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Palabras

El límite físico de todo ser humano es su cuerpo. Somos, o sentimos que somos, lo que vemos, lo que oímos, lo que palpamos, lo que escuchamos y eso solo se logra por medio de los cinco sentidos que son, por supuesto parte del mundo físico de todo ser humano. Pero hay un mundo distante cuyo límite se extiende hasta donde lleguen nuestras palabras, se extiende y se propaga hasta los lugares que ellas ocupan y hasta los momentos en que puedan escucharse sus ecos, más allá incluso de espacios y del tiempo. La palabra nos trasciende.

Borges dijo que los seres humanos éramos, esencialmente, signos. Las palabras son signos de manera que, siguiendo el silogismo, seríamos seres de palabras. Las dichas al viento, pero sobre todo la palabra escrita, que nos expresa y vendría a ser una especie de exacerbación de nuestra humanidad. Y como palabra escrita, la ficción es un ejercicio de humanidad exacerbado hasta sus últimas consecuencias.

¿Hay algo más inverosímil que la irrealidad de una realidad escrita a través de la ficción que afirme y extienda nuestra presencia? ¿Hay algo que nos otorgue una mayor dimensión o un más nítido sentido gracias a la irrealidad de las palabras que enunciamos? Quizás en otros aspectos, en alguna ciencia o en ciertas prácticas espirituales, alguien encuentre ese sentido de trascendencia, tal vez alguien descubra que el cuerpo no es sino un límite físico. Por mi parte me gusta saber que la palabra escrita me ha mostrado y demostrado que no solo somos lo que vemos, oímos, palpamos, sino lo que escribimos y leemos, que gracias a las palabras que enunciamos nuestra presencia se extiende y se afirma.
La palabra escrita y más exactamente la ficción nos trasciende. La trascendencia como cualidad de la palabra escrita parece haberme atacado como un virus, y no hay antídoto, porque las palabras nos permiten entrar en cada hecho o suceso fingido o inventado, que nace como producto de la imaginación y que forma ese mundo paralelo que llamamos ficción. Las palabras le permiten al escritor entrar a ese mundo donde trasciende, donde vive eternamente más allá de su cuerpo físico. Las palabras nos permiten también a los lectores trascender los límites de lo real y vivir en un mundo imaginario, quizás mejor o tal vez menos peor que el real.

“El peligro para la vida es de asfixiarse bajo el peso de la existencia”, dijo alguna vez María Zambrano.


Para no ser asfixiados por la existencia, para sobrevivirla, los seres de palabras escritas (los escritores y los lectores) se entregan al juego. Hacerlo es una respuesta y un conjuro en contra de la incesante intromisión de lo real en nuestras vidas. Y la ficción es de todos los conjuros el que más alcance tiene, ese que lanzado al universo es capaz de alcanzar esos límites que trascienden el cuerpo, el tiempo y hasta la realidad.

Me pregunto: ¿Será por eso que los escritores escriben? ¿Será por eso que la escritura para algunos se convierte en una forma de vida, en el aire que respiran, en la razón de ser hoy y seguir siendo mañana? No pude resistirme a la tentación y fui en busca de una posible respuesta, en la respuesta de los involucrados: los escritores.

El autor de Me llamo rojo y El libro negro, y ganador del Premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, expresa que son varias las razones que lo llevaron a escribir y entre ellas enumera: una necesidad innata a hacerlo, el convencimiento de que es esta la forma que tiene de cambiar la realidad, el temor a ser olvidado y la fe en la literatura como motor para el cambio; además dice que nunca ha sabido ingeniárselas para ser feliz y cree que escribir lo llevará a conseguirlo.
Rosa Montero, autora de éxitos tales como: La hija del caníbal y La loca de la casa,  afirma que no se escribe para decir nada sino para aprender algo, no para soltar «mensajes sesudos» sino para entender emociones o teorías que palpitan a tu alrededor. Además, la autora española dijo que ella escribe de la misma forma que respira, se trata de una necesidad esencial en ella, no puede vivir sin hacerlo. Se llama a sí misma, por todo esto, una escritora orgánica y agrega que desde que se recuerda viva puede verse escribiendo. Y sus palabras consolidan ese sentimiento: «La novela es mi manera de vivir, la forma en la que me relaciono con la realidad. Si se me acabara ese tumulto de ensueños narrativos, ¿cómo me las iba a arreglar para seguir levantándome de la cama todos los días?»
Mario Vargas Llosa, dice que empezó a escribir porque luego de aprender a leer sintió tanto placer por la lectura y le permitió vivir experiencias tan significativas que necesitó volcar toda esa felicidad que lo embargaba de alguna forma. Al principio, escribir fue una vía de escape para todas esas emociones pero más tarde se convirtió en su forma de vivir, en la actividad central que tomó el control y la organización de toda su vida. Todo esto se volvió tan profundo tan imprescindible que asegura que no podría concebir su vida sin la escritura y sin su complemento indispensable, la lectura.

