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Pasarán más de mil años…

No hace mucho descubrí una prosa inigualable, de un candor y un brillo como pocas.
Mi descubrimiento hacía rato que ya era record de ventas, eso no me amedrentó, me tiré de cabeza, me zambullí en la lectura y no pude parar. Valía la pena, por eso seguí buceando.

Y así conocí el maravilloso mundo de Carlos Ruiz Zafón. Y qué difícil resulta luego de entrar en el universo paralelo de sus libros, intentar encontrar una lectura que cuanto menos lo iguale. Tardé mucho tiempo en encontrar algo parecido pero eso no interesa, lo que importa es que cada vez que recuerdo por ejemplo la saga de El cementerio de los libros olvidados, cada vez que recuerdo la Trilogía de la niebla o sus cuentos, un dolor inmenso me atenaza el pecho porque sé que deberé conformarme con leerlas una y otra vez, que nunca llegarán más.
Y es que Carlos Ruiz Zafón nos abandonó prematuramente, el día 19 de junio del 2020 abandonó esta existencia con solo 55 años. Cuántas historias se han privado de ver la luz bajo la pluma de uno de los mejores narradores de este siglo XXI. Cuántos entrañables personajes como Daniel Sempere, protagonista de la saga El cementerio de los libros olvidados o como Max a quien supimos acompañar a lo largo de la Trilogía de la Niebla, cuántos habrán quedado flotando en el éter de su creatividad y nunca conoceremos.

Sin embargo y aunque pasarán más de mil años, siempre será posible recibir la caricia de este barcelonés que nos dejó la impronta gótica de una ciudad de sueños realizables o imposibles, una ciudad a la que amó desde las entrañas, una Barcelona que muchos descubrimos de su mano.
Su Barcelona está cubierta de niebla y brumas, cuando en realidad es un enclave netamente mediterráneo, ahí actúa la mano del creador, admirador de Charles Dickens, dibujando ambientes más londinenses que otra cosa. Pero es su Barcelona y la magia es que el lector crea en ella. El propio Zafón dijo, en una entrevista que (…) “por lo que respecta a la Barcelona física, los elementos son realistas y la geografía está escrupulosamente respetada, siempre y cuando el relato lo permita, porque hay ciertos elementos de fantasía urbana. A veces me he inventado una parada de tranvía donde no la había o he alterado la ruta de un autobús” (…) “la Barcelona del cementerio de los libros olvidados es más que un escenario, es un personaje, al que quería darle una personalidad, una atmósfera, y al que quería escribir escenas para que se pudiera lucir” (…). Para el autor, pasear por todos esos lugares era como (…) “recorrer diferentes épocas de la ciudad, evocar el pasado” (…).

Un pasado gótico, modernista y misterioso. Lleno de brumas londinenses. Y al leer nos sumergimos en esas brumas que por otro lado tienen un enorme sentido ya que el exterior es una réplica de las brumas internas de los protagonistas, y los libros son la barca que ellos utilizan y nos prestan para transitar rodeados de magia, del sortilegio que solo las palabras impresas pueden regalarnos una y otra vez.
“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte”. Zafón pone en boca del padre de Daniel Sampere (protagonista de La sombra del viento y los demás libros de la saga), lo que él mismo siente en contacto con los libros, lo que cada lector a partir de ese primer tomo sentirá de allí en adelante. Y es que esa frase es casi una premonición del destino de sus propios libros, porque el alma de Zafón late en cada libro suyo y en cada libro se quedará anidando nuestra propia alma esperando que regresemos y volvamos a leer una y otra vez esas páginas donde ese pedacito nuestro se quedó esperándonos hasta la próxima vez, hasta la próxima lectura.

Amante de la novela del siglo XIX e influenciado por autores como Fedor Dostoievski, Leon Tolstoi o Charles Dickens, el español crea su propio estilo: un híbrido de muchos géneros, en el que aparecen mezclados con excelencia: la tragedia, la novela policial, la sátira, la comedia de costumbres, la intriga y la novela de amor. Antes de él no se ha visto una mezcla semejante, sin duda llegarán con el tiempo autores que intenten emularlo y eso reafirmará el valor literario de Zafón.
Y es que sus obras tienen ese no sé qué predestinado a perdurar. Solo el tiempo dirá si sus lectores se multiplicarán a través de los años, y terminará convirtiéndose en un clásico. Desde mi modesta opinión me aferro a las palabras de Italo Calvino: “Para mí, los clásicos son esos autores o libros que me enseñan algo nuevo, que me conmueven y me hacen querer atesorarlos para siempre”. Decir adiós no es irse y su muerte prematura no fue sino un guiño del propio autor que nos habla desde sus libros: (…) “En mi mundo, las grandes esperanzas solo viven entre las páginas de un libro”.
Y entre las páginas de sus libros nos esperará siempre Carlos Ruiz Zafón. Por eso, me animo a hacer mía otra de sus frases: “Existimos mientras alguien nos recuerda”.
Sus historias ocuparán un anaquel en la Biblioteca del mundo y allí estarán esperando para que dentro de mucho tiempo, alguien las descubra y llegue para darme la razón: Pasarán más de mil años y te seguiremos leyendo.


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