Hay espacios que en la literatura no solo sirven de escenario, sino que actúan como verdaderos depositarios de la memoria humana. Los lugares deshabitados: pueblos, fantasma, casas abandonadas, ciudades arrasadas, etc., aparecen con insistencia en distintas tradiciones literarias como metáforas del tiempo, la pérdida y la persistencia del recuerdo. Más que simples decorados, estos espacios funcionan como archivos sensibles donde lo vivido continúa resonando, incluso en ausencia de quienes lo habitaron…
Desde sus primeras manifestaciones, la literatura ha explorado la relación entre el ser humano y el espacio. Sin embargo, cuando ese espacio queda vacío, adquiere una densidad particular: se transforma en un territorio de evocación. El lector no encuentra allí la acción presente, sino sus huellas. En ese sentido, los lugares deshabitados constituyen una forma narrativa de la memoria, donde lo esencial no es lo que ocurre, sino lo que permanece.
Uno de los ejemplos más sugerentes en la literatura rioplatense es La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares. La historia transcurre en una isla que parece desierta, pero pronto el protagonista empieza a ver personas que repiten siempre las mismas acciones, como si estuvieran atrapadas en un ciclo. Lo inquietante es que esas figuras no están vivas: son una especie de grabación perfecta del pasado. No interactúan ni cambian, simplemente repiten. Así, la memoria no aparece en forma de ruinas o restos, sino como una reproducción constante que elimina el paso del tiempo. La isla parece llena, pero en realidad está vacía de vida. Y esa forma de conservar el pasado, perfecto pero inmóvil, termina siendo inquietante, porque elimina lo esencial: el cambio y la vida misma. No es la imaginación la que crea esa realidad, sino una memoria artificial que la imita y termina reemplazándola…
Una variante distinta aparece en El resplandor de Stephen King. El hotel Overlook, aislado durante el invierno, funciona como un espacio donde las experiencias pasadas, especialmente las violentas, se acumulan y reaparecen. A diferencia de la repetición mecánica en la obra de Bioy Casares, aquí la memoria es dinámica, casi agresiva. El lugar no solo conserva el pasado: lo reactiva, lo impone. El aislamiento convierte al hotel en un sistema cerrado donde el tiempo se pliega sobre sí mismo, y donde los personajes quedan atrapados en una memoria que no controlan. También vemos en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, que los espacios urbanos son presentados como depósitos de memoria.
“La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano”, afirma el autor.
Son varios los relatos y varias las ciudades y siempre los espacios están deshabitados, su identidad depende de lo que han sido. Las ciudades descritas por Calvino existen tanto por sus ausencias como por sus presencias, y muchas de ellas parecen habitadas más por recuerdos que por personas…
En la obra de W. G. Sebald, vemos cómo los lugares vacíos pueden conservar la memoria de hechos históricos reales del siglo XX. En su novela Austerlitz, el protagonista recorre lugares como estaciones de tren, edificios antiguos o espacios casi vacíos, y esos sitios le hacen recordar cosas del pasado. Pero no se trata de recuerdos simples. Muchos de esos lugares están ligados a hechos dolorosos del siglo XX, como guerras y desapariciones. Por ejemplo, una estación de tren no es solo un edificio: puede haber sido un punto de partida para personas que nunca regresaron. Por eso, el vacío de esos espacios no es solo ausencia de gente, también falta algo más profundo: historias, vidas, experiencias que fueron interrumpidas o borradas, porvenires que fueron anulados. Al recorrer esos lugares, el personaje va reconstruyendo poco a poco un pasado, como si el espacio le diera pistas para entender lo que ocurrió.
En la tradición anglosajona, las casas abandonadas han sido un motivo recurrente. En Grandes esperanzas de Charles Dickens, la mansión de Miss Havisham aparece como un espacio detenido en el tiempo. Aunque no está completamente deshabitada, su abandono simbólico (con relojes detenidos y objetos cubiertos de polvo) la convierte en una representación material de la memoria congelada.
«Fue entonces cuando empecé a comprender que todo en la habitación se había detenido, al igual que el reloj de pulsera y el de pared, hacía mucho tiempo».
Sugiere la descripción, de un espacio que conserva intacto un momento del pasado.
Una dimensión más inquietante aparece en Otra vuelta de tuerca de Henry James. La historia transcurre en una gran casa donde viven algunos personajes, pero donde la protagonista comienza a ver figuras que, en teoría, pertenecen al pasado. Cree reconocer en ellas a personas que ya murieron, como si siguieran presentes en el lugar. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es solo esa posible presencia del pasado, sino la duda constante: nunca queda claro si esas figuras están realmente allí o si son producto de su imaginación. Por eso, la casa se vuelve un espacio extraño: no está vacía, pero tampoco es plenamente confiable. Hay algo que no encaja, y esa incertidumbre hace que el lugar parezca cargado de una memoria que no se puede confirmar, pero tampoco ignorar…
Esa sensación ayuda a entender una idea clave: un lugar no necesita estar abandonado para guardar memoria. A veces, el pasado no aparece de forma clara, pero se percibe en el ambiente, en lo que no se dice o en lo que apenas se ve.
