No. Así tampoco —mascullé. Borré la última línea y volví a leer el párrafo desde el principio:
La mujer está sentada frente a la ventana, tiene treinta y ocho años y las manos apoyadas sobre la mesa. Mira como si estuviera descubriendo por primera vez a su hija de ocho años, a quien no ve desde hace tres. La tristeza se pintaba en su rostro…
Algo me paralizó y entonces, busqué en mi ficha: la mujer tenía treinta y ocho años y una hija de ocho a la que no veía desde hacía tres. —Demasiado —dije en voz alta— parece un prontuario policial —agregué y repasé los datos: Treinta y ocho años, una hija de ocho, tres años sin verla…
¿Qué más? —grité—¿Le fabrico también una partida de nacimiento? —y desalentado me puse de pie violentamente y seguí vociferando.
Hablar conmigo mismo era una costumbre tan añeja que ni siquiera me detuve para entender lo idiota que sonaba gritándole a la nada. Tomé el cursor y resalté la última frase: La tristeza se pintaba en su rostro.
—No, —musité intentando esta vez reprimir el grito. La mujer tenía que estar triste, eso estaba claro, pero técnicamente era imperdonable escribir tristeza. La tristeza escrita casi siempre termina pareciéndose a la tristeza de todos, pensé.
Volví a la ficha decidido a usarla como una guía, un plan de ruta: Treinta y ocho años, borré el número, treinta y cinco. Miré hacia el cielo raso como si allí pudiera encontrar una respuesta. ¿Cuarenta y uno? Me pregunté, tampoco. Dejé treinta y ocho.
No era cuestión de edad, por ahí no iba la cosa, la hija era el problema. O quizá no la hija, sino esos tres años sin verla. Había escrito tres años porque parecían suficientes para que alguien pudiera acostumbrarse a una ausencia y, al mismo tiempo, no suficientes para olvidarla.
Volví al párrafo.
La mujer está sentada frente a la ventana, las manos apoyadas sobre la mesa, mira como si estuviera descubriendo por primera vez a su hija de ocho años, a quien no ve desde hace tres. No. Me molestaba el «está sentada», lo taché. Después taché «frente a la ventana». Después volví a escribirlo:
La mujer mira por la ventana y recuerda a su hija de ocho años jugando en el jardín. Hace tres años que no la ve …
Tampoco. La hija estaba demasiado presente y además yo no quería un jardín. Volví a borrar. Pensé unos segundos y escribí:
La mujer mira por la ventana. No recuerda cuándo fue la última vez que vio a su hija.
—Eso sí —dije, pero como la duda se había instalado en mi escritorio, mascullé—: No, tampoco —y taché una vez más.
A esa altura el café de la mañana ya estaba frío y yo llevaba más de una hora con la misma mujer. Miré la pantalla. La mujer todavía no tenía nombre, tal vez ese era el problema o tal vez el problema era yo.
Me levanté y fui a la cocina y mientras ponía agua a calentar pensé en darle un perro a la mujer. Un perro siempre ayuda, pensé. La idea me pareció tan buena que volví al escritorio.
La mujer mira por la ventana mientras un perro duerme a sus pies.
Me quedé mirando la frase y se me vino a la cabeza el libro de Ernest Hemingway: Muerte en la tarde. Corrí a mi biblioteca. Allí estaba el libro con una marca que había dejado años atrás en el capítulo 16, y un subrayado: «Al escribir una novela, un escritor debería crear personas vivas; personas, no personajes. Un personaje es una caricatura».
Una y otra vez Hemingway me hablaba al oído y yo seguía paralizado sin comprender nada. Entonces, como buen matón que él era, me gritó sin más:
—¡Dejá de escribir personajes y escribí personas!
Más que quieto me quedé paralizado. Ahora ya no hablaba solo sino que escuchaba voces, escuchaba a un autor muerto desde hacía años ¡hablándome!
