Mucho antes de aprender a leer, yo ya había empezado a entrar en los libros. Digo entrar porque nunca me alcanzó con leerlos. Había que cruzar la primera página como quien abre una puerta, dejar los zapatos en algún lugar de la entrada y aceptar que, durante un rato, el mundo de afuera podía seguir girando sin nosotros. Al otro lado, siempre parecía haber una habitación esperándome, aunque entonces no supiera muy bien qué era lo que iba a encontrar en ella. Lo curioso es que nadie me había explicado cómo hacerlo …
Simplemente, un día descubrí que entre las tapas de un libro había sitio para mí. Mujercitas llegó cuando todavía creía que las casas de las novelas eran lugares a los que se podía volver. Las hermanas March discutían, cosían, se enamoraban, cometían errores, y yo me sentaba con ellas en aquella casa que no era la mía, aunque a veces me parecía conocer hasta el crujido de sus pisos. No sabía entonces que estaba aprendiendo algo más que a seguir una historia: aprendía a quedarme. Cuando afuera las cosas no salían como esperaba, cuando una tarde se volvía demasiado larga o una pena no encontraba palabras, bastaba con abrir el libro por cualquier parte. Allí estaban. No me preguntaban nada. Y yo me quedaba con ellas …
Después vino Marianela, y con ella una tristeza diferente, de esas que se instalan despacio, como el frío en una habitación mal cerrada. La Nela me acompañó sin que yo supiera muy bien qué hacer con su desamparo. «¿Para qué estoy yo en el mundo?», se pregunta en un momento de soledad. Y por primera vez comprendí que una podía querer a alguien y, sin embargo, no conseguir salvarlo; que la bondad no siempre alcanza, que hay dolores que no se arreglan con una explicación. Cerré aquella novela con una sensación extraña, como si hubiera perdido a alguien que nunca había conocido. Durante días, algunas escenas volvieron a mi memoria mientras hacía cosas que nada tenían que ver con la lectura. Yo todavía era chica, pero los libros ya habían empezado a enseñarme que la vida no termina cuando se cierra una tapa. Años después, los libros dejaron de ser casas tranquilas y se convirtieron en caminos. Con Los tres mosqueteros aprendí que el mundo podía ser una sucesión de peligros, huidas, conspiraciones y amistades invencibles. Me gustaba aquella promesa de lealtad: «Todos para uno, y uno para todos». La repetía mentalmente con una solemnidad que hoy me hace sonreír. Quizá necesitaba creer que existían pactos capaces de resistir cualquier cosa, incluso las pequeñas traiciones cotidianas, esas que no tienen espadas ni villanos con capa, pero que a veces duelen bastante más …
Luego descubrí a Emile Zola. Las personas de sus novelas no se movían por salones iluminados ni resolvían sus problemas con una aventura heroica. Había cuerpos cansados, hambre, dinero, ambiciones, injusticias. En Germinal, los mineros llevaban su sufrimiento hasta las palabras: «Estamos cansados de morirnos de hambre«, Y yo, que hasta entonces había leído tantas tristezas sin saber muy bien dónde ponerlas, sentía que también me dolía la panza de hambre.
La literatura abría las ventanas y, a veces, entraba un aire menos amable. Yo empezaba a comprender que leer no consistía solamente en escapar de la realidad, sino también en acercarse a ella por otros caminos. Sin embargo, algo permanecía intacto: aquella posibilidad de sentarme con un libro y sentir que el tiempo, por un momento, dejaba de exigirme respuestas. No sabría decir cuándo llegaron los rusos. Estoy segura de que los libros se llaman unos a otros, como sucede con las personas que terminan reuniéndose en una misma mesa sin haberlo planeado y a mi mesa se sentaban autores con nombres tan difíciles de recordar que aún hoy me causan risa. Primero llegó Mijaíl Shólojov y la amplitud de El don apacible, el río, la estepa, las casas, los hombres y las mujeres arrastrados por una historia que parecía demasiado grande para cualquiera de ellos. Después llegó entre otros Poema pedagógico, con sus muchachos difíciles, sus esperanzas obstinadas y esa pregunta que parecía atravesar ambas historias: qué puede llegar a ser una persona cuando alguien se niega a darla por perdida …
En aquellos años en que yo misma me sentía un poco perdida, Makárenko puso ante mí algo que todavía no sabía nombrar: la posibilidad de un mañana diferente. «Educar a un hombre significa educar en él vías de perspectiva, por las que se distribuye su felicidad de mañana».
La literatura rusa me enseñó a desconfiar de las respuestas sencillas. Allí nadie era enteramente bueno ni enteramente malo; hasta los que parecían tener razón llevaban consigo una sombra. Los personajes vivían, amaban, se equivocaban, sufrían, y mientras yo avanzaba por aquellas páginas tenía la impresión de que el mundo se ensanchaba a mi alrededor. Ya no buscaba únicamente historias que me distrajeran. Quería saber cómo era posible que alguien siguiera adelante después de perderlo casi todo, de qué estaba hecha la voluntad, dónde se guardaba esa pequeña porción de vida que se obstinaba en continuar.
