Sin leer muero

Durante años viví convencido de que estaba vivo. Respiraba, trabajaba, comía apurado frente a una pantalla y dormía con la alarma ya programada para el día siguiente. Todo funcionaba. O eso creía. Si alguien me hubiera preguntado entonces qué lugar ocupaban los libros en mi vida, habría respondido con honestidad brutal: ninguno.
Leer me parecía una actividad respetable, incluso admirable, pero ajena, como escalar montañas o aprender latín. No era para mí…

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