—¿Y cómo se supone que haga eso? —pregunté, como si escuchar voces fuera normal y aunque sabía perfectamente que Hemingway no iba a contestarme desde un libro subrayado, preferí dudar de mis facultades mentales y hacer de cuenta que sí, que Ernest me había hablado, bah, me había gritado. Miré otra vez la pantalla. La mujer seguía allí, sentada frente a la ventana, con el perro dormido a sus pies. El perro, por supuesto, era una estupidez. Lo borré. Después borré a la hija …
La mujer quedó sola sentada frente a la ventana pero aquello era la caricatura de una mujer triste. Estaba seguro de que Hemingway empezaría a rifar trompadas y yo, que tenía todos los números del talonario, solo atiné a repetir en voz baja:
—Personas vivas; personas, no personajes.
Estaba seguro de que, si me mostraba como un buen alumno, algo sacaría en limpio, o al menos me ahorraría un uppercut del señor Hemingway. Seguí repitiendo: Personas vivas, personas vivas…
Entonces pensé que quizá había estado haciendo exactamente lo contrario: darle a aquella mujer todo lo que yo creía que una mujer debía tener para que el lector entendiera que estaba triste. Una hija ausente, tres años de separación, una ventana, las manos sobre una mesa y ahora, para completar el cuadro, un perro.
Me dio vergüenza. Incluso me dio miedo y, sin más, devolví el libro a la biblioteca, no fuera a recibir de verdad un cross de derecha.
—Pobre mujer —dije al volver a la pantalla. Me puse en el lugar del lector y… —se nota la mano del autor moviendo al títere —gruñí.
La ficha seguía abierta en la pantalla: Treinta y ocho años. Hija de ocho. Tres años sin verla. Nada más. Y esta vez tuve la sensación absurda de estar mirando la lista de pertenencias de alguien que acababa de perder una valija.
—¿Eso es todo lo que sé de vos? —La pregunta quedó flotando en el cuarto.
No esperaba una respuesta, por supuesto. Cerré la ficha que me estaba condicionando y me quedé con el párrafo abierto. La mujer estaba frente a la ventana, como al principio, solo que ahora ya no estaba la niña ni el perro y yo no sabía qué hacer con ella.
Me levanté y fui hasta la biblioteca. No buscaba un libro en particular; en verdad no sabía muy bien qué buscaba, alguna pista, una idea, algo que hiciera que aquella mujer dejara de parecer un títere en mis manos. Pasé el dedo por los lomos como quien recorre una fila de personas esperando que alguna diga algo. Hemingway ya había hecho su parte. —Vamos —dije—. Alguno de ustedes tiene que saber qué hacer con una mujer que está triste …
Me decidí por los últimos tres del estante y los dejé sobre el escritorio. Necesitaba desesperadamente una voz que me sacara del atolladero. Abrí uno, leí dos líneas y lo cerré. El siguiente tampoco. El tercero lo dejé abierto boca abajo, como si castigarlo pudiera servirme de algo. Volví a la mujer que, por supuesto, seguía frente a la ventana.
Entonces pensé que quizá no necesitaba saber quién era. Había llenado la ficha de datos porque los datos tranquilizan: una edad, una hija, tres años de ausencia. Todo ordenado. Todo inútil en realidad.
Me limité a observarla y durante un rato no escribí nada.
Pensé en todas las veces que había escrito que alguien estaba triste, nervioso, furioso, enamorado. Palabras cómodas. Uno las pone y sigue adelante como si hubiera hecho el trabajo, pero no alcanza con nombrar lo que siente una persona para que el lector pueda verla. No quería que estuviera triste, quería verla triste ¿qué hace una persona triste? Me pregunté.
Desde mi escritorio el tercer libro que había dejado boca abajo pareció temblar unos segundos. Miré de reojo; era Sobre el arte de contar historias de Horacio Quiroga. Cuando no, mi amigo Quiroga, dije mientras sonriendo di vuelta el libro. Efectivamente en la página que estaba boca abajo apareció la frase: «No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un punto débil. Si gustas de que los personajes actúen por su cuenta, no los lleves de la mano ni pierdas tiempo en explicar lo que sienten».
—Eso es —y más que hablar canté de alegría— otra que Harry Potter, Quiroga, sos el mago de las palabras.
Y con la solución definitiva, miré otra vez a la mujer. No podía dejarla al margen mientras yo decidía por ella lo que sentía.
Miré alrededor, quizás para distraer mi mente o tal vez buscando en lo cotidiano algo que pudiera ayudarme a encontrar una forma de mostrarla.
