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Nada es porque sí

Cuando se le pregunta a alguien si le gusta escribir y qué escribe, la respuesta abarca los más variados tópicos. Muchos entenderán la pregunta en el inevitable sentido de escribir cuentos poemas, novelas. Otro pensará en cartas, ensayos, manuscritos, notas. Todos concluiremos diciendo que quien más quien menos todos escribimos, que sin duda nos gustaría a muchos de nosotros hacerlo de una manera más profesional esa sería la respuesta de quien está comprometido verdaderamente con la literatura, con el arte de escribir. Lo cierto es que escribir suele ser al comienzo una aventura, más tarde un desafío y con el tiempo una necesidad. A nuestro Taller de escritura llegan todo ese abanico de escritores y muchos más. La pregunta es una sola: ¿por qué escribir? ¿Las respuestas? Tantas como escritores hay. Para saber, para conocer, para amar y que te amen, por vivir otras vidas o revivir la propia, porque nunca se acaba de escribir bien, para sentirse vivo, porque no se puede vivir de otra manera, porque, al fin y al cabo, en el principio fue la palabra. Seguramente conocerán a Georges Orwell aunque no sé si sabrán su respuesta a la pregunta que hoy nos convoca, allá va: “Cuando me siento a escribir un libro, no me digo: Voy a producir una obra de arte. Lo escribo porque deseo exponer alguna mentira, o algún hecho sobre el que quiero llamar la atención, y lo que me preocupa es ser escuchado”.

Es muy común pensar que un escritor es como alguien tocado por la gracia, un ser que por una especie de mandato divino cuando toma la pluma o el teclado de una computadora hace surgir cuentos, poemas y novelas, como por arte de magia, sin trabajo alguno.
Nada más equivocado: los escritores tienen, como en cualquier oficio, también un arduo trabajo para escribir. Se hacen amigos o se pelean con la gramática, pero la estudian, por lo general a partir de los clásicos de nuestra lengua. Ellos leen, leen mucho, releen, como una práctica íntimamente relacionada con la escritura.
Menos común, salvo que uno se dedique al arte de escribir, es preguntarse ¿Por qué escribo?
Escribir es un camino para aprender, no una demostración de lo aprendido. Escribir es un proceso importante, no meramente un producto.
La experiencia de escribir y aprender es efectiva, deja una huella real, cuando afecta el conocimiento, las habilidades y las creencias del que escribe en su experiencia pasada y presente. Esto debería ocurrir durante el proceso de escribir. Más tarde, al mostrar lo escrito, al discutirlo con maestros, se avanza hacia una realidad mayor, y luego se pasa al momento que nuestro escrito afecta a un lector o a una audiencia mayor, es decir, que el producto tiene una influencia en el pensamiento de otros.

Leer a Vargas llosa es siempre una experiencia vivificante, se renueva historia tras historia. Pero, ¿sabe Vargas Llosa por qué escribe? A sus palabras me remito: Creo que el novelista es ante todo aquel que no está satisfecho con la realidad, aquel hombre que tiene con el mundo una relación viciada, un hombre que por alguna razón, en determinado momento de su vida, ha sentido que surgía entre él y la realidad una especie de desacuerdo, de incompatibilidad. Si estuviera satisfecho, si se sintiera reconciliado con el mundo, si la realidad lo colmara, es evidente que no intentaría esa empresa de crear nuevas realidades, de crear realidades imaginarias y ficticias.
Así, la primera comprobación que haría yo desde el punto de vista del novelista es la de que ese hombre es un rebelde, es un hombre en desacuerdo con su sociedad, con su tiempo, o con su clase, un hombre que no está satisfecho con el mundo.

La respuesta de ¿Por qué escribimos? puede ser un disparador para escribir. Y hay tantas respuestas como escritores, vaya solo una muestra:

  • Para divertirse, para jugar con las palabras, ordenarlas, desordenarlas.
  • Para ser eterno.
  • Para comprenderse a uno mismo. Porque verbalmente no se consigue decir lo que desea o se siente. Además, lo escrito se puede rectificar, lo oral no.
  • Para corregir la vida de uno.
  • Para completar o inventar los mundos que deseábamos tener o no tuvimos. Reconstruimos en la página lo que no hemos podido vivir.
  • Para comunicarnos. En este sentido, se implica al lector. Suele suceder que un relato, un poema, una parábola, le revelan al lector algo que para él mismo permaneció oculto hasta el momento de la lectura.
  • Para resolver conflictos. Escribir es una actividad semejante a soñar.
    Contaba Freud, cuando investigaba el mundo de los sueños, que había una vez un pueblo en el que todos los hombres estaban enamorados de la misma mujer. Hasta que un día, uno de ellos, un hombrecillo diminuto amaneció diciendo que se sentía liberado de esa obsesión. Al preguntarle sus vecinos cómo lo había conseguido, les respondió que esa noche había soñado que la mujer lo amaba. Así fue como el hombrecillo resolvió el conflicto. Con la escritura podemos lograr idénticos resultados.

Sucede que el acto de escribir también puede llevar implícita una razón sublime, la de aprender.
Si escribir sirve para aprender, podemos aprender de la escritura escribiendo sobre cómo y por qué se escribe. Más bien se trata de explorar nuestras opiniones, nuestras actitudes y los sentimientos que poseemos sobre la escritura; incluso se trata de encontrarlos si no los tenemos claros. Tomar conciencia de que la realidad es útil como realidad sólo para comprender ciertas y determinadas cosas, aquellas que merecen mi atención en el momento de la reflexión. Por último y con la escritura como medio, llegamos a comprendernos mejor a nosotros mismos y llegamos a explicaciones de ciertos hechos que de otra manera parecerían absurdas. Si estás en ese apasionante camino de escribir, en algún momento deja de lado las teclas, la lapicera, el lápiz o lo que sea aquello con lo cual escribes. Siéntate bajo un árbol, frente al mar, en la cima de una montaña, en tu café favorito. Y pregúntate, ¿por qué escribo? Escucha tu mente pero también tus sentimientos, déjate guiar por la razón pero sobre todo por el corazón.
Y si aún así no hallas respuesta, vuelve a las teclas, al lápiz, a la lapicera y simplemente… escribe.

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