La infancia suele aparecer en la memoria adulta como un territorio distante, casi mítico, no es exactamente un lugar al que podamos regresar, pero tampoco desaparece del todo. Persiste como un paisaje interior hecho de olores, escenas incompletas y voces que a veces emergen cuando menos lo esperamos: una canción, el sabor de una fruta, el sonido de una puerta que se abre, ciertas lecturas…
Y no puedo dejar de mencionar el impacto que me causó —y que aún me sigue causando— el célebre dibujo inicial de El Principito: esa figura que los adultos toman por un sombrero, pero que en realidad representa una boa que ha digerido a un elefante. Junto a él aparece la frase inaugural del narrador, que recuerda cómo, cuando era niño, mostró su dibujo a las personas mayores y todas respondieron lo mismo: que parecía un sombrero. Ese pequeño malentendido visual condensa una revelación decisiva: la distancia entre la imaginación infantil, capaz de ver el misterio oculto dentro de la forma, y la mirada adulta, apresurada y literal, que ya ha olvidado cómo mirar. Con los años comprendemos que la infancia no es solo un período biológico de la vida, sino una forma de mirar el mundo que lentamente se transforma…
Recordar la infancia es, en cierto modo, reconstruirla. Nadie vuelve a ella tal cual era. Lo que vuelve es una versión filtrada por la experiencia, por la distancia y por la nostalgia. Tal vez por eso la literatura ha encontrado en ese territorio una fuente inagotable: la infancia como origen, como herida, como revelación o como misterio. «La infancia es el lugar en el que habitas el resto de tu vida”, escribe Rosa Montero en un libro poco conocido pero bellísimo que se titula El corazón del Tártaro. Para la autora, la niñez no es algo que «pasa» cronológicamente. Es el molde. Todo lo que aprendemos sobre el amor, el miedo, el poder y la seguridad en esos años se convierte en las paredes de la casa donde viviremos siempre…
La memoria infantil no es lineal ni exacta; funciona más como un álbum de imágenes dispersas. A veces, los recuerdos quedan escondidos, el tiempo suele depositar sobre ellos nuevas capas de sentido y de olvido. Sin embargo, persisten. Como escribe Neil Gaiman en El océano al final del camino: “…a veces los recuerdos de la infancia quedan cubiertos u oscurecidos por las cosas que sucedieron después, como juguetes olvidados en el fondo del armario de un adulto, pero nunca se borran del todo”. Esa permanencia explica por qué muchos escritores han vuelto a narrar su niñez desde la mirada adulta. La infancia vista desde lejos adquiere una claridad que en su momento no tenía. El niño vive, pero no interpreta; el adulto interpreta, pero ya no vive de la misma manera. Qué bueno sería adquirir la capacidad, el poder de volver a mirar con esa intensidad primera, de recuperar por un instante la asombrosa lucidez de lo inaugural, aquello que el tiempo no ha conseguido borrar del todo…
Tal vez por eso no puedo resistirme al eco que suena y resuena en la célebre frase de Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: “Todas las personas mayores fueron al principio niños. (Aunque pocas de ellas lo recuerdan)”.
Quizá por eso la literatura suele presentar la niñez como una edad de asombro. La frase parece simple, pero encierra una verdad incómoda. Convertirse en adulto implica, muchas veces, olvidar. No olvidar por completo, sino relegar la sensibilidad que alguna vez tuvimos. La infancia queda entonces como una especie de idioma perdido que algunos escritores intentan traducir. En ese intento, la memoria se vuelve una herramienta ambigua. Recordar no es reproducir el pasado tal como fue; es interpretarlo. Por eso muchas evocaciones infantiles mezclan lo real con lo imaginado…
Marcel Proust, en Por el camino de Swann, lo expresa con una lucidez extraordinaria: “Los lugares que hemos conocido no pertenecen tan sólo al mundo del espacio donde los situamos para mayor facilidad”. La memoria transforma los espacios y les devuelve una dimensión afectiva que excede su forma real; ya no son únicamente lugares, sino territorios íntimos donde la experiencia quedó suspendida. Cuando los adultos recuerdan, intentan reconstruir ese mundo en miniatura donde cada cosa tenía un significado especial. Un patio podía ser un universo. Una tarde de verano podía parecer infinita.
