Una costumbre que conservo desde hace años consiste en entrar a un café con un libro, aunque muchas veces termine sin abrirlo. Me gusta pensar que ambos llegamos con la misma intención: hacer una pausa, hacernos compañía. Aquella tarde ocurrió algo parecido. Elegí un sitio junto a la ventana y, mientras esperaba el café, dejé el libro sin abrir sobre la mesa y levanté la vista. En la mesa de enfrente había cuatro personas en total silencio, las cuatro con la cabeza inclinada sobre la pantalla de sus celulares. El mozo se acercó y dejó el café sobre mi mesa. Apenas se alejó, una frase se instaló en mi cabeza antes de que mi vista regresara a la mesa de enfrente: estamos leyendo menos. Inmediatamente recordé una frase de Philip Roth que leí en una entrevista suya: «El libro ya no puede competir con las pantallas. El lector de novelas se está extinguiendo», y anunció su retiro definitivo de la literatura luego de su última novela Nemesis. La naturalidad con que pasé del pensamiento a la certeza me incomodó …
Revolví el café sin dejar de mirar aquella mesa. Sin saber por qué, tuve la impresión de que una mirada apresurada nunca alcanza para contar una historia. No porque esa frase fuera nueva. Al contrario: la había escuchado tantas veces que terminé aceptándola sin discutirla. Se repite en conversaciones familiares, en artículos periodísticos, en entrevistas y hasta en reuniones de lectores. Cada tanto alguien anuncia que la lectura agoniza y casi siempre encuentra quien asienta con nostalgia.
Bebí un sorbo de café. Pensé que quizá había puesto demasiado azúcar en la taza porque, de pronto, mi pensamiento empezó a dulcificarse. O tal vez no fue el café. Tal vez, por primera vez desde que había entrado, empecé a mirar de verdad. La escena dejó de ser solo una escena. Empecé a distinguir gestos, ritmos, pequeñas pausas. Como si la distancia que me separaba de aquel cuarteto se hubiera reducido de golpe. La mujer que estaba junto a la ventana deslizaba lentamente el dedo sobre una novela en un lector electrónico. El hombre de camisa azul ampliaba un artículo larguísimo en la pantalla del teléfono. Una jovencita detenía la lectura en la aplicación para escribir una anotación en un blog de notas. La cuarta persona llevaba auriculares; sobre la mesa descansaba un libro de papel cerrado y, junto a la taza, el teléfono mostraba la barra de avance de un audiolibro …
Casi me atraganto con el último sorbo al comprobar que ninguno tenía un libro abierto entre las manos y, sin embargo, los cuatro ¿estaban leyendo? Bajé la vista hacia el libro que seguía cerrado sobre mi mesa y no pude evitar sonreír, no porque acabara de descubrir algo extraordinario, sino porque comprendí que el error no estaba en ellos, el error estaba en mi manera de mirar.
Apoyé la mano sobre la tapa del libro. Seguía cerrado, pero no había dejado de acompañarme. Lo acaricié con la yema de los dedos, igual que hacía de chica cuando elegía un libro de la biblioteca de mi padre sin saber todavía cuál iba a llevarme. Durante años creí que los libros empezaban a hablar recién cuando uno los abría, desde aquella tarde tuve la extraña impresión de que también sabían conversar desde el silencio.
—¿Estás segura de que miraste bien?
No escuché ninguna voz. Apenas esa pregunta, tan nítida que por un instante tuve la absurda sensación de que había salido del libro. Sonreí a mi vez y volví los ojos hacia la mesa de enfrente. La mujer del lector electrónico acababa de detenerse en una página. No pasaba las hojas con apuro. Permanecía inmóvil, con la vista fija sobre la pantalla, como si hubiera encontrado algo que merecía demorarse un instante más. El hombre de camisa azul deslizaba el texto hacia arriba, luego volvía lentamente al mismo lugar. Lo hizo una vez. Después otra. Y una tercera, antes de continuar. La jovencita escribió unas líneas, dejó de tipiar y permaneció unos segundos mirando por la ventana antes de volver a escribir. El muchacho de los auriculares sonrió apenas. Esa sonrisa diminuta, dirigida a nadie, solo podía pertenecer a alguien que acababa de encontrarse con una buena historia …
Bajé la vista hacia mi taza. El café ya estaba frío. Pensé que mientras juzgaba a aquellos cuatro desconocidos, el único libro que seguía cerrado era el mío. Entonces regresó a mi memoria una frase que Daniel Pennac escribió en Como una novela. Durante años la había tomado como una hermosa exageración. Aquella tarde, sin embargo, dejó de parecerlo: «… la virtud paradójica de la lectura […] consiste en abstraernos del mundo para hallarle un sentido».
Por primera vez entendí que el error no estaba en aquella mesa. Había entrado al café convencida de una frase que llevaba demasiado tiempo repitiéndose a mi alrededor: estamos leyendo menos. Aquella tarde comprendí que la frase no describía el mundo. Describía apenas la imagen que yo conservaba de los lectores. El mozo retiró la taza vacía. Miré el reloj por primera vez desde que había entrado. Había pasado casi una hora. Guardé el libro en el bolso y cuando el mozo regresó con la cuenta, dejé unos billetes sobre el platillo y salí a la calle …
El aire de la tarde tenía esa tibieza de las horas en que la ciudad parece aflojar un poco el paso. Caminé sin apuro. A una cuadra del café saqué el libro del bolso. Durante un instante pensé en abrirlo por cualquier página, pero enseguida cambié de idea y busqué el señalador: que mostraba la página cuarenta y siete.Sonriendo comprendí que las conversaciones no siempre empiezan donde uno quiere, sino donde el otro tiene algo para decir. Los libros también conocen esa cortesía: esperan en silencio hasta que uno está dispuesto a escucharlos.
Caminé sin apuro. A mi alrededor seguían cruzándose personas con los ojos puestos en una pantalla. Un muchacho esperaba el colectivo leyendo en el teléfono. Una mujer caminaba despacio mientras escuchaba algo con auriculares. Más adelante, un hombre apoyado contra una vidriera deslizaba el dedo sobre su celular.
De golpe, la frase con la que había entrado al café volvió a cruzarse por mi cabeza: Estamos leyendo menos. Me sobresalté y bajé los ojos hacia mi libro detenido en la página cuarenta y siete, miré otra vez la ciudad.
Por primera vez, aquella frase dejó de sonar como una certeza. La ciudad nunca había dejado de leer.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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