi habitación caminé hasta mi biblioteca y en mi biblioteca elegí la primera ciudad donde transcurrirían los primeros minutos de mi nuevo día.

De acuerdo con Gabriel García Márquez en el libro Cien años de soledad, Macondo (la primera de mis ciudades) fue fundada por José Arcadio Buendía y otros miembros de su expedición, la ciudad fue diseñada de tal modo que:

[…] desde todas partes podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus trescientos habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto. […]

No me digan que no suena alentador y hasta utópico, sobre todo si no enciendo la televisión donde cada día mueren un número imprevisto de personas, donde cada día se sonríe menos, donde cada día… Claro que en Macondo no siempre suceden cosas hermosas pero tengo garantizado al menos por un rato imaginar que esa ciudad Era en verdad una aldea feliz.
Mi idea no era quedarme solo con Macondo y como la mañana iba transcurriendo, pensé que era hora de calentarme un té, de manera que devolví Cien años de soledad a su lugar en el estante y sin demorarme demasiado en la cocina volví rápidamente a mi biblioteca.
Entonces sucedió. Casi como si escuchara el susurro de un conejo blanco, casi como si el gato de Cheshire me sonriera desde el estante aquel invitándome a entrar. Y fue como si todo a mi alrededor se metamorfoseara, los colores eran otros, los aromas, los sonidos, sin resistirme le di un mordisco (imaginario claro) a la galleta “Cómeme” y de golpe… estaba en “Wonderland” o El País de las Maravillas, donde Alicia cayó por casualidad. Casi por casualidad yo era ahora Alicia en el País de las Maravillas y de la mano de Lewis Carroll dejé atrás, definitivamente, mi cuidad de verdad donde cada día te asaltan noticias alarmantes.En el país de las maravillas me encontré con animales que hablan, algunos sabios, otros no tanto y para no sentirme tan lejos de casa también me encontré con seres humanos de dudosa salud mental y hasta con una Reina de corazones impía y alienada, al principio lo dudé pero, a pesar del sinsentido de muchas de sus palabras, no pude resistirme y me senté a tomar el té que acababa de servirme antes de que se enfriara.

El sol ya se filtraba de lleno por el ventanal de mi sala de estar y clareaba los estantes medios de mi biblioteca, entonces casi como por encanto o como siguiendo un derrotero de inevitable sortilegio, un rayo se detuvo sobre las letras rojas de su nombre: Terry Pratchett. No lo dudé ni un segundo, “Mundodisco” era el sitio que necesitaba. Y quién podría resistirse a un mundo plano que sostienen cuatro elefantes que se apoyan en el caparazón de una tortuga estelar. Quién evitaría pasearse por esta saga de fantasía medieval que se alarga hasta la era victoriana y tiene puntos en común nada menos que con Tolkien, Lovecraft e incluso Shakespeare. Rocé con la yema de los dedos el lomo de dos de sus títulos El color de la magia y La luz fantástica, y como a prolijita no me gana nadie, me decidí por el primer título que es también el primero de la saga.

Tampoco quise demorarme el resto del día en Mundodisco, más que nada porque era consciente de que me quedaban muchos sitios por visitar. Cerré el libro, lo devolví al estante y regresé al sillón. Casi lo había logrado, sin televisión, sin noticieros, era como si mi alrededor fuera solo lo que yo quisiera que fuese. Lo que cerré a continuación fueron mis ojos. Y juro que lo escuché: A El País de Nunca Jamás o Neverland se puede llegar tras volar a lo más alto del cielo y luego girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer…
Entonces, abrí los ojos y salte del sillón o salté del sillón y abrí los ojos, no sé todo sucedió muy de prisa. Lo cierto es que en el mismo estante de Terry Pratchett, la segunda estrella, es decir, el segundo libro a la derecha era “Peter Pan”. Me golpeé la frente, pero claro me dije, la voz que escuché era de él, la del niño que no quería crecer y que James M. Barrie dio vida en un maravilloso libro. Las siguientes dos horas convertí mi sillón en esa isla lejana y entrañable donde viven infinidad de niños perdidos que se pasan el tiempo jugando y sin obedecer ninguna regla ni atender a obligaciones y responsabilidades impuestas por adultos. Por si fuera poco, Campanilla, esa hada diminuta y brillante también iluminó aquella porción de la tarde.

Lo cierto es que Peter Pan me había dejado un sabor extraño y no tuve el valor de crecer de golpe para viajar a Comala que me esperaba si abría Pedro Páramo de Juan Rulfo, una ciudad sórdida y asfixiante, habitada por fantasmas y muertos en vida, no gracias.
Tampoco tuve el valor de irme hasta El condado de Yoknapatawpha donde transcurren varias novelas de William Faulkner aun sabiendo que disfrutaría una vez más con Luz de Agosto. Demasiado rencor, demasiado dolor.
Tristemente pensé que como Peter yo tampoco hubiese querido crecer, sin embargo era una adulta hecha y derecha y no podía seguir fingiendo que nada existe a mi alrededor. Vivir en un mundo de fantasía es casi lo único que quisiéramos muchos pero no se puede, ¿verdad?
Sin embargo, estaba por tentarme con Las ciudades invisibles de Italo Calvino donde tenía para elegir entre Dorotea, Tamara, Anastasia o… Liliputh esa isla donde tienen lugar los hechos que describe Jonathan Swift en la primera parte de Los viajes de Gulliver, cuando sonó el portero. Era el vecino de al lado que me tocaba el timbre para recordarme que esa mañana teníamos turno en el vacunatorio y habíamos arreglado ir juntos.

Con desgano abandoné el sillón, a regañadientes devolví Peter Pan a su lugar en la estantería. Sin embargo no abandoné la estantería inmediatamente. En un rápido paneo encontré un par de sitios más donde, vacuna mediante, volvería para hacer de cuenta que una ciudad distinta, aunque sea por un ratito puede existir.


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