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Esa puerta de entrada

A veces me descubro pensando en la literatura como en una comarca especial, una isla, un país, un continente, un mundo, un universo.
Una forma de colonizar ese universo es a través de la lectura. Leer nos hace diferentes y capaces de entender que ese territorio no es virgen, que hay cientos, miles de autores que nos precedieron.

La lectura es nuestra primera arma de conquista de un territorio donde solo ingresan los más osados y donde los más empecinados y apasionados son capaces de adentrarse sin medir las consecuencias. Para llegar a la escritura, debemos comenzar por el primer paso de un largo camino que quizás haya empezado al descubrir las primeras letras, las palabras, esas que nos deslumbraron cuando de niños supimos que una “m” seguida de una “a” representaba “ma” y si repetíamos la serie llegábamos a escribir “mamá”.
Sin embargo, la escritura del escritor (profesional o aficionado) nos plantea el desafío de un camino que se prolonga, no basta con haber aprendido a encadenar sílabas o palabras, será necesario “aprender a escribir”. Y para eso basta con poner un pie en el mundo de las palabras, esas que fabrican mundos, que hacen posible lo imposible y real lo imaginario. El día que de verdad nos sumerjamos en las profundidades de la palabra escrita, entenderemos o al menos intuiremos que estamos perdidos para siempre, condenados a nadar en un mar de ensueños, de paradojas, de verdades y de fantasías tan reales como la vida misma. Y ese conjuro extraño y eterno para quien lo recibe surte su efecto por medio de la lectura.

Porque de la mano de la lectura inevitablemente se llega a la escritura, en sentido inverso no funciona. Todo buen lector a la larga se convierte en un escritor. Bueno o malo ya no dependerá de la osadía sino del empecinamiento y la pasión, de comprender el arte. Leer es el principio, emocionarse con lo que otros han escrito es el puntapié inicial y créeme que si te conviertes en un lector voraz, intrépido, infatigable, capaz de emocionarse, siempre se operará la magia de pretender, de desear y por fin de intentar emocionar al otro por medio de tu propia escritura. Si alguna vez has sentido esa sensación, permíteme decirte que estás perdido para siempre: las palabras te habrán atrapado y tarde o temprano te descubrirás escribiendo.

Leer, escribir. ¿Dónde está la diferencia? Se trata simplemente de pararse alternativamente de un lado u otro, de una vereda somos los que proponemos o escribimos, de la vereda de enfrente gozamos, aceptamos el trato que todo autor nos propone y que como autores propondremos alguna vez: hacer de cuenta que… que el mundo que escribo es cierto, que el mundo que leo es real, aunque más no sea durante el breve instante en que dura la lectura o nuestra escritura de esa realidad.

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