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Hipocresía

Vaya palabrita. Repica en mi subconsciente desde hace unos días y ya sabemos cómo es el subconsciente cuando de a ratos se hace consciente. En fin, en mi caso se traduce en una vocecita que se transforma en un eco que se transforma en un grito que se transforma en la necesidad de exorcizar ese demonio que esta vez en forma de palabra rebota entre las circunvalaciones de mi cerebro, desde hace unos días.

Hipocresía. Lo primero que hago es recurrir al diccionario para asegurarme de que no estoy equivocada con este sentimiento, con esta falla moral, con este juego de dobleces que se llama hipocresía.

Dice entonces la RAE: Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

Casi nada, con razón la bendita palabreja me ha quitado el sueño. Después de cerrar el diccionario no puedo evitar una reflexión personal: la hipocresía es la simulación de buenos sentimientos y loables intenciones con la finalidad de engañar a alguien y con el resultado de engañarnos a nosotros mismos.
Listo, ya devuelta de mi lapsus filosófico, sigo investigando y descubro que el término deriva del “hypokrisis” en griego, que significa “actuar”, “fingir”. También viniendo del griego hypo que significa “máscara” y crytes que significa “respuesta” y por lo que la palabra significaría “responder con máscaras”.
Cuando no los griegos acercándonos explicaciones a las palabras que hemos adoptado y usamos sin siquiera entender de qué hablamos. Y… ¿De qué hablamos cuando hablamos de hipocresía?

Ejemplos los hay a miles. Gente que va a la iglesia, pero que no cree en Dios. Gente que dice ser “vegetariana por motivos morales”, pero que lleva ropa de cuero. Gente que se desangra cuando ve niños con hambre pero tira la comida que no consume. Gente que dice amar al prójimo pero que en el fondo solo se aman a sí mismos. Gente que pregona la compasión pero elige quien es merecedor de su piedad. Gente, qué gran problema es la gente cuando sin darse cuenta se han metido en el mismo saco de donde pretenden salir.
La belleza no es importante, suelen decir los hipócritas que tuercen la boca cuando algo no sigue los cánones de belleza aceptados ¿aceptados por quién? Tu aspecto no es relevante si tu interior es valioso puede pregonar alguien que se ha pasado dos horas frente al espejo pretendiendo lo contrario. En fin, seguir con ejemplos sería el cuento de la buena Pipa, de nunca acabar. Hipocresía que se dispersa y se normaliza, que se abole pero se instituye, borramos con el codo lo que hemos escrito con la mano.

“En tiempos de hipocresía, cualquier sinceridad parece cinismo”, dijo William Somerset Maugham.

Y cualquiera me colgaría cuando menos cabeza abajo si intentara convencer al mundo que no se trata de juzgar por lo que yo digo sino por lo que hago. Y aunque parezca una obviedad, vivimos en sociedades donde la hipocresía se ha establecido como una institución más y atrincherados tras la impostura todos los gatos son pardos.

No es fácil encontrar en literatura ejemplos de libros que hablen sobre la hipocresía, no quiero ni preguntarme ¿Por qué? Sin embargo, podemos circunscribirnos a ciertos personajes ya que la hipocresía no es sino representar un personaje que no somos, es fingir ser alguien auténtico, para que los demás crean que lo somos. Y entonces empiezo a bucear en la literatura clásica. Quizás el representante literario de todos los hipócritas empedernidos sería Tartufo, protagonista de la obra homónima de Molière. Tartufo, ostenta su devoción religiosa (justamente porque intenta parecer un hombre de fe) para lograr obtener la confianza del patrón con el cual se hospeda y de esta forma poder sustraerle los bienes, incluida la mujer, la cual, sin embargo, no cae en la trampa. “…él lleva consigo una máscara para esconder su rostro; manda adelante la apariencia de sí, la sombra” y esconde la persona asegurándose que sus interlocutores vean la primera y no perciban la segunda: debe entonces ser desenmascarado“. Así lo describe el propio Molière en el primer acto de esta obra de teatro.
El hipócrita, es aquel que quiere “parecer lo que no es”, dice Quevedo, los motivos pueden ser innumerables y cualquier semejanza con los políticos “no” es mera coincidencia.