Con los años entendí que cada lector tiene su propio calendario. Hay libros que llegan demasiado pronto y otros que esperan en un estante hasta que una aprende a necesitarlos. Guerra y paz permaneció entre mis lecturas como un continente al que regresaba con respeto, consciente de que nunca iba a abarcarlo del todo. Una frase de Tolstói parecía hablarme desde una distancia que no era solamente histórica: «La vida no se detiene, es preciso vivir». La encontré en la historia de la princesa María, y durante mucho tiempo no supe por qué esas palabras se habían quedado conmigo. Quizá porque vivir, a veces, no es una decisión grandiosa, sino levantarse, preparar el café, abrir la ventana y hacer lo que toca, aunque una parte de nosotros todavía permanezca sentada en la oscuridad. Después apareció Cortázar, y una mañana descubrí que los muebles de la realidad habían cambiado de lugar. Ya no podía confiar del todo en las puertas, ni en los relojes, ni en la lógica de las cosas. Una calle podía conducir a otro mundo, un encuentro casual podía haber sido esperado durante años, una rayuela dibujada en el suelo podía convertirse en una forma de buscar el cielo sin abandonar la vereda. Leí Rayuela con la sensación de que alguien había descubierto una pequeña trampa en la costumbre de mirar siempre hacia el mismo lado. «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», escribió Cortázar, y yo pensé que acaso también los libros hacían eso: aparecían cuando todavía no sabíamos qué estábamos buscando. Y hoy sigo releyendo Rayuela, como si entre sus páginas hubiera quedado algo mío que todavía no he conseguido encontrar …
Con Borges fue diferente. Él no desordenaba los muebles: hacía desaparecer las paredes. Una biblioteca podía contener el universo, un espejo podía multiplicar la inquietud, un libro podía esconder otro libro y una palabra conducirnos hasta el borde de algo que no sabíamos nombrar. En su Poema de los dones en su libro El hacedor escribió: «Yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca». No recuerdo cuándo leí esos versos por primera vez, pero sí la impresión de que alguien había pronunciado, con una precisión imposible, algo que yo llevaba dentro desde la infancia.
Para entonces, los libros ya no ocupaban solamente mis horas libres. Habían aprendido a acompañarme en los días que no se parecían a ningún otro. No hacían preguntas indiscretas ni pretendían convencerme de que todo iba a salir bien. Se quedaban abiertos sobre la mesa, esperando. A veces leía veinte páginas; otras, apenas un párrafo. En ocasiones volvía sobre una frase sin poder avanzar, como si hubiera encontrado una piedra en medio del camino y necesitara sentarme un rato a su lado.
Hace poco, una tarde, encontré uno de aquellos volúmenes antiguos. La tapa estaba gastada, las hojas habían adquirido un tono amarillento y entre dos páginas persistía una marca que no recordaba haber hecho. Lo abrí sin buscar nada en particular. Durante unos segundos no supe qué estaba leyendo; después reconocí una frase subrayada con lápiz, la letra de una muchacha que había sido yo.
Me quedé mirando aquella escritura. Había cambiado la forma de mis letras, habían cambiado mis lecturas, mis preguntas, las cosas que esperaba de la vida. Sin embargo, algo de aquella muchacha seguía allí, inclinada sobre la página, esperando que ocurriera algo. No supe qué decirle. Pasé un dedo por el margen, con cuidado de no borrar la nota, y seguí leyendo. Afuera terminaba la tarde. En la casa había ruidos pequeños, el agua de una cañería, un vehículo que pasó por la calle, el golpe seco de una puerta. Todo estaba en su sitio y, al mismo tiempo, por un instante, nada parecía exactamente igual. La muchacha de la letra inclinada y yo compartíamos una habitación que ninguna de las dos había tenido que construir. Bastaba con abrir el libro …
Ya comenzaba la noche cuando cerré el volumen y lo dejé sobre la mesa. No lo guardé en el estante. Quería tenerlo cerca, como se dejan a mano las cosas que pueden necesitarse de nuevo sin previo aviso.
Al día siguiente, seguramente, abriría otro libro. Tal vez una novela que todavía no conocía, tal vez esas páginas que uno relee porque no quiere despedirse del todo de quienes viven en ellas. No sabía cuál sería. Tampoco importaba demasiado.
La habitación seguía allí. Yo había aprendido a reconocerla en lugares distintos, a cualquier edad, con cualquier libro entre las manos. Y mientras la tarde terminaba de apagarse, me pareció escuchar el leve ruido de una puerta que se abre.
No era la primera vez.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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