Durante buena parte del siglo XIX, la novela parecía confiar en que el mundo podía ser observado y, hasta cierto punto, explicado. El escritor describía las calles, las casas, los vestidos, las profesiones, las relaciones familiares; seguía a sus personajes en sus decisiones y podía detenerse en sus pensamientos para mostrarnos qué los movía. Era una literatura atenta a la vida visible, a las costumbres y a las reglas de una sociedad que, aunque estuviera atravesada por conflictos, todavía podía imaginarse como un conjunto reconocible y ordenado. Nos encontramos en pleno realismo del siglo XIX. Un buen ejemplo aparece en Papá Goriot, de Honoré de Balzac, publicada en 1835. Antes de que la historia avance, Balzac describe minuciosamente la pensión de la señora Vauquer: …
sus habitaciones, sus muebles, sus habitantes, sus ropas. Nada es un detalle gratuito. El lugar donde vive cada protagonista, lo que posee y hasta lo que viste permiten al lector comprender su posición y su historia. El narrador lo justifica con la frase: «En fin, toda su persona explica la pensión, como la pensión implica su persona». En la novela realista, mirar el mundo es también una manera de conocer a quienes lo habitan. El lector encuentra allí un mundo reconocible, y esa correspondencia entre la literatura y la realidad responde, por el momento, a sus expectativas. En otras palabras, los lectores participaban de esa confianza, esperaban que una novela les contara una historia, les presentara personajes que pudieran comprender y les ofreciera, aun en medio del drama, alguna forma de explicación al mundo que los rodeaba. El personaje literario era, en buena medida, alguien que podía ser observado desde afuera; la persona se sentía representada al reconocerse en esas categorías: familia, trabajo, clase social, matrimonio, reputación, deber. Pero algo comenzó a resquebrajarse. La literatura empezó a sospechar que detrás de aquello que una persona hacía había otra historia, menos visible y mucho más difícil de ordenar: esa historia que vive en los pensamientos, en la imaginación, en los deseos, en los miedos …
Pero esa manera de mirar comenzó a resultar insuficiente. Ya no bastaba con describir el mundo que rodeaba al personaje: también había que atender a lo que ocurría dentro de él. En Por el camino de Swann, publicado en 1913, Marcel Proust convierte una experiencia aparentemente insignificante en una puerta hacia la memoria. Cuando el narrador prueba una magdalena mojada en té, escribe: «Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior». La escena señala un cambio decisivo: el sabor de una magdalena ya no es solamente un detalle del mundo exterior; puede despertar recuerdos, sensaciones y asociaciones que transforman por completo aquello que el personaje está viviendo. La literatura comienza así a explorar una zona menos visible de la experiencia: aquello que sucede en la conciencia y que no siempre puede explicarse a partir de lo que ocurre alrededor. La frase resulta especialmente interesante porque aparece después de un siglo en el que la novela había aprendido a observar la sociedad con una precisión casi quirúrgica. El realismo había convertido las calles, las casas, las profesiones, el dinero, el matrimonio y las diferencias sociales en materia literaria. Flaubert, Dickens, Tolstói o Galdós habían demostrado que una vida aparentemente insignificante podía contener un mundo entero …
Flaubert lleva esta mirada un poco más lejos en Madame Bovary. Emma no es solamente una mujer insatisfecha con su matrimonio: sus deseos, sus frustraciones y hasta la imagen que tiene del amor están relacionados con las novelas que ha leído, con las expectativas de su época y con el lugar que la sociedad le asigna. La novela realista comienza un cambio profundo cuando descubre que una existencia individual no puede separarse del mundo que la rodea. El personaje tiene una historia propia, pero también es producto de una sociedad, de sus valores y de sus límites. La literatura puede entonces explicar al individuo a través de la realidad en la que vive.
