Cuando salió a la calle, un viento áspero le golpeó el rostro. Se acomodó el abrigo y apuró el paso hacia el subte. Las veredas estaban abarrotadas de cuerpos que se desplazaban con la precisión ciega de una maquinaria invisible: empleados rumbo al trabajo con café en vasos de cartón, madres tironeando de sus hijos camino al colegio, jóvenes con auriculares y la mirada fija en la pantalla de sus celulares.
Sofía se mezclaba con ellos cada mañana: una más entre muchos, todos iguales, todos grises. Grises los rostros, grises los árboles, gris la ciudad. Gris sobre gris, aun cuando el sol insistiera en brillar. Mi Buenos Aires querido… cuando yo te vuelva a ver… tarareó, segura de que Gardel no añoraría verlo, después de saber en qué se había convertido. “Esta ciudad no se quiere, se aguanta”, había escrito Roberto Arlt. Mientras avanzaba entre la multitud, Sofía masticó la frase, tan actual que parecía marcar el ritmo de esta Buenos Aires, y no pudo menos que sonreír asombrada por la actualidad de esas palabras que acompañaban sus pasos…
El sol brillaba de un gris opaco cuando entró en la boca del subte y se sumergió en las profundidades de esa otra ciudad hecha de rieles, donde el color adquiría un tono más espeso, casi amenazante.
Mientras esperaba en el andén se detuvo como cada mañana frente al kiosco de diarios, y como cada mañana, sonrió al vendedor, que respondió con su gesto habitual: un gruñido breve, neutro, invariable. Sofía había aprendido a leerlo como un saludo. Sin embargo, esa mañana fue distinto:
– “La ciudad de arriba es pura apariencia; la verdadera Buenos Aires corre por debajo, en el estrépito de hierro de los subterráneos”. Sofía parpadeó. Aquello no había sido un gruñido.
–¿Cómo dijo? –preguntó, todavía sorprendida. El hombre gris ya había vuelto a su mutismo acostumbrado, como si no hubiera pronunciado una sola palabra.
Totalmente extrañada musitó, ¿me estaré volviendo loca? Sacó el celular casi por reflejo y escribió la frase en el buscador. La primera entrada ya la sorprendió: Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas.
No tuvo tiempo de volver la vista hacia el kiosco: la formación acababa de detenerse y, frente a ella, se abrieron las puertas del primer vagón. Subió…
Se acomodó como pudo, mezclándose con una multitud variopinta de seres grises que como ella claudicaban diariamente a la suerte de viajar como sardinas. El aire pesado, mezcla de perfumes dulzones y sudores, le cerraba el pecho. Son cuatro estaciones, se dijo… solo cuatro estaciones. Repitió la frase como un mantra capaz de sostenerla.
El tren arrancó con un sacudón, el golpe seco de las puertas al cerrarse sonó definitivo, como si sellara algo más que el inicio del viaje. Mientras repetía en silencio su conjuro cotidiano: son cuatro estaciones, son cuatro estaciones, sintió una vibración distinta bajo los pies, un pulso irregular, ajeno, que no recordaba de otros días.
Buscó el pasamanos y se aferró con fuerza. Apoyó la cabeza en el brazo extendido y cerró los ojos. Respiró hondo como juntando fuerzas, el aire parecía menos denso, y una especie de eco distante le acercaba sonidos que no supo, que no pudo reconocer. Enseguida, el altavoz anunció la próxima estación.
¿Tan rápido?, pensó. Pero el pensamiento se interrumpió de golpe: las luces parpadearon una, dos veces, y se apagaron.
El silencio fue absoluto…
Eso la inquietó más que la oscuridad. Un corte de luz solía despertar quejas, insultos, algún grito aislado. No se oía nada. Sofía apretó la mochila contra el pecho y, como si ese gesto hubiera activado un interruptor secreto, la luz volvió, un miedo distinto se apoderó de Sofía: El vagón estaba vacío.
