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Del otro lado del puente

De un lado yo, del otro lado…
A mis pies un suelo conocido, un terreno firme que me sostiene a la tierra, un territorio donde se fijan mis raíces, un enclave que sostiene mis ideas y mis pensamientos. Pero todo es tan inestable a mi alrededor que por momentos elevo la vista, la despliego, la extiendo y sé que más allá, que del otro lado hay un suelo distinto, hay una superficie desconocida, un espacio que me espera. A veces aparece a simple vista otras veces es necesario entrecerrar los ojos e imaginarlo. Un puente.

Los puentes son lugares de tránsito, de cambio, nadie se establece, nadie vive sobre un puente. Porque, un puente une dos partes separadas, indiscutiblemente cruzar puentes supone un tránsito, un cambio, una transformación. Podemos cruzar un puente que une un continente con una isla y descender en un territorio incierto. Más de una vez hemos cruzado el puente que une un andén ferroviario con otro. Nadie se asombrará si le digo que un puente es una construcción que permite salvar un accidente geográfico como un río, un cañón, un valle, una masa de agua, o cualquier otro obstáculo físico, como una carretera, un camino, una vía férrea. La vida está llena de puentes y no solo físicos.
El puente es un símbolo universal, símbolo de tránsito, de pasaje, de búsqueda, de conexión. Un puente nos lleva desde una orilla a otra, quizás de lo conocido a lo desconocido. El Arco Iris se considera simbólicamente un puente que nació para unir el cielo y la tierra a partir del pacto que Dios hizo con la humanidad después del Diluvio.

Los puentes reales o simbólicos, están más presentes en nuestras vidas de lo que suponemos. Y parafraseándome a mí misma volveré sobre un tópico repetido hasta el cansancio: la vida no está fuera de la literatura ni la literatura vive exenta de la vida. Por eso los puentes también están al servicio de las historias que nos reflejan, de aquellas que nos justifican, de esas historias que hablan de nosotros mismos. Los puentes son parte importante de la literatura desde tiempos inmemoriales.

Ya los románticos británicos como William Blake y Coleridge hablaban del “puente” como imagen alegórica que implica cruzar un río o una frontera, como la noción que nos señala el alejamiento de la familia, de lo personal y confortable para sumergirnos en lo desconocido, en un mundo diferente y extraño que nos ofrece otra realidad, que nos aleja de lo nuestro y de nuestra identidad.
La literatura es el puente por antonomasia entre el autor y el lector, o entre los mismos lectores. Cuando conversamos de