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Categoría Adolescentes

1º Puesto

El trinar de los horneros

de Lara Ubierna

Cocinás los cubitos de manzana con azúcar, manteca y una pizca de canela. Hay que revolver de a ratos, pero no te movés de la cacerola y dejás que el vapor dulce te humedezca la cara. Más allá del burbujeo de las manzanas, el trinar de los horneros y la canilla que cada tanto abrís para enjuagarte los dedos, la casa está callada; no se escucha la silla de mimbre rechinar, la tele murmurando bajito, el crujir de las hojas de diario, que van pasando desinteresadas apenas deteniéndose en la sección de deportes. Hoy estás sola. Y tampoco se escuchan los silencios: esos suspiros incesables, las conversaciones inconclusas, el alivio de poder abandonar las sonrisas forzadas cuando por fin llega la noche y lo único por hacer es echarse en la cama, cerrar los ojos y cerrar la boca, que ya es tiempo de dormir.
A la mañana, Lucas te ofreció acompañarlo a la oficina para que no te quedaras sola de nuevo; es el segundo día que sale a trabajar desde el último mes, y parece ser que ayer, la primera vez que te deja sola, te notó rara. Se dio cuenta de que no hiciste la cama en todo el día y de que no abriste las persianas, que solo tomaste café y que no retomaste el libro que habías empezado a leer al final del último trimestre ̶ el señalador seguía puesto en la misma página. Pero aunque te insistió mientras cenaban y te volvió a insistir cuando apagaron la luz del velador, y te despertó para insistirte nuevamente a las seis y media de la mañana, vestido de traje y con olor al perfume Polo que hacía tiempo no le notabas, no quisiste ir. Estoy bien, le dijiste acomodando la almohada. ¿Me prometés que hoy vas a hacer algo? Cocinar, escribir, regar las plantas, algo, linda. Sí, le dijiste.
Los cubitos de manzana ya están casi transparentes y apagás el fuego. A Lucas le encanta la torta de manzana; es la misma receta que horneaba tu abuela cuando eras chiquita. La hoja donde está esa torta es la más curtida, salpicada en almíbar y pegoteada con huellitas de manteca. Después de tantas veces de preparársela a Lucas, ya te sabés de memoria.
Es el único gesto de amor que por el momento podés ofrecerle: una torta de manzana tibia, concebida por tus propias manos. Todavía no podés devolverle las caricias sugestivas que te confiere después de dar varias vueltas en la cama, o los besos que te planta en el cuello cuando te abraza por detrás, mientras te lavás los dientes frente al espejo y lo ves, deseándote con esos ojos grandes, hasta que enderezás los hombros y él entiende, él te deja tranquila en el baño. Esto es lo único que podés ofrecerle. Es lo único que podés engendrar.
Estirás la masa en el molde rizado y volcás el relleno de cubitos almibarados, brillando con la luz del sol que se cuela por la ventana sin maceta. Tuviste que tirar las margaritas amarillas que antes decoraban los alféizares porque se te secaron todas. Lucas no sabe nada de plantas y vos, bueno, vos tenías la cabeza en otra parte. Ahora, el nido de horneros es lo único que adorna el frente de la casa. Cubrís las manzanas con el crumble y llevás la torta al horno.
Hay que dejarla dorar unos diez minutos, pero no te movés del cristal que guarece tu obra en proceso; la observás fijamente crecer bajo las luces áureas del horno, próspera, en camino. Lucas llega dentro de una hora, más o menos. Casi que sentís algo lindo: querés sorprenderlo. Por un segundo, desatendés la torta en el horno y mirás hacia el exterior de la ventana, como si el mero hecho de contemplar la cochera fuese capaz de regresarlo a casa antes de tiempo.
Y algo cae justo frente a tu mirada, una sombrita, como un fruto desprendido. Pestañeás varias veces, pero sabés que viste algo caer. Salís al jardín, frotándote las manos por un frío repentino.
Aún parada frente a la puerta, lo reconocés tumbado en el suelo. No te animás a acercarte. Levantás la vista y te fijás en el nido de barro montado sobre el alféizar de tu habitación, pero solo ves una cuevita.
Oscura, solitaria. Nadie se asoma, nadie gorjea. Te acercás dando pasos cortos, pasos lentos, pero no está tan lejos, y pronto, demasiado pronto, llegás. Frente a tus pies reposa un pichón de hornero, muerto, rosado, sin plumas. Los párpados grises son como dos bolitas hinchadas. Tiene el pico abierto, las alas dobladas, la piel de gallina. Lo mirás con las manos abiertas, petrificadas, como si se te hubiera caído un plato. Se te tuercen las piernas y caés al suelo de rodillas, llorando frente al feto sin vida.