El tren se había detenido y las puertas se abrieron con un sonido áspero, más cercano al chirrido de un placard antiguo que al siseo suave y neumático al que estaba acostumbrada. Sofía miró alrededor. Los asientos no eran los de siempre, coloridos y mullidos, estos eran duros, de madera lustrada, con vetas y bordes gastados por miles de cuerpos anónimos. Las puertas abiertas tampoco se parecían a nada conocido; eran más angostas, con marcos metálicos gruesos y remaches a la vista, como si el vagón hubiera sido ensamblado por artesanos, hecho a mano.
El andén parecía el de siempre y al mismo tiempo otro. La luz era amarillenta y proyectaba sombras largas que deformaban las columnas. Las paredes estaban recubiertas de azulejos opacos, algunos resquebrajados, otros manchados por una humedad persistente y cada tanto, carteles esmaltados de tipografías cuidadas reemplazaban los habituales mapas luminosos, las flechas que indicaban “salida” no eran verdes sino blancas, con letras góticas. Sofía tuvo la sensación absurda de que el lugar había estado esperándola, inmóvil y que su llegada había puesto otra vez en marcha un mecanismo antiguo. Se asomó al andén con cautela, como midiendo cada paso. No había pantallas digitales ni publicidades luminosas. Eso ya resultaba alarmante. Pero no era lo único.
Un espanto frío le recorrió la espalda cuando distinguió los carteles: …
anuncios de colores apagados. “Cigarrillos Particulares, Una marca en el tiempo», leyó, 43/70: «El cigarrillo del momento». Jabones, perfumes “Polyana el perfume que te acompaña donde vayas”, ¿qué está pasando?, ¿dónde estoy? Sus preguntas retóricas quedaron en suspenso cuando leyó el nombre de la estación, estaba escrito en letras góticas sobre azulejos de cerámica azul: Perú.
Indudablemente aquella estación no tenía nada que ver con su recorrido de siempre y por eso, bajó del vagón no demasiado segura.
A su izquierda apareció un corredor estrecho, mal iluminado, radicalmente distinto de los túneles subterráneos que conocía. Por un instante quiso echar a correr, ¿pero a dónde? Una fuerza más poderosa, la curiosidad quizás, la empujó hacia adelante. El túnel se abría estrecho y levemente curvado, como si evitara deliberadamente mostrar su final. Las paredes, revestidas en azulejos blancos biselados, devolvían una luz opaca que no parecía provenir de ningún foco visible, sino filtrarse desde algún punto alto, fuera de la vista. Aquí y allá, los azulejos estaban cuarteados o habían sido reemplazados por otros de un blanco distinto, más reciente, aunque ya vencido por la misma pátina amarillenta. El piso, de mosaicos pequeños, gastados en el centro por el paso insistente de miles de pies, obligaba a Sofía a medir cada paso: no por miedo a tropezar, sino por esa sensación de que el desgaste marcaba un camino preciso, una dirección que no convenía abandonar.
El aire ya no era el mismo: olía a humedad, a madera vieja. Sintió el cambio como una bofetada antigua, un sopapo del siglo pasado. A mitad del pasadizo, una hilera de carteles publicitarios se sucedía en marcos de madera oscura. Eran láminas impresas, protegidas por un vidrio donde se anunciaban productos con una elegancia detenida: productos capilares, máquinas de escribir, cigarrillos, le llamaron poderosamente la atención las golosinas, leyó: Pastillas DRF, Caramelos Mu-Mu, se detuvo frente a uno: Sugus, “El caramelo de verdadero sabor frutal”, leyó, y aunque reconoció el nombre de inmediato, esos colores, esas frutas dibujadas infantilmente, los cuadraditos del caramelo con pies y cara… no terminaban de encajar…
Y de golpe, el túnel comenzaba a ascender sin aviso. No había escaleras mecánicas, solo una pendiente leve, unos metros más allá aparecieron los primeros escalones: de mármol blanco, anchos, con los bordes suavizados por el uso, ligeramente hundidos en el centro.