Para entender. Para amar. Para que nos quieran. Para saber. Por necesidad. Por dinero. Por costumbre. Para vivir otras vidas y revivir la propia. Para dar testimonio. Para eso existen las palabras y por supuesto para trascender, porque el escritor es antes que nada un narcisista que siente que merece seguir estando aun cuando ya no esté. Por eso, endiosado  por sí  mismo el escritor se perpetúa en  el acto mismo de escribir. Con la Palabra.

De Andrea Camilleri he disfrutado casi todas sus sagas, rescato La forma del agua, el primer tomo del inspector Montalbano que se ha hecho famoso también en la pantalla chica. Camillieri ante el interrogante de ¿Por qué escribo? Responde: Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. Escribo porque no sé hacer otra cosa. Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos. Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido. Escribo porque me gusta contarme historias. Escribo porque me gusta contar historias. Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza. Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.

El maestro de maestros Umberto Eco es escueto pero simple y quizás haya logrado despojarse de sentidos trascendentales cuando afirma que “escribo porque me gusta”.
Almudena Grandes contó: Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.

Y es que el escritor también es ese niño que se niega a vivir en una realidad que fagocita y se alimenta de tus mejores y más puras emociones.
Donna Leon, autora de la famosa saga de libros policiales protagonizada por el comisario Brunetti cuyo primer tomo La muerte en Fenicia es la excusa para quedar atrapados en su mundo, se acerca un poquito más a decirnos la verdad cuando dice: Al principio escribía para ver si podía hacerlo. Resultó que escribir un libro era muy divertido. Y por eso ahora, después de 20 años y de 20 libros, lo hago porque es divertido. Los personajes hacen lo que les digo que hagan; la realidad se puede cambiar para adaptarla a mis necesidades; si alguien muere, lo puedo resucitar al día siguiente. Supongo que también hay un elemento de vanidad. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.

Y es que las palabras ya no son nuestras una vez escritas y las ficciones ya no nos pertenecen en cuanto dejan de estar dentro de nuestra computadora y vuelan hechas libros hacia otros mundos, nos trascienden.
Una de las razones que más me gustan es la que nos cuenta Javier Marías el autor de Berta isla, que ante la pregunta de ¿Por qué escribo? Responde: Porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que nos ocurre, eso que suele llamarse «lo real».
Juan José Millás dice: Escribo por las mismas razones por las que leo: porque no me encuentro bien.

Y si lo tuviera a mi lado le doy un abrazo, qué razón tiene, cuántas veces me ha salvado, la palabra escrita o leída, de no caer en un abismo sin fondo o mejor aún, cuántas veces me ha sacado de ese abismo.

Antonio Tabucchi de quien no puedo olvidar y por eso leo y releo Sostiene Pereyra, no responde, formula preguntas: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: «No me queda otra». Las respuestas posibles son todas plausibles pero con signo de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Porque tenemos miedo de vivir, porque tenemos nostalgia de la infancia, porque el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Porque querríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Baudelaire, la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.

Escribir puede sanar o puede enfermar. La palabra puede volar o anclarse en nuestro interior como un puñal incrustado en el alma. La escritura puede ser incluso una manera filosófica de entender el mundo, la escritura nos trasciende y repercute en el otro como un eco interminable de razones para una existencia que, a veces, puede parecernos demasiado irreal a fuerza de tanta realidad. La realidad supera la ficción, dicen cuando un suceso real es tan terrible que dentro de la ficción nadie lo creería. Por mi parte prefiero pensar que nada supera a la palabra escrita (o la ficción si prefieren) por mil y un motivos o aunque más no sea por el solo intento de trascender nuestro efímero cuerpo.


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