Adentro, la torta se te quema.


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2º Puesto

Los ángeles oscuros de la pintura en aerosol

de Francisca Fantini

Nos sentábamos en el último escalón de las gradas de la cancha de fútbol cubierta. Debajo nuestro, los escalones de cemento pintado de verde inglés parecían inmensos. La luz entraba irreal por los paneles de plástico amarillentos del techo, una luz vibrante y sucia, incómoda, que hacía destellar las motas de polvo del aire. Todos los colores del club eran verdosos o grisáceos, excepto por la montaña de pecheras naranja flúo que hacían equilibrio encima de tus piernas dobladas. Yo evitaba mirarte (todavía no me había dado el permiso) y me concentraba en la pelota que rodaba de un lado al otro sobre el pasto sintético. Cuando la pelota chocaba contra la reja de alambre porque un gol había sido errado, el estruendo nos hacía callar por un segundo, como si estuviéramos mostrándole nuestro respeto al fallo.
¿Te acordás del día que vimos peces en el lago artificial del parque? Eran peces largos y grises, que giraban en círculos y se acercaban mucho a la superficie. Nadaban entre chapitas de botellas, latas arrugadas, papeles metálicos de chocolatines, piedras marrones lisas y redondas. Vos me señalaste uno que estaba apartado del resto y se movía lento en línea recta. Te dio pena, a mí no. Nuestros codos se chocaban. A las dos nos sorprendió que el agua estuviera tan transparente, tan obscena.
A veces cuando te llamo ruego en silencio que no me contestes. El pitido largo y agudo del tono de la llamada parece inyectarse en mis tímpanos y pienso que así debe ser el sonido de la amenaza. Cuando mis deseos se hacen realidad y no atendés, me agarra una tristeza terrible. Me enoja ponerme triste porque eso prueba que tenés razón, que no sé qué quiero y me arrepiento de cualquier cosa que hago.
Siempre salimos desabrigadas. Nos tiemblan las piernas apretadas en las medias de nylon mientras esperamos en la esquina a que lleguen los amigos de Ramiro o de Luna o de Pilar, no importa de quién. Nos separamos un poco del resto, vos te apoyás en la persiana metálica de un local cerrado. Con las plataformas puestas sos casi tan alta como yo. Me gusta mirarte a los ojos desde ángulos distintos. Me gusta además cómo te maquillás, las sombras metálicas te quedan muy lindas. Las noches que salimos, por lo general, el cielo está negro y liso. La noche me marea y no me queda muy clara la profundidad de las cosas. Tu mano encastra bien en mi cara. El ala enorme y rota grafiteada en la persiana, a tu derecha, también encastra bien en tus costillas. Pienso en la nota que me pasaste la semana pasada, sobre un grupo de artistas callejeros que hace graffitis en alturas insólitas. El titular los llamaba “Los ángeles oscuros de la pintura en aerosol”.
No te lo dije, pero no me gusta el nuevo perfume que te compraste. Me parece muy acaramelado. Prefiero el de siempre, que es más relajado, amoroso, divertido, atento. No sé mucho cómo explicar los olores igual.
Anteayer te esperé por una hora y media sentada en un banco de cemento. Miré a los nenes pasear de la mano de sus mamás, a los perros correr y chumbarse entre ellos, a un viejo llorar, al cielo condensarse en una sola nube espesa y negra. Justo después de haber escuchado tu audio, tu disculpa ronca y desorientada, la nube estalló. Corrí buscando un techo, pasó un taxi y me salpicó agua en las zapatillas. Pensé que hasta tu manera de regular la crueldad tiene algo de cliché.
Me habías dicho que era tan linda que no lo aguantabas, que me querías tanto que no lo aguantabas. Te acercaste. Fue como si hubieras roto los vidrios de una ventana, las paredes, mis huesos, la taza del día de la madre que no le gustó a tu mamá sobre la mesada. Quedamos a la intemperie, bañadas por un aire veraniego y sedoso. Tus brazos me rodearon, articulados en un espiral pálido de la ternura.
De ese día recuerdo perfectamente la silueta oscura de nuestros vestidos enredados en la silla de oficina de tu cuarto. Me desperté en medio de la noche por una pesadilla. Me costó recordar que me había quedado a dormir en tu casa hasta que me di cuenta de tu pelo que me hacía cosquillas en el cuello. Aunque quería no me moví. Te miré de reojo, cubierta casi totalmente por las sábanas, y después miré el cuarto, las cortinas de gasa de la ventana y el paquete de cereal que había quedado en pie sobre el escritorio, glorioso. Cuando me fijé en el montículo de vestidos me di cuenta que se parecía a un barco hundiéndose.