Subió. A medida que ascendía, el aire cambiaba otra vez, pero sin decidirse del todo: la humedad ahora se mezclaba con una brisa que anunciaba la cercanía de la superficie. La luz empezó a filtrarse desde arriba, lentamente como quien sale de abajo del agua. Primero un resplandor difuso, luego una claridad más definida que se recortaba en los bordes de los escalones. Siguió subiendo.
El sonido apareció antes que la calle. Un murmullo continuo, más grave, menos fragmentado que el que conocía. No había gritos, ni música fuerte, sino un murmullo ronco, como si la ciudad respirara con calma. Al llegar al último tramo, dudó, no por miedo, sino por esa sensación extraña como quien sale de debajo de una ola y tarda en enfocar la imagen.
Durante un instante no supo si estaba afuera o si el túnel simplemente se había vuelto más ancho, más alto, más claro hasta que comprendió que había llegado a la vereda. Dio un paso. Después otro. Y la calle empezó a definirse: fachadas altas, cargadas de molduras, balcones de hierro, trabajados hasta el más mínimo detalle. Caminó unos metros sin apurarse. Un hombre con sombrero se descubrió al pasar a su lado, otro de impecable traje y corbata se detuvo en una esquina y saludó a un tercero que agitaba el bastón mientras hablaba. Las mujeres caminaban con una lentitud contenida, sosteniendo bolsos pequeños, faldas tubo muy ceñidas en la cintura y zapatos de taco alto. Sofía sintió que aquel ritmo inusual era cómodo, podía avanzar sin esquivar, sin calcular, como si hubiera más espacio entre las cosas, entre las personas, incluso los movimientos mostraban una parsimonia desconocida. Se dejó llevar, como acomodándose a esa nueva lentitud y sin buscarlo, lo vio.
El frente apareció sin imponerse. La marquesina de hierro y vidrio se curvaba sobre la vereda, sosteniendo una luz quieta. El bronce, gastado en los bordes, devolvía un brillo opaco a la puerta giratoria que engullía y vomitaba sin pausa: trajes oscuros, sombreros, un entrar y salir sin apuro, como si la calle se prolongara adentro. Y sobre la puerta, en letras doradas… no necesitó leerlas, lo reconoció: Café Tortoni. Y a pesar de la interna conmoción, no contuvo la imperiosa necesidad de traspasar el umbral. Adentro, el humo flotaba sin disiparse. Mesas de mármol, sillas oscuras, figuras inclinadas sobre tazas pequeñas. Alguien escribía. Otro hablaba sin levantar la voz, pero con una intensidad que parecía sostener la escena entera. El murmullo era continuo, bajo, como si cada conversación ocurriera al mismo tiempo sin interferir. Tazas sobre el mármol. Bandejas que pasaban. Un mozo de chaleco ajustado, se deslizaba como sobre patines y en una de las mesas, un hombre escribía inclinado sobre el papel, con una urgencia contenida, como si las palabras no alcanzaran a salir al ritmo en que parecían acumularse en su mente. De vez en cuando levantaba la cabeza, miraba alrededor con un gesto breve, casi incómodo, y volvía a escribir. Sofía se mantuvo a distancia, pero al pasar lo suficientemente cerca, lo oyó acompañar con palabras lo que iba escribiendo:
– Es necesario ser duro…
Lo reconoció de inmediato, no solo por sus palabras sino por su aspecto desaliñado: el pelo indócil, el traje gastado, y una tensión en el rostro, como si todo le resultara ligeramente insoportable: Roberto Arlt. Y Sofía no pudo resistir la tentación de agregar:
– Es necesario endurecerse. La frase cayó en la mesa como algo ya dicho muchas veces, sin énfasis, sin intención de ser escuchada y es que de hecho Arlt no se dio por enterado y siguió escribiendo, solo Sofía sabía que años después su libro Los lanzallamas se convertiría en un icono de la literatura porteña.