En La carretera de Cormac McCarthy, el mundo entero se presenta como un espacio deshabitado. Los personajes atraviesan paisajes vacíos donde los restos de la civilización: casas, carreteras, objetos, etc. funcionan como vestigios de una humanidad desaparecida. Cada lugar es un recordatorio de lo que fue, y la memoria se convierte en el único vínculo con ese pasado. El momento más emblemático (al final del libro) se presenta cuando el hijo, asustado y confundido, le pregunta a su padre cómo sabrá qué hacer…, el diálogo textual es este:
—Tienes que llevar el fuego.
—No sé cómo hacerlo.
—Sí que sabes.
—¿Es de verdad? ¿El fuego?
—Sí. Es de verdad.
—¿Y dónde está? Yo no lo veo.
—Está dentro de ti. Siempre ha estado ahí. Yo puedo verlo.
La frase funciona como un mantra a lo largo de toda la obra para diferenciar a los «buenos» de los «malos» en un mundo devastado. Pero también permite entender algo más profundo: cuando los lugares han quedado vacíos y ya no pueden sostener la memoria por sí solos, esa memoria se traslada a las personas. En un mundo sin rastros suficientes, “llevar el fuego” es, en cierto modo, seguir llevando la memoria de lo humano, incluso cuando todo lo demás ha desaparecido…
En la literatura japonesa contemporánea, Haruki Murakami explora espacios que, aunque no siempre están deshabitados en sentido literal, transmiten una fuerte sensación de vacío. En Kafka en la orilla, lugares como bibliotecas, bosques o casas aisladas parecen existir fuera del tiempo, como si estuvieran separados del mundo cotidiano.
«Los recuerdos te calientan el cuerpo por dentro. Pero, al mismo tiempo, te desgarran las entrañas con violencia», escribe el autor, señalando la doble cara de la memoria. Por un lado, los recuerdos funcionan como refugio, permitiendo volver a momentos de cercanía o de felicidad. Pero, al mismo tiempo, recordar algo que ya no está, implica enfrentarse a la pérdida. En este sentido, los espacios que aparecen en la novela funcionan como lugares donde esa memoria se vuelve más intensa. No están completamente vacíos, pero sí lo suficiente como para que el pasado se haga presente de otra manera. Así, el vacío del lugar no significa ausencia total, sino un entorno donde la memoria se amplifica y obliga a los personajes y también al lector, a enfrentarse con lo que ya no existe.
La relación entre espacio vacío y memoria también aparece en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. A medida que la sociedad colapsa, los espacios urbanos se vacían o se transforman en entornos irreconocibles. La ciudad deja de ser un lugar de convivencia para convertirse en un territorio de desorientación. Sin embargo, incluso en ese contexto, los espacios conservan rastros de su función anterior, como si la memoria persistiera a pesar de la ruptura social…
En una clave más existencial, la obra de Franz Kafka presenta espacios que, aunque no siempre vacíos físicamente, funcionan como si lo estuvieran. En El castillo, el protagonista intenta acceder a un lugar que parece retirarse constantemente. El espacio se vuelve inaccesible, casi abstracto, y esa inaccesibilidad puede leerse como una forma de vacío. La memoria aquí no se presenta como recuerdo, sino como ausencia de sentido.
Estos ejemplos muestran que los lugares deshabitados en la literatura no son homogéneos. Pueden ser espacios de repetición, como en Adolfo Bioy Casares, de reaparición, como en Stephen King, de huellas, como en Italo Calvino, o de ausencia, como en W. G. Sebald. En todos los casos, sin embargo, funcionan como mediadores entre el pasado y el presente.
Además, estos espacios invitan al lector a participar activamente en la construcción de sentido. Al no estar “llenos” de acción, requieren una lectura más atenta, más interpretativa. El vacío no es una carencia, sino una apertura. Permite que la imaginación complete lo que no está, que reconstruya lo que se ha perdido.
La persistencia de este motivo en la literatura sugiere que existe una necesidad profunda de vincular la memoria con el espacio. Tal vez porque los lugares ofrecen una forma concreta de fijar lo efímero. O tal vez porque, como escribió T. S. Eliot en Cuatro Cuartetos:
«Tiempo presente y tiempo pasado / están ambos quizá presentes en el tiempo futuro / y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado».
Los espacios deshabitados hacen visible esa superposición, permitiendo que distintas capas temporales coexistan…
Al recorrer estas obras, el lector experimenta algo similar a lo que sentiría al caminar por un lugar abandonado: una mezcla de curiosidad, inquietud y reflexión. Cada espacio literario funciona como un eco, una resonancia de lo que ya no está, pero que sigue influyendo en el presente. Así, la literatura no solo representa lugares deshabitados, sino que los convierte en formas de pensamiento. A través de ellos, los autores exploran la memoria, el tiempo y la identidad. En su aparente vacío, estos espacios revelan una plenitud distinta: la de las huellas, las ausencias y las historias, que aunque ya no se viven, continúan siendo significativas.
En última instancia, los lugares deshabitados nos recuerdan que la memoria no necesita presencia para existir. Basta con un espacio, una forma, una marca. Allí donde ya no hay vida, la literatura encuentra paradójicamente una de sus expresiones más intensas.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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