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Espejito, espejito…

Hace un rato cuando me desperté, caminé lentamente hasta el baño y lo primero que vi fue mi rostro en el espejo. La noche había sido larga pero allí estaba, arrancando el día. Mientras desayunaba contemplé mi reflejo sobre la cafetera plateada aunque deformado mi rostro  por la concavidad, casi con tranquilidad me dije: aquí estoy.  Y se me ocurrió pensar qué sería de nuestros amaneceres sin ese reflejo donde comprobamos que aún somos los mismos, o no.
Una hora después tenía que salir para el trabajo, en el pasillo de salida comprobé que todo estuviera en orden: mi cabello, mi ropa, y para eso recurrí al espejo de cuerpo entero y me despedí de mi imagen, seguía siendo yo.
Al salir alguien me avisó por señas que algo sucedía en mi cara ¿tengo una mancha? Pensé. ¿He olvidado acomodarme el pelo? y saqué de la cartera mi espejo de mano. Constaté que todo estaba como debía estar. Era yo y no me faltaba ni me sobraba ningún pedazo. Los espejos, me dije, una vez más nuestro reflejo.

Usamos los espejos día a día, tanto para comprobar nuestra imagen como para decorar estancias de la casa como el salón, el comedor, el dormitorio o el cuarto de baño. Esta maravilla de las invenciones, tal y como la conocemos,  nos llega desde el siglo XIX y se la debemos a Justus von Liebig un químico alemán, ​ considerado uno de los pioneros en el estudio de la química orgánica.​
Sin embargo, buscar nuestro reflejo, comprobar que somos los que pensamos que somos, o no,  no es una idea privativa del siglo XIX. Una extensión de agua le permitió a Narciso, en la mitología griega, ver su imagen y enamorarse perdidamente de sí mismo.
Narciso es un mito pero como todo mito refleja (como un espejo) la realidad. Lo cierto es que el hombre desde tiempos inmemorables ha buscado una forma de verse a sí mismo. Los primeros artefactos, con pretensiones de espejos, estaban hechos de tierra y obsidiana, hace 8000 años, en Anatolia. En Mesopotamia y Egipto, se encontraron espejos de cobre pulido entre 3000 y 4000 a. C. Alrededor del año 2000, los espejos de piedra pulida se pueden encontrar en América del Sur, y en bronce, en China e India. En el siglo I d.C., el autor romano Plinio el Viejo informa sobre espejos de vidrio, que se fabricarían en Fenicia. Pero parece que los espejos, en ese momento, todavía eran mayoritariamente de bronce, peltre o plata. En la época imperial romana (en el siglo III) aparecieron los primeros espejos similares a los que conocemos: una placa de vidrio cuyo reverso está cubierto con una película metálica. Pero su calidad sigue siendo mediocre. En el siglo V en China aparecen de amalgamas de plata-mercurio, de mejor calidad. En Europa, durante el Renacimiento aparecen espejos de alta calidad gracias a una amalgama de estaño y mercurio siempre en el reverso de un vidrio. Más tarde, se abarataron los costos de la materia prima y el marco que rodea el espejo pasó a ser el que  convierte al objeto en algo decorativo.

Pero el espejo no es solo un objeto técnico, decorativo, no es simplemente un elemento útil e imprescindible (como hemos visto en nuestro día a día). También tiene el peso de un fuerte simbolismo. Por lo tanto, debido a que muestra (casi) idénticamente lo que refleja, el espejo a menudo se asocia con la verdad. Y una de las primeras irrupciones del espejo en literatura que se nos viene a la mente es el espejo de la reina malvada, en Blancanieves que siempre dice la verdad, incluso si condena a la joven a sufrir la ira de su madrastra. Y si tomamos al espejo como fiel reflejo de la realidad entenderemos la razón por la cual Bram Stoker  afirma en su libro que  el conde Drácula: “No proyecta sombra, ni reflejo en los espejos”. Se supone que los espejos no muestran el reflejo de un vampiro, porque la forma “humana” del vampiro es solo una ilusión, que el espejo no puede devolvernos. Desde entonces en toda la literatura vampírica esta norma ha sido tomada como irrefutable para comprobar si alguien es un vampiro.

Lo que caracteriza a los espejos es devolver la imagen que se les enfrenta pero, en ocasiones su superficie no dibuja el reflejo, sino que es una puerta que se abre y gracias a la magia de las palabras llegamos a creer que el ser humano entra en el espejo y este se transforma en símbolo de una realidad diferente, de un orden completamente distinto. De las muchas puertas que la literatura nos propone, el espejo se transforma a menudo en un pasaje a otro mundo, recordemos el libro de Lewis Carroll: Alicia tras el espejo que es la continuación de Alicia en el país de las maravillas. O el libro La estación de los espejos de Martín Blasco,  una novela juvenil donde nada es lo que parece: la antigua estación de tren es una casa, los gatos son guardianes y los espejos, portales a otras dimensiones. Sin movernos de historias archiconocidas también podríamos citar el cuento de hadas La Bella y la Bestia, quienes hayan leído el cuento o aquellos que hayan visto la película de Disney, recordarán la escena en que un espejo mágico permite a Bella, su protagonista, ver a la distancia, a aquellos en los que piensa.