El murmullo del café seguía ahí, sostenido, como si nada fuera a interrumpirlo nunca…
Las palabras, el humo, el leve golpeteo de las tazas contra el mármol: todo parecía repetirse sin variar cuando de pronto, algo cedió. No fue un cambio brusco, más bien una leve pérdida de consistencia, como si la escena empezara a aflojarse en los bordes. El humo ya no flotaba, las voces se deshacían, cada vez más lejanas, cada vez más de otro tiempo. Sofía retrocedió un paso, luego otro, había algo que la empujaba hacia afuera, con una suavidad firme, sin apuro pero sin pausa. Giró. La puerta estaba ahí, demasiado cerca y detrás: la calle que la recibió sin transición. Caminó unos metros sin rumbo claro. Y allí, abierta como una boca dispuesta a devorarla, la entrada del subte. Se dejó tragar. Una baranda de hierro oscuro, un cartel esmaltado con el nombre de la estación con letras cuidadosamente trazadas y un rumor metálico saliendo de las entrañas de la tierra. Bajó las mismas escaleras que había subido, los escalones de mármol blanco, los azulejos blancos. De repente, el aire volvió a espesarse, el murmullo de la calle quedó atrás y cuando llegó al andén, la formación ya estaba ahí. Esperándola. Cuando Sofía subió, las puertas se cerraron con un golpe seco y cuando el tren arrancó la frase le llegó como una certeza dicha a gritos: «Lo terrible no es la irrealidad, sino que lo irreal se confunda con la realidad.» No en vano Sofía llevaba escribiendo desde hacía meses su tesis sobre escritores porteños y Adolfo Bioy Casares, con La invención de Morel había dado en el clavo. Aquella mañana tan extraña era el producto de tantas noches en vela y ahora le resultaba imposible establecer los límites exactos entre realidad y fantasía, aun así se dejó llevar. El subte era el de cada día y ella seguía aferrada al pasamos, la cabeza levemente inclinada sobre su brazo pero cuando la formación entró en el túnel y contra cualquier previsión fue perdiendo velocidad, poco a poco y casi respetuosamente se detuvo, y esa incómoda sensación volvió a apoderarse de ella. Sofía lo supo antes de saberlo, lo confirmó cuando las puertas se abrieron.
Esta vez el andén era más amplio que el anterior. Una zona central le otorgaba un aspecto más abierto, las vías corrían a ambos lados, una hilera de columnas de hierro oscuro sostenía el techo con una regularidad casi hipnótica. Las paredes, esta vez revestidas en azulejos verdes biselados, estaban atravesadas por una guarda de color azul oscuro con arabescos que se repetían con precisión. El nombre de la estación aparecía en carteles enlozados, letras claras sobre fondo oscuro: Plaza de Mayo…
Había bancos de listones de madera firmes y vitrinas con marcos metálicos y otra vez los afiches: jabones, tónicos, remedios. La luz, filtrada por tulipas de vidrio, caía amarillenta, sin sobresaltos. El aire parecía sostenerla mientras avanzó hacia la salida.
La plaza se abrió frente a ella con una claridad contenida. No deslumbraba tampoco decepcionaba. Se dejaba ver. La Casa Rosada al fondo, el Cabildo de Buenos Aires hacia un lado. Todo en el perfecto equilibrio que Sofía conocía pero a su vez distinto. Avanzó despacio, con la sensación extraña de que no era la plaza la que había cambiado, sino el tiempo que la sostenía. Lo distinto estaba en las calles adoquinadas, la ausencia de semáforos, la inexistencia de colectivos y la gente. Hombres de traje oscuro conversaban en grupos, una mujer cruzó la plaza sin prisa empujando un cochecito de bebé alto, de ruedas como de bicicleta y capota curva, parecido a un carruaje. El paso de un tranvía volvió a marcar el ritmo de la calle y Sofía avanzó sin apurarse, bordeando el Cabildo de Buenos Aires y, casi sin darse cuenta, tomó por Bolívar. En la siguiente esquina, una librería le salió al paso. Se acercó al vidrio, casi instintivamente dio dos pasos atrás y levantó la mirada. El nombre apareció, pintado sobre la madera, en un dorado gastado que no buscaba llamar la atención. Librería de Ávila.