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3º Puesto

La tempestad

de Beltrán Albareda

Es un viaje largo. Estamos tan adentrados en la ruta que la radio solo agarra estática. Me soplo las miguitas de galletitas del regazo y mi tía abuela me mira desde el asiento de adelante y me las recoge con una servilleta, con mucha fuerza. Me miro las picaduras de mosquito. Tiraron repelente. Trato de arrancar el teclado descascarado del Nokia con las uñas. En un momento lo hago sin pensarlo, y voy levantándolo y poniéndolo de nuevo con los ojos en la ruta. Siempre encontrás algo. Cuando era chiquito aprendía los números contando las antenas de las casas. Cuando trato de jugar a mover los dedos siguiendo el recorrido de los cables noto que en un momento se van por arriba de la ventana y el juego se entrecorta. Bajo los dedos y me vuelvo a fijar en el Nokia. Me subo la manga del pulóver y me miro el brazo hinchado. Me imagino una pelopincho al lado de la ruta. Quedaría rebalsada por el agua de lluvia. En realidad la pile chiquita de la colonia era muy caliente. Nos decíamos que estaba caliente porque los del grupo de 3 a 8 años pillaban adentro.
La pile grande era muy profunda. Nos sentaban en fila india al borde de la pileta, en las baldosas beige, y nos íbamos tirando de costado. Yo bajaba y subía la cabeza. En un momento le hice caso a mi primo y solté todo el aire antes de hundirme, y me quedé en el fondo de la pileta. Me miraba los pies rojos e hinchados, que parecían paletas. Desde abajo veía que el profesor decía algo, se iba, volvía, y cuando al final yo subía tiraba unos palos de hule y las tablas rojas y azules.
Mi tía abuela y mi abuela van pasándose unos dados grandes con las iniciales de una nena que nació hace poco. Me preguntan si fui a la casa y digo que no. Empezó a llover mientras cantábamos La Mar Estaba Serena. La bómber me aprieta un poco el cuello. Mi tía abuela dice que vio un tero mientras yo metía las uñas en el teclado del Nokia, y me pongo muy mal por no haber llegado a ver. Quiero que me lo describan, e insisto mucho pero me desanimo cuando me dicen que es un pájaro gris, negro y blanco. No puedo leer porque voy a marearme.
En un momento, me acuerdo de que el tero es un pájaro gris con espolones rojos abajo de las alas, y que en la colonia de verano le tenían miedo a los teros. En el viaje en auto Nicolás me dijo que un tero le sacó los ojos a un profesor con los espolones, o lo lastimó mucho, mientras daba una clase, o una bandada de teros lo picaron de a muchos. No entendí cuál de las dos era. Cuando llegamos a la colonia, el profesor estaba ahí y no decía muy bien si había pasado algo. Yo no entendía mucho. Me decían que los teros protegían mucho sus nidos, o los huevos. Como es un viaje largo, mi abuela y mi tía abuela se ponen a tejer. Yo miro la pantalla del Nokia que se prende y se apaga. Para afuera no se puede ver nada porque llueve mucho y la ventana queda como una capa de agua. Me preguntan si quiero dormir y yo digo que si el viaje dura menos de un día no me duermo. El tiempo se pasa más rápido. Como hace un rato dejamos de cantar La Mar Estaba Serena solo queda el ruido de la lluvia que golpea el auto. Si tuviéramos una ventana en el techo vería la lluvia desde abajo. Hace un rato se me cayó un vaso de Cepita sobre el asiento y no le dije a nadie. Mi mamá pone el Nokia en la guantera. Por el costado del ojo veo que mi abuela teje como muy concentrada. Por la ventana se pueden ver algunas torres de comunicación que se acercan, y me echo sobre la ventana. Con los ojos llorosos, iba viendo que el campo se hilaba y se iba deshilando también.


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