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Cuando un amigo se va…

Miembro de la Real Academia Española. Candidato favorito en español para obtener el Premio Nobel de Literatura. Obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona, el Rómulo Gallegos, el José Donoso, el Liber, rechazó el Premio Nacional de Narrativa de España y fue elegido miembro internacional de la Royal Society of Literature. Muere a los 70 años Javier Marías, para sus lectores, muere un amigo, queda un espacio vacío.

Cuando uno entra en el corpus narrativo de un escritor de la talla de Javier Marías primero lo hace con cautela, el renombre de un autor a veces asusta, más tarde es inevitable seguir leyéndolo y con el tiempo se convierte en nuestro amigo. Parafraseando la canción de Alberto Cortez, la partida del escritor español deja ese espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo.
En la obra de Marías confluyen varios temas explorados con la curiosidad de ese niño que vive en el alma de todo escritor y plasmados con la pasión de quien ha hecho de las letras su modo de entender el mundo: la intimidad, el deseo, la búsqueda de la verdad y el tiempo, aparecen regularmente en sus obras.

En 1971 publicó su primera novela Los dominios del lobo. Después vinieron Travesía del horizonte (1973), El monarca del tiempo (1978), El siglo (1983) y El hombre sentimental (1986), por la que obtuvo el Premio Herralde, Berta Isla y tantos más. Marías tradujo a Thomas Hardy a Joseph Conrad y a Laurence Sterne, entre otros.

El más Shakesperiano de los españoles, se declaraba admirador de “el bardo de Avon” y lucía con orgullo en cada una de sus presentaciones en público un prendedor con el rostro de William Shakespeare, de quien dijo alguna vez: “Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe «adivinar»”.
Sus compatriotas lo admiraba, Arturo Pérez Reverte destacaba el placer de leerlo y Eduardo Mendoza destacó su estilo. Javier Marías no era para cualquier lector, no escribía de un modo lineal ni ortodoxo sino más bien desbordando la narrativa convencional creó un estilo propio, pulido y estéticamente elegante como él mismo lo era.

“En el mundo de la ficción se vive mejor; es un mundo ficticio, un mundo que es un espejismo, pero en las horas en las que escribo ficción cada vez me siento más cómodo”. Dijo alguna vez. Lo cierto es que quienes lo consideramos nuestro amigo, seguiremos encontrándolo en sus historias, en sus artículos escritos con la delicadeza, la pasión y la maestría de un amigo que ha dejado un espacio vacío que solo se puede llenar con cada libro suyo leído.

Hasta siempre Javier Marías, hasta la próxima lectura.


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