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Miauuu…

Nos arañan la tapicería, nos despiertan a horas insólitas solo porque ellos no duermen de noche, se trepan por las cortinas, o se enrollan plácidamente sobre nuestras camas como si fueran las suyas. Y sin embargo, los dejamos hacer, los malcriamos, los justificamos simplemente porque hay algo en ellos que nos hace adorarlos. Los gatos.

Venerados desde la antigüedad son en el presente una mascota irreemplazable porque además requieren los mínimos cuidados, son autónomos, limpios, silenciosos y desde Balzac a Cortázar han seducido a los amantes de las letras entre los cuales me incluyo.
Los gatos han sido personajes de la literatura desde la Antigüedad. Muchos dioses asumían forma gatuna y aunque algunas mitologías consideraban a los gatos como animales de mal augurio, civilizaciones como la egipcia los adoraba al punto de erigir templos dedicados a los gatos que tuvieron un rol preponderante en la cultura del Antiguo Egipto fundamentalmente por un tema religioso, ya que, como felinos, pertenecen a la misma familia de animales que el león que era, para los egipcios, la representación del Dios del sol Ra. Se los asociaba sobre todo con la protección en contra de alimañas (como serpientes y escorpiones).
Si buceamos en la literatura de todos los tiempos, desde siempre parece haber existido un vínculo muy especial entre escritores y gatos. Por citar algunos ejemplos mencionaré a Lord Byron, Charlotte & Emily Brontë, Mark Twain, Truman Capote, Carson McCullers, Borges, W. Burroughs, Ezra Pound, Bukowski, Ray Bradbury, Julio Cortázar, Philip K. Dick, Hemingway, Hermann Hesse, Aldous Huxley, Neil Gaiman, Edward Gorey, Murakami, y aunque parezca extensa, la lista sigue.

Elegantes, misteriosos, independientes, interesados, ariscos y adorables al mismo tiempo, simpáticos, ágiles, cabezones, ocurrentes y, sobre todo, les gusta ser los protagonistas. No es de extrañar entonces que en materia de letras escritas, de historias contadas, los gatos ocupen un lugar tan privilegiado en la literatura como lo ocuparon en la vida de Nefertiti, Ramsés II o Cleopatra. Y como les encanta ser el centro de atención los gatos no escatiman esfuerzos a la hora de contar sus propias historias.
Es sin lugar a dudas una fórmula arriesgada la de cualquier escritor poner en la voz del narrador al mismo gato que protagoniza la historia.
Pero, como sin lugar a dudas el mismo autor los conoce tanto como se conoce a sí mismo, utiliza la receta de comentar el mundo desde la perspectiva felina.
El mismísimo E.T.A. Hoffman se atrevió a darle voz a un felino en El gato Murr donde con viva imaginación, apoyada en una notable y sutil observación, Hoffman mezcla con incisiva ironía romántica la biografía del maestro de capilla Kreisler y la estrechez de miras de un burgués pedante, acercándonos un verdadero fresco de la sociedad del 1800.
Y quizás hasta nos parezca un juego ponerle voz a un gato si nos adentramos a una historia donde además le pone sentimientos. Es lo que hizo Honoré de Balzac en sus Penas de amor de una gata inglesa y entonces nos asomamos a la sociedad inglesa del XIX donde una gata inglesa conoce el amor y sus efectos entre las patas de un gato francés.

Y como la literatura nos permite estas cosas, viajemos raudamente al siglo XX y cambiemos de escenario para descubrir que los japoneses también entienden de gatos. Momoko y la gata de Mariko Koike es un claro ejemplo. Una peculiar mezcla de amor y suspense, en la cual la gata Lala desempeña un papel principal, rayano en el terror psicológico que nada tiene que ver con el que sienten los dueños de gatos cuando los ven quedarse con la mirada perdida en algún punto indeterminado del más allá. Una joyita para los que admiran la estilizada prosa japonesa.

Un pasito más y nos instalamos en pleno siglo XXI donde comprobamos que por más avances que la humanidad crea haber alcanzado, los animales siguen dándonos una lección de vida que nos acerca más nuestra esencia. La historia quizás más mediática de los últimos tiempos, que dio incluso para una película, es Un gato callejero llamado Bob del inglés James Bowen. Tanto éxito tuvo Bob que el mismo gato se convirtió en estrella y ya tiene en su haber dos historias más: El mundo según Bob y Un regalo de Bob.
Mr. Peter Wells fue el nombre del gato del escritor H. G. Wells; Topaz, el de Tennessee Williams; Catarina, la gata de Edgar Allan Poe, Chopin, el de F. Scott Fitzgerald, y a lo largo de su vida, Mark Twain disfrutó de la compañía de numerosos seres gatunos apodados Apollinaris, Beelzebub, Buffalo Bill y Satan.
Jorge Luis Borges tuvo dos gatos llamados Odín y Beppo. Según declaraciones del propio Julio Cortázar: “en la casa de Banfield, a las afueras de Buenos Aires, gatos era lo que más había”. Pero en la vida del eterno Cronopio hubo dos mascotas que recibieron mimos sin medida: Teodoro Adorno y Flanelle.

“Caminan con una dignidad sorprendente, pueden dormir veinte horas al día, sin duda y sin remordimiento: estas criaturas son mis maestras”, dijo Charles Bukowski. Y yo, sin conocer a Bukowski, siento que desde mi niñez los gatos me rodean, me buscan y por supuesto es simplemente porque me encandilan, me subyugan y los admiro por su independencia, por su personalidad, por su forma de estar en la vida como si el universo entero les perteneciera. Y si quieres un consejo: la próxima vez que te acerques a tu biblioteca presta atención, si escuchas un suave ronroneo es posible que agazapado en un anaquel o acurrucado junto a tu libro favorito te espere ese ser peludo de largos bigotes que muchos creen que tan solo es una mascota.

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