Mi taza de café seguía sobre el escritorio. La llevé hasta la cocina y la dejé en la pileta. Abrí la canilla. El agua golpeó la loza durante unos segundos. La cerré.
El sonido me hizo pensar en una casa cuando alguien se ha ido, en esas casas donde el silencio pesa de otra manera, donde hasta el ruido del agua contra una taza puede parecer demasiado fuerte.
Volví al escritorio. Entrelacé mis manos e hice sonar los dedos como un pianista que se prepara para una función de gala, frente al teclado de la computadora.
Muy bien, me dije.
Tenía a la mujer frente a la ventana. Estaba en una casa que alguna vez había estado llena de sonidos: puertas que se abrían de golpe, pasos corriendo por el pasillo, una voz que la llamaba desde otra habitación, una risa pequeña.
Y ahora la misma mujer, en la misma casa, frente a la ventana. No necesitaba hacerla llorar, sería demasiado evidente para alguien triste. Escribí: …
La mujer mira por la ventana y recuerda. Apoya la frente contra el vidrio frío, el vapor de su respiración empaña el paisaje de afuera. No hace el intento de limpiarlo. Sus dedos aprietan un inútil pañuelo de hilo gastado, sus lágrimas se han agotado. En la mesa, el té que sirvió hace una hora se mantiene intacto, cubierto por una delgada película de nata gris, tan gris como esa niebla que envuelve sus días desde hace tres años.
Me detuve. Volví a leer.
—Bien hecho, dije satisfecho.
El párrafo era considerablemente más largo, pero por primera vez no había tenido que explicarle al lector qué sentía aquella mujer. No había escrito que extrañaba a su hija. No había escrito que estaba triste. Lo había mostrado, había entrado en su alma. Sonreí satisfecho. Había funcionado.
Volví a leer el párrafo. Esta vez despacio. Algo faltaba, no sabía qué. Lo leí otra vez.
La mujer tenía la frente contra el vidrio, un pañuelo entre las manos, las lágrimas agotadas, el té intacto y la niebla envolviendo sus días.
—Muy bien —dije—. Pero, ¿qué te pasa?
La pregunta me dejó pensando, no porque no supiera la respuesta, la sabía: Tenía treinta y ocho años. Había tenido una hija cuando era joven. La niña tenía ocho y hacía tres años que no la veía. Sabía incluso que durante esos tres años había tratado de vivir con la ausencia. Lo sabía todo, de esa mujer, el problema era que seguía escribiendo como si el lector necesitara saberlo también.
Miré la pantalla. La mujer continuaba frente a la ventana.
Entonces recordé algo que yo mismo había escrito unas líneas antes: una casa que alguna vez había estado llena de sonidos. Una puerta que se abría de golpe. Pasos pequeños por el pasillo. Una voz que la llamaba desde otra habitación.
No necesitaba contar nada de eso, ahora lo sabía, solo tenía que hacer que ocurrieran cosas que mostraran el porqué de su tristeza para que la trama avanzara. Volví al teclado, me detuve al final del último párrafo que había escrito:
La mujer mira por la ventana y recuerda. […]En la mesa, el té que sirvió hace una hora se mantiene intacto, cubierto por una delgada película de nata gris, tan gris como esa niebla que envuelve sus días desde hace tres años. Y escribí: Desde el pasillo llega el golpe de una puerta, la mujer levanta la cabeza.
No escribí que había pensado en su hija, ni que durante tres años había aprendido a esperar cualquier ruido que pudiera recordársela. Solo acciones, me dije y seguí escribiendo:
Camina hasta esa habitación pintada de rosa, espera un segundo, dos. La pequeña voz, las risas, el llamado: mamá vení, mamá mirá esto. No llegan. En la casa el silencio es absoluto.
Leí el párrafo una vez, después otra … —Bravo, me dije a mí mismo, no has dicho que extrañaba a su hija lo has mostrado.
No expliqué una ausencia dolorosa, no hablé de tristeza y sin embargo ahí estaba todo, la mujer ya no era un títere y yo sabía que así era más potente. Hinchado de orgullo me dispuse a cerrar la escena y tecleé: … vuelve a la ventana.
Satisfecho, me recosté en la silla. Hemingway estaría orgulloso de mí, pensé, Quiroga también, sonreí. Y yo sabía que despacio y con dedicación la historia avanzaría.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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