Adentro, los estantes cargados, los libros dispuestos sin apuro que no esperaban ser vendidos sino encontrados hicieron palpitar el corazón de papel y tinta de Sofía que sin pensarlo dos veces empujó las puertas batientes y entró. Del otro lado del mostrador el librero escuchaba con atención a un hombre que sostenía un volumen abierto, señalando un pasaje con el dedo. Vestido de impecable traje oscuro, el nudo de la corbata exacto, el bigote recortado, la mirada fija, recitaba en voz baja con una quietud que no era duda sino decisión:
–Primogénita ilustre del Plata / en solar apertura hacia el Este / donde atado a tu cinta celeste / va el gran río color de león…
–Soberbio don Leopoldo –sonó la voz del librero asintiendo. Era la cara, era la forma y sobre todo las palabras. ¡Por supuesto!, estuvo a punto de exclamar Sofía: Leopoldo Lugones y aquellos versos eran del poema “A Buenos Aires”, en Odas seculares. Sin embargo, algo le decía que guardar silencio en aquel Buenos Aires era la mejor alternativa, por eso retrocedió un paso, después otro, se dio vuelta. La puerta de la Librería de Ávila se cerró a su espalda sin ruido y la calle volvió a recibirla con esa calma medida que ya no le resultaba ajena. Caminó sin apuro, bordeando nuevamente el Cabildo de Buenos Aires. La plaza seguía allí, intacta, como si nada hubiera ocurrido y a unos pasos, la boca del subte abierta en la vereda. Con manos trémulas se asió a la baranda de hierro, lo último que vieron sus ojos fue el cartel esmaltado: Plaza de Mayo. Luego el aire volvió a espesarse, pisó casi sin pisar los escalones finales antes de desembocar en el andén que seguía tal y como lo había dejado minutos atrás. Contra toda predicción no había una formación esperándola. Algo la empujó más allá, hacia un pasillo lateral que, angosto, la invitaba a descubrir un nuevo derrotero. Esta vez, la guiaron los carteles indicadores suspendidos desde lo alto: “Combinación Línea B” y más allá, el pasillo se estrechaba, luego se ensanchaba, volvía a doblar: “Combinación Línea D” y las paredes cambiaban apenas de tono, los azulejos ya no eran exactamente los mismos y sus pasos cantaban con un eco extraño. Siguió. Otro cartel. Otra flecha. En algún punto sintió un leve vahído, dejó de intentar orientarse, el túnel la llevaba. Cuando volvió a encontrar el andén, el cambio ya estaba hecho. Las paredes estaban cubiertas por azulejos esmaltados que representaban diferentes escenas. Cada imagen se descomponía en cuadrados exactos, como si la historia hubiera sido cortada en fragmentos iguales. De cerca, parecían quebrarse, a la distancia, encajaban perfectamente. Había figuras en movimiento: caballos lanzados hacia adelante, cuerpos inclinados, brazos en alto, banderas que parecían avanzar aunque el esmalte las fijara en el aire. Los colores ocres, celestes, rojos apagados, no buscaban imitar la realidad sino ordenarla. El nombre de la estación aparecía integrado en la pared, sin separarse de la escena: Diagonal Norte…
Una fuerza extraña la conducía dentro de un mundo que a todas luces no era el de siempre. La gente tampoco era la de siempre. Las mujeres vestían faldas largas y zapatos de taco aguja; los hombres, sin excepción, llevaban traje y corbata. Las niñas calzaban zapatos de charol y faldas tableadas; los varones, pantalones cortos y cárdigans como pequeños adultos prematuros. Nadie parecía advertir nada extraño, incluso Sofía sintió que nadie percibía su presencia y se dejó arrastrar por aquella ciudad que era y no era la suya. No había escaleras mecánicas y a esta altura ya no le sorprendió volver a pisar los escalones de mármol blanco, gastados, verdaderas piezas de museo que la conducían hacia el exterior. Se dejó llevar por la marea humana, más rala, más ordenada que la conocida.
