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Intertextualidad… ¿Con qué se come?

Hay tardes en que la inspiración me encuentra leyendo y entonces me sorprendí: ¡no solo leo sino que también aprendo! Hace unas cuantas tardes estaba leyendo, recopilando material para otro artículo que espero hayan leído: “Lo breve si bueno…” en ese momento me topé con un mini cuento que incluí en dicho artículo: La mariposa de Chuang Tzu. No voy a trascribir el minicuento, vayan al artículo que además del minicuento no tiene desperdicio.
Y allí estaba, en mi periplo de investigación cuando di con otra maravilla del género breve y en ese momento balbucee “Eureka”, no sé si de emoción o porque ese guiño de la lectura me hacía sonreír en complicidad con ese autor que me estaba sometiendo a un juego muy divertido. El autor de marras es Augusto Monterroso, el texto híper corto que había encontrado es La cucaracha soñadora y dice:

Érase una vez una cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha.

En ese momento, ya no exclamé ni balbuceé, simplemente me llamé a silencio y recapitulé. Lo que acababa de leer me remitía al mini cuento de Chuang Tzu pero caramba, también despertaba en un rinconcito de mi cerebro la conexión con la Metamorfosis de Franz Kafka. Las maravillas de la lectura pensé y también deduje que era imposible introducir de golpe, en un solo texto, ese sinfín de pequeños descubrimientos que iba haciendo, por eso me guardé esa epifanía para otra ocasión. Este artículo amerita esa ocasión.

Bien, bien, basta de suspenso que esto no es una novela policial, estoy hablando de la intertextualidad. Y sé que muchos de ustedes se preguntarán ¿y eso con qué se come? Vaya nombrecito para mencionar algo que no es tan complejo como pareciera. Para explicarlo en buen cristiano, la intertextualidad existe cuando, por ejemplo, en una obra literaria existe una relación entre ese texto y otro.
La intertextualidad es una especie de jueguito intelectual que el autor de una obra nos propone y que exige ciertas competencias, y aunque suene académico no lo es tanto porque se anuncia desde la sorpresa para pasar al asombro y nos planta en la cara esa sonrisa placentera de descubrir en unos a otros. En unos textos a otros, porque eso es la intertextualidad.
El concepto intertextualidad está formado por el prefijo inter que significa relación, interconexión, entrelazamiento y textualidad, es decir ese conjunto de propiedades que determinan la existencia de un texto. La intertextualidad considera al texto como un tejido o una red, un terreno donde se cruzan y se ordenan textos que proceden de muy distintos discursos. Mediante la intertextualidad, los autores encuentran un recurso que les permite entretejer tanto voluntaria como involuntariamente discursos que permiten al lector activar su mente para interpretar símbolos, mitos, etc. Se puede plasmar con referencias a otros textos de la misma época o de otra, literales o parafraseados, del mismo autor o de otros.

Como lectores somos el producto de lo que hemos leído y somos el resumen de lo que hemos vivido, conocido, experimentado. Pongamos por ejemplo que leemos una historia sobre un caballero andante, uno cualquiera, nos vendrán a la cabeza inmediatamente otros caballeros como el Rey Arturo, el Cid Campeador y hasta una simulación del caballero que era el Don Quijote. En ese momento y sin darnos cuenta, estamos utilizando la intertextualidad. Y siempre que leemos algo e inmediatamente lo asociamos con otros textos (sean relatos, cuentos, novelas, ensayos, etc.) estamos dejando que la intertextualidad trabaje a nuestro alrededor.

Los autores lo hacen de forma permanente al escribir, nada es nuevo bajo el sol y relacionar un texto con otro mediante citas, alusiones, paráfrasis (todos sinónimos de intertextualidad) es casi un recurso obligado.

Pero no solo de citas, paráfrasis o alusiones se trata, la intertextualidad puede extenderse al tratamiento de una temática en particular, por ejemplo, la del protagonista desde dos personalidades diferentes, temática que ha sido abordada por Mario Benedetti en su cuento El otro yo y también por Jorge Luis Borges en su cuento Borges y yo, y por Italo Calvino en El vizconde demediado.
A veces, este recurso logra instalarnos una sonrisa en el rostro. Tal es el caso del libro de cuentos de Roald Dahl, Cuentos en verso para niños perversos. En este libro, Roald Dahl nos invita a pensar los cuentos de hadas clásicos desde otro lugar, poniendo en juego otros elementos para contar la misma historia. El resultado es muy divertido.

Pero ojo que el plagio es otra de las formas de intertextualidad. Se entiende por plagio la copia de obras ajenas o el apropiamiento de citas de otro autor sin especificar las fuentes.
Uno de los puntos más importantes en la intertextualidad es la manera y la intención con las que el autor aborda el tema en su texto y un plagio es un plagio en tanto y cuanto el autor haga alarde de propiedad intelectual. Y entonces se estaría cometiendo un delito intelectual.

Pero ¿Dónde termina la inspiración de un texto en otro y dónde comienza el plagio?

Veamos algunos ejemplos que pueden o no considerarse plagios, en realidad ninguno ha sido llevado ante la justicia.
La casa de las doncellas durmientes de Yasunari Kawabata y Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez.

García Márquez aclaró en su última novela que tomó como inspiración La casa de las doncellas dormidas. Sin embargo, cabe destacar que dicha aclaración no lo libró de las acusaciones de plagio. En los dos libros se aborda la historia de un hombre mayor que encuentra más placer y amor en una joven inocente e inexperta que con cualquiera de las otras mujeres que había conocido en el burdel o fuera de él.

Poema 30 de Rabindranath Tagore y Poema 18 de Pablo Neruda.
Se acusó a Neruda de hacer una transcripción casi literal del poema cuando podría haber jugado con la idea parafraseando al poeta hindú.

La cena de Alfonso Reyes y Aura de Carlos Fuentes.
El primero es un cuento con Alfonso como protagonista, y la segunda es una novela corta con Felipe Montero como personaje principal. En ambos encontramos a un protagonista despistado que termina involucrado en una tríada con dos personajes femeninos y fantasmagóricos un tanto hechizado por la atmósfera que gravita alrededor de estas dos mujeres. Ambas situaciones terminan en una revelación terrorífica para Alfonso y Felipe.

Barba Azul de Charles Perault y La cámara sangrienta de Angela Carter.
En estos dos relatos tenemos como protagonista a una joven curiosa que desobedece la orden explícita de su nuevo esposo de no husmear más allá de lo permitido; cae en la tentación y utiliza la llave prohibida que le fue entregada como una innegable provocación. En este caso la autora del cuento más reciente nunca niega su fuente de inspiración, incluso señala su propio texto como ejercicio de escritura postmodernista.

Aunque parezca un plato difícil de digerir, la intertextualidad termina siendo la frutilla del postre porque es un recurso de esos autores que antes de escribir han leído, han sido buenos lectores. Y ojo que no se trata de demostrar al escribir “cuánto sé”, sino más bien de poner lo que he leído al servicio de lo que escribo. Y es que intertextualidad se come (se disfruta) con lecturas y lecturas y más lecturas…


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