El cambio es inevitable pero no se produjo de manera aislada. A comienzos del siglo XX, Europa estaba transformando profundamente su manera de vivir y de entender el mundo: las ciudades crecían, la vida se volvía más industrial y burocrática, las relaciones sociales se modificaban y las antiguas certezas comenzaban a ponerse en duda. El psicoanálisis, las nuevas ideas sobre la conciencia y, poco después, la experiencia de la Primera Guerra Mundial contribuyeron a instalar una imagen más compleja e incierta del individuo. La literatura no abandonó de inmediato el realismo, pero empezó a buscar otras formas de representar a una persona que ya no parecía completamente explicable desde afuera. Algo se resistía a la descripción realista: la conciencia, los pensamientos contradictorios, las impresiones fugaces, aquello que ni siquiera el propio personaje podía ordenar o entender, aquello que ya casi no parecía real …
Kafka lo expresó de una manera inolvidable desde la primera línea de La metamorfosis. Gregorio Samsa se despierta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto. La narración comienza: «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto». Pero lo verdaderamente desconcertante no es solamente la transformación, sino la naturalidad con que Kafka la introduce en la vida cotidiana. Gregorio no se pregunta qué significa convertirse en un insecto ni intenta explicar lo sucedido. Antes de comprender su nueva condición, piensa en el trabajo, en el tren que ha perdido, en las obligaciones que lo esperan. La literatura ya no necesita explicar lo extraño: puede instalar al lector directamente dentro de él. Algo parecido, aunque mostrado de otra manera, sucede con El extranjero, de Albert Camus. La novela comienza con una frase que todavía desconcierta por su sencillez: «Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé». No hay preparación sentimental, explicación psicológica ni comentario moral. El personaje de Meursault cuenta lo ocurrido y parece incapaz, o poco dispuesto, a otorgarle a ese acontecimiento el significado que los demás esperan. La muerte de su madre no aparece primero como una experiencia que deba ser interpretada, sino como algo que sucede. La diferencia puede parecer pequeña, pero señala una transformación profunda. El escritor ya no tiene necesariamente que decirnos quién es su personaje. Puede dejar que lo descubramos a través de su manera de mirar, de hablar, de recordar, de callar. El personaje comienza a volverse menos transparente. Estamos ya lejos del realismo del siglo XIX y dentro de una literatura que suele inscribirse bajo el nombre de modernismo literario, aunque no todos estos escritores pertenezcan a una misma escuela. Proust, Kafka y Camus recorren caminos diferentes, pero participan de una transformación que atraviesa buena parte de la literatura del siglo XX: la realidad deja de ser algo que el escritor simplemente observa y describe, y se convierte también en algo que debe ser interrogado …
Las vanguardias, el existencialismo y la llamada literatura del absurdo llevarán esa ruptura todavía más lejos, cada una desde sus propias preguntas y procedimientos. Ya no se trata solamente de contar qué ocurre, sino de preguntarse qué significa vivir en un mundo que ha dejado de ofrecer respuestas sencillas.
Lo que estaba cambiando alrededor de comienzos del siglo XX no era, naturalmente, la naturaleza humana. Las personas seguían teniendo deseos, miedos, contradicciones y recuerdos, seguían moviéndose en un mundo real y palpable. Lo que comenzaba a cambiar era la forma literaria de acercarse a esa experiencia. La novela ya no confiaba tanto en que un personaje pudiera explicarse por completo a través de su historia, su entorno o sus acciones, algo así como si fuera un títere en manos del autor ya que con ese procedimiento, algo permanecía oculto: una zona interior hecha de pensamientos, percepciones, recuerdos y contradicciones que no siempre podían ordenarse en una explicación coherente. Proust exploró esa zona desde la memoria; Kafka, desde una realidad que rompe las reglas conocidas; Camus, desde la experiencia de un individuo enfrentado a un mundo que parece carecer de un sentido evidente. La literatura empezaba así a desconfiar de las explicaciones demasiado completas y a aceptar que un personaje podía ser, también, un misterio. Quizá por eso muchas de las grandes obras del siglo XX parecen pedirnos una participación diferente. Ya no basta con seguir una historia. Hay que interpretar silencios, contradicciones, asociaciones, recuerdos. El lector debe entrar en una conciencia que no siempre ofrece respuestas. También el lector ha cambiado. A medida que la literatura se atreve a dejar zonas sin explicar, quien lee aprende a ocupar ese espacio, a completar lo que el texto apenas sugiere, a convivir con preguntas que quizá no tendrán una respuesta definitiva. No es solamente que los escritores hayan cambiado su manera de contar: también se transforma la relación entre la obra y quien la lee. La literatura empieza a confiar en un lector menos dispuesto a recibir respuestas cerradas, y más dispuesto a participar en la construcción del sentido.
Proust, en El tiempo recobrado lo expresó de una manera que parece escrita para este nuevo lector: «En realidad, cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo». La literatura ya no es solamente aquello que el escritor pone frente a nosotros. También es aquello que cada lector encuentra, reconoce o descubre en sí mismo mientras lee. La idea resulta reveladora: el sentido de una obra no está solamente en lo que el escritor pone en ella, sino también en aquello que el lector debe relacionar, completar e interpretar. El lector deja de ser un receptor pasivo y se convierte en parte del funcionamiento de la obra …
La historia de la literatura puede leerse, entonces, como una historia de las formas de mirar. Cada época inventa nuevas maneras de contar porque también encuentra nuevas preguntas sobre el ser humano. La novela realista quiso comprender al individuo dentro de la sociedad. La novela moderna empezó a preguntarse qué sucede cuando entre el individuo y el mundo aparece una distancia imposible de cerrar. Y esa distancia sigue acompañándonos. Tal vez por eso Gregorio Samsa continúa despertándose en su habitación, tantos años después; por eso todavía escuchamos la voz indiferente de Meursault diciendo que no sabe si su madre murió ayer u hoy. Y no es porque sus historias sean las nuestras, sino porque sus formas de mirar nos recuerdan algo esencial: La literatura cambia cuando cambia nuestra manera de mirar la vida y la manera de mirar la vida cambia cuando cambia el espacio, el contexto donde nos movemos. Quizá el mayor poder de los libros resida en invitarnos a mirar lo conocido y descubrir que nunca lo habíamos mirado así.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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