Olvidada del recorrido de siempre siguió subiendo en busca del exterior y casi estaba preparada para ver lo que vio: otra vez una Buenos Aires que reconocía por fotografías más que por memoria. Un tranvía avanzaba lentamente por la calle adoquinada, los hombres vestían trajes oscuros, sombrero, bigote prolijo, incluso bastón. Las vidrieras tenían un secreto encanto de filigranas que de alguna manera la subyugaron, sobre todo las confiterías, una de ellas le llamó la atención. Un cartel impreso en tipografía cuidada, anunciaba algo así como una charla cultural o una conferencia: Buenos Aires es una ciudad que espera, Leopoldo Marechal, Hoy martes 21.30 hs.Se alejó un par de metros y contempló la fachada estilo Belle Époque, mesas de mármol, espejos biselados y vitrales y sobre la marquesina de hierro y bronce pulido el nombre del sitio: Confitería Ideal.
Sintió un estremecimiento, un nudo en el estómago y se restregó los ojos como quien intenta sacarse el sueño de encima, aquel sitio no era una Confitería más y aquella frase que leyó sobre el cartel no era una frase cualquiera, era de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, y era la que había elegido como acápite para su tesis justo la noche anterior y entonces como quien comprueba un dato equivocado, leyó nuevamente: Hoy martes 21.30 hs. No había lugar a dudas, hoy es hoy, pensó y entonces descubrió, se dio cuenta con estupor que estaba en Buenos Aires, sí, pero en la década del ’50.
De golpe como si ella misma lo estuviera realizando por pura necesidad, un torbellino sacudió el pasado y antes de que pudiera reaccionar, sintió una succión, el pasadizo volvió a abrirse a sus espaldas y una fuerza suave pero insistente la empujó de regreso. Con la suavidad de las acciones cotidianas se posó dentro del vagón justo cuando las puertas se cerraban y el tren avanzó. Cuatro estaciones, cuatro estaciones, repitió casi con miedo. Y en la cuarta el tren entró muy lentamente. Y con la aparente normalidad de una silenciosa premonición que se cumplía, comprobó que todo volvía a repetirse. El andén ya no mostraba los techos altos sino una línea más clásica, sostenido por vigas simples, brindaba una sensación de espacio contenido. Las paredes, revestidas en azulejos rectangulares de tono claro, se extendían sin interrupciones. No había columnas y el recorrido se abría limpio, directo, apenas cortado por bancos de madera adosados a la pared. El nombre de la estación aparecía en placas rectangulares, sin énfasis: Florida.
La luz amarillenta había sido reemplazada por una más blanca, sin matices, sin el refugio de las sombras como si la modernidad la hubiera alcanzado. Aunque no del todo, a juzgar por los anuncios que lentamente pasaban delante de la ventanilla: tipografías elegantes, nombres de tiendas, telas, relojes, editoriales. Cuando la formación se detuvo, sin dudarlo Sofía pisó el andén. Más allá un pasillo oscuro por el que se adentró. Casi sobrevolando el piso, se dejó conducir hacia arriba. Y arriba, una esquina y en la esquina, una placa esmaltada, fondo oscuro, letras blancas apenas gastadas en los bordes con el nombre de la calle Florida que iluminada pero sin exceso se abría en una línea continua. La vereda, ancha y lisa, devolvía un brillo tenue bajo los pasos. Los hombres caminaban despacio, algunos detenidos frente a los escaparates, otros conversando en voz baja. Sombreros, trajes oscuros, el gesto medido. Las mujeres pasaban sin apuro, sosteniendo carteras pequeñas, como si lo que llevaban dentro era solo lo que la decencia dictaba. Las vidrieras se sucedían una tras otra, cuidadas hasta el mínimo detalle: telas expuestas con una precisión casi geométrica, zapatos alineados, relojes suspendidos en pequeños soportes, libros dispuestos como si acabaran de ser tocados. En los vidrios, los nombres se imponían: Harrods, Gath & Chaves, Grimoldi y una librería: Mitchell’s, con volúmenes en inglés alineados con una prolijidad casi excesiva, más allá la librería El Ateneo, claro que la fachada no era la que Sofía recordaba, esta era mucho más rococó y acompañaba el estilo del entorno. Y entonces, tras un parpadeo, Sofía se descubrió atisbando la vidriera de la Confitería Richmond, adentro observó, totalmente sorprendida, nada más ni nada menos que una reunión del grupo Sur, lo supo cuando vio la inconfundible estampa de Bioy Casares y su esposa, Silvina Ocampo. Comprendió entonces que aquel Buenos Aires, el de ayer, el de los libros, no había desaparecido del todo, sino que seguía esperando, paciente, estoico solo hacía falta un parpadeo.