La tragedia de El Rey Lear de William Shakespeare es siempre una fuente de inspiración. Su impresionante actualidad nos devela un drama que nos hace reflexionar sobre los lazos familiares, la hipocresía y la ambición. Todo comienza cuando el anciano rey Lear se levanta un día con el deseo de dividir su reino entre sus tres hijas, pidiendo a cambio que ellas expresen en palabras su amor por él. Mientras dos de sus hijas proclaman a los cuatro vientos su infinito amor por el monarca, Cordelia no dice nada y esto desata la ira del rey que divide el reino en dos partes (una para cada una de sus hipócritas hijas) y deshereda a Cordelia. El desenlace no tiene desperdicio y no voy a contártelo solo decirte que en El rey Lear, amarás a los personajes que odiabas en un principio y odiarás a esos personajes que parecían tan sinceros y amables en sus primeras páginas.

Brillante en la sátira, William Makepeace Thackeray pone de manifiesto en su obra La feria de las vanidades, la hipocresía imperante en su contexto temporal que es más o menos tan hipócrita como el contexto de la sociedad contemporánea.

Con El hombre mediocre, José Ingenieros se propuso una noble tarea: estigmatizar la rutina, la hipocresía y el servilismo, esas funestas lacras morales que impiden la formación de ideales y el ennoblecimiento de la vida.

La hipocresía subsiste gracias a la mentira. La mentira es el mecanismo que le permite al hombre esconder su pensamiento, sentimiento y voluntad. Un hipócrita en realidad es un mentiroso, pero un mentiroso importante porque miente a los demás y tanto necesita fingir que termina creyéndose su propia mentira.
Confesiones de una máscara, es un libro autobiográfico de Yukio Mishima quien toma conciencia de su propia orientación sexual y decide ponerle fin a la hipocresía de fingirse alguien que no es. La novela es una especie de auto confesión y cuenta la vida del joven Koo-chan, un alma atormentada por una sensibilidad turbadora que va creciendo con el estigma de saberse diferente a los demás, el descubrimiento de sus inclinaciones homosexuales y la lucha por mostrarse tal como es en una sociedad donde solo mintiendo será aceptado.
Los indiferentes, la novela de Alberto Moravia que narra la historia de una familia con comportamientos corruptos, que acaban vencidos por su apatía y falta de dignidad, es un ejemplo de cómo la hipocresía nace y vive gracias a la mentira. El autor revela esa necesidad vital del ser humano de vivir bajo las apariencias ilusorias y las evasiones idílicas, el aparato de las mentiras que sostiene una hipocresía que termina pareciendo algo normal, el peligro de pretender mostrar lo que no es y riesgo de aceptarlo. Moravia nos muestra y demuestra una vez más el peligro de caer en las redes de la mentira.
Bartleby el escribiente, el relato de Herman Melville es quizás una de las muestras más acabadas de cómo negarse a la hipocresía instalada en las sociedades modernas puede llevar a la inacción como método para no suscribirse a la hipocresía generalizada.

La vida es muy compleja y nosotros, aun así, la seguimos enredando cada día. Juzgamos, miramos sin vernos, estigmatizamos al otro sin ver nuestras propias carencias afectivas, no nos miramos de frente al espejo porque nos aterra darnos cuenta que nos aterra lo que vemos, y entonces es más fácil mirar hacia afuera y ver la paja en el ojo ajeno. La hipocresía empieza cuando no aceptamos lo que somos y mentimos para ser lo que queremos ser.

La hipocresía humana se basa en dañar por la espalda, en criticar a la persona que tenemos al lado y ofendernos cuando recibimos algún comentario, la hipocresía humana nos arrastra cada mañana a su lado y nos termina devorando cada noche al acostarnos. La hipocresía debería rebotarnos en la cara, aplastarnos, deformarnos y desaparecer para, de la nada, permitirnos renacer con la frente bien alta, aceptando lo que soy y lo que otro intenta ser.


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