En la distancia, esos fragmentos se expanden y adquieren una densidad que en aquel tiempo pasaba inadvertida: el rumor de una voz, la sombra de un árbol sobre la vereda, el perfume tibio del verano. Lo vivido reaparece transformado por la nostalgia, como si el tiempo, lejos de borrarlo, le hubiera otorgado una nueva forma de permanencia. Sin embargo, no todas las memorias infantiles son luminosas. La infancia también puede ser un territorio de silencios, miedos o incomprensiones. La literatura ha mostrado esa dualidad muchas veces. Carlos Ruiz Zafón, en La sombra del viento, lo expresa con una lucidez conmovedora: “Uno de los inconvenientes de la infancia es que no hace falta entender algo para sentirlo”. La frase condensa aquello que el adulto suele olvidar: el niño vive las emociones antes de poder nombrarlas o interpretarlas. No existen todavía los filtros que la experiencia instala con el tiempo…
Por eso la infancia es tan intensa y, al mismo tiempo, tan vulnerable. Recordar esa intensidad desde la adultez implica un ejercicio delicado. El adulto sabe cosas que el niño ignoraba: conoce las razones de ciertas decisiones, comprende conflictos familiares, entiende los contextos históricos. Pero ese conocimiento también puede borrar la ingenuidad original.
La escritora española Ana María Matute, una de las grandes narradoras de la niñez, resumió esa paradoja en una frase: “La infancia dura más que la vida”. En su libro Paraíso inhabitado, Matute no habla de una duración cronológica. Se refiere a la persistencia emocional de esa etapa. Lo vivido en la infancia deja una huella que atraviesa toda la existencia. Los primeros miedos, las primeras lecturas, las primeras amistades: todo eso se convierte en una especie de cimiento invisible.
Tal vez por eso muchos escritores encuentran en la memoria infantil el origen de su vocación literaria. Las primeras historias escuchadas, los cuentos antes de dormir, los libros descubiertos en la escuela o en una biblioteca familiar. La literatura comienza muchas veces como una forma de asombro. El argentino Julio Cortázar recordaba algo parecido cuando hablaba de su relación temprana con los libros. En diversas entrevistas evocó una infancia marcada por la lectura, donde los mundos imaginarios se mezclaban con la realidad cotidiana. Esa mezcla explica en parte la atmósfera de muchos de sus relatos: lo fantástico surge en medio de lo cotidiano, como ocurre en la imaginación infantil…
A mí misma, los libros y la lectura me marcaron y me acompañaron desde la infancia hasta el día de hoy, haciendo de ellos mi vocación. Por eso remarco siempre la importancia de inculcar la lectura, la literatura en los niños, no solo en formato libros sino también usando las nuevas tecnologías.
La infancia no solo habita en los recuerdos; también influye en la manera en que narramos el mundo. Cada escritor lleva consigo el paisaje de su niñez: un pueblo, una casa, una calle, una escuela, un río. Pero la memoria tiene otra característica: selecciona. No recordamos todo. Conservamos ciertos momentos y olvidamos otros. A veces incluso transformamos los hechos para que encajen mejor en el relato que hacemos de nuestra propia vida. Hay recuerdos que vuelven con claridad: una bicicleta, una tarde de lluvia, el olor de la tierra mojada después de una tormenta. Otros permanecen borrosos, como si pertenecieran a otra vida. Y quizá, en cierto modo, pertenecen a otra vida: la del niño que fuimos y que ya no existe del mismo modo. Sin embargo, algo de ese niño permanece. Aparece en momentos inesperados: cuando sentimos curiosidad por algo nuevo, cuando nos maravillamos ante un paisaje, cuando recuperamos la capacidad de jugar o imaginar.
Volver a la infancia a través de la memoria implica aceptar que ese territorio ha cambiado. Las casas se transforman, las calles se vuelven distintas, las personas envejecen o desaparecen. Lo que queda es la versión interior del lugar. Tal vez por eso los escritores regresan una y otra vez a ese origen. No para recuperarlo exactamente, algo imposible, sino para comprenderlo. Para descubrir qué parte de lo que somos comenzó allí.
Al final, recordar la infancia es aceptar que existe un lugar al que no podemos volver físicamente, pero que continúa habitándonos. Un lugar donde el mundo todavía era nuevo y cada descubrimiento parecía una revelación. La infancia, como insinuaba al comienzo, se parece a un país lejano. Un país del que partimos inevitablemente, un país que llevamos con nosotros para siempre.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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