Parada en medio de la calle Florida, justo cuando llegaba a la conclusión de que aquel viaje la estaba desestabilizando, esta vez no se abrió un pasaje, ni un pasillo sino un espacio sin forma definida, una suerte de pasarela suspendida en el aire, Sofía sintió miedo y una duda tremenda, por primera vez pensó en no volver, en quedarse allí, fuera de su recorrido diario, fuera del reloj. Pero el sonido del subte regresó, insistente, como un llamado inevitable. Y movida por una energía ajena, el vagón de siempre la recibió otra vez.
Abrió los ojos y levantó la cabeza de su brazo. A su lado, un joven de jeans y pelo enmarañado leía un libro que sostenía en sus manos. Contra su voluntad, Sofía era consciente del repudio que eso causa en los que leen, espió todavía un poco desbordada por sobre el hombro del joven y reconoció una frase, como si alguien se la susurrara desde muy lejos: “¿Quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?”. Evidenciando su incomodidad el chico cerró el libro de golpe y Sofía vio la tapa: Rayuela, ante la evidente incomodidad del joven, esbozó una sonrisa de disculpa y pensó, Cortázar siempre acudiendo al auxilio de quienes no encajan del todo en la realidad, y si algo representaba a Sofía esa mañana era la ubicuidad.
El altavoz anunció la estación, todo había vuelto a la normalidad. Pantallas encendidas, publicidad, gente apurada.
El kiosco de diarios seguía en su lugar. El vendedor sentado en un taburete alto la miró como si acabara de hablar con ella y entonces comprendió que estaba en el punto de partida y antes de que todo volviera a trastocarse se apresuró a preguntar:
–Usted… ¿dijo algo acerca de Buenos Aires? –balbuceó, insegura.
El hombre levantó la vista y como si la palabra Buenos Aires activara en él una cuerda mágica sonrió.
–“Hay ciudades que solo se dejan ver una vez –respondió– y luego se cierran, para no volver a abrirse nunca más«. Y con un sonriente suspiro agregó: –Las ciudades Invisibles de Italo Calvino. Mientras subía las escaleras hacia la superficie Sofía pensó que el mismo quiosquero era un poeta. El viento áspero volvió a golpearla en el rostro. La ciudad de arriba seguía funcionando como siempre: ruidosa, gris, indiferente. Todo parecía igual. Caminó hacia su casa tranquila, mezclada con la multitud. Bajo sus pies, en el estrépito del subte, Buenos Aires seguía respirando desde el pasado: una ciudad con alma y corazón, que latía obstinada, sin penas ni olvido.
Pensó que quizás la ciudad no era solo ese presente que se aguanta, sino también todo lo que persiste debajo, esperando: las voces, los libros, los gestos, las noches que no terminan de irse. Entonces, sin saber por qué, tarareó en voz baja, como si alguien se lo dictara desde los túneles o desde la memoria misma de la ciudad: “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá más penas ni olvido”.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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