Los textos de Jorge Luis Borges están repletos de simbolismos, en ellos los espejos ocupan un lugar preferencial. Borges se encontraba a menudo en sus relatos también con otros Borges (como él los nombraba) la multiplicación era uno de sus peores miedos y por eso les temía a los espejos que nos multiplican. Los espejos entonces terminan por convertirse en una de sus obsesiones literarias que también está relacionada con su obsesión por la noche,  la ceguera y la imposibilidad de ver su propio rostro. En su cuento El Aleph, el narrador ve “todos los espejos del planeta” y ninguno le reflejó, dice. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, otro de sus cuentosarranca también de modo revelador:

“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor…”

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius puede entenderse como un reflejo del mundo y también como la actitud última que adoptamos ante este espejo, que finalmente nos devuelve un reflejo propio y cuyas consecuencias aparecen en la resolución del relato. Y por último, el temor queda plasmado en el poema de Borges titulado “Los espejos” donde afirma:

Hoy, al cabo de tantos y perplejos años de errar bajo la varia luna, me pregunto qué azar de la fortuna hizo que yo temiera los espejos”.

Reflejan, ocultan, mienten, deforman, confiesan los espejos.
En Los Miserables, Victor Hugo utiliza el espejo para hacer que su protagonista, Jean Valjean, descubra el amor de Cosette por Marius, un amor que lo crucifica, que le provoca un “colapso interior”.

Aunque no sea literalmente un espejo, sino una pintura, la forma en que Oscar Wilde pone en escena su Retrato de Dorian Gray hace referencia al doble y sobre todo al reflejo. Como tal, la pintura en la que está pintado su retrato sirve a Dorian Gray como espejo.

También encontramos espejos, mágicos o no, en la literatura fantástica. En Harry Potter, naturalmente tenemos el espejo Riséd, un espejo mágico que muestra a todos su sueño más fuerte. Es en este espejo donde Harry ve a sus padres junto a él, mientras que Ron se ve a sí mismo ganando la Copa de Quidditch como capitán del equipo, mientras que él es Head Boy. Dumbledore lo usó para esconder la Piedra Filosofal en el primer libro. Pero JK Rowling también imaginó un juego de espejos bidireccionales, dos espejos enlazados que permiten a dos personas hablar y verse desde la distancia. Finalmente, hay algunos espejos parlantes, uno de los cuales está en la casa de los Weasley y otro en el Caldero Chorreante.

En su novela Jonathan Strange y el Señor Norrell, Sussane Clarkeretoma el eterno tema de la lucha entre el bien y el mal y nos invita a meditar sobre otras temáticas como la envidia profesional, la traición, la venganza y la locura. En esa historia uno de los personajes, Strange, viaja al pasado a través de los espejos y hasta se hace amigo del poeta Lord Byron.

El espejo nos refleja y esto es evidente pero lo terrorífico (si queremos dotarlo del miedo que Borges le imprimía a los espejos) es que siempre nos devuelve la imagen exacta de lo que somos por fuera y a veces también puede llevarnos a la introspección. Quién no se ha visto tentado alguna vez de hablarle a esa, nuestra imagen en el espejo como si fuera otro a quien le decimos cuatro verdades. Con esta idea de espejo y reflejo Carmen Icaza trabaja su novela Yo, la reina donde usa el espejo como una técnica narrativa para describir la apariencia física de los personajes y sus sentimientos interiores. La protagonista, Tyna, se mira en el espejo al llegar a América y encuentra a

“…una muchacha de cara desencajada y ojos sin brillo en la azulosa palidez de la piel, vestida como una pupila de orfelinato”.

El objetivo es presentar al lector la imagen física de la protagonista y, además, su estado de ánimo que se evidencia en sus comentarios: “¡Qué importaba después de todo! Para el camino que iba a seguir no necesitaba ser atractiva”.
 Otras veces, el personaje manifiesta su tensión y sus miedos tras la apariencia física mostrada en el espejo.

Finalmente, en la novela Los novios del invierno (el primer tomo de la saga La Pasaespejos) de Chirstelle Dabos, la protagonista Ofelia  tiene dones increíbles. Pertenece al grupo de animistas, que tienen poderes ligados a los objetos: unos pueden darles vida, otros repararlos, otros leer su pasado.  En ese tomo nos enteramos que Ofelia  puede “leer” objetos y utilizar los espejos como medio de comunicación. En el segundo tomo: Los desaparecidos de Clarodeluna, se encuentra en una situación peligrosa y da detalles de su posición comunicándose mediante un espejo.

Después de vestirnos, nos miramos en un espejo. Cuando conducimos, miramos los retrovisores. Hay espejos al entrar y salir de un parking o en el vestíbulo de un hotel. Incluso en las góndolas del supermercado para reflejar la mercadería y producir una sensación de amplitud. Imposible pasar un día entero sin buscar y sin encontrar tu imagen en un espejo.

Ahora ya sabes que también al abrir un libro podrás usar el espejo como más te guste y reflejar, ocultar, descubrir y sobre todo dejar que los espejos te confiesen cuánto de cierto hay en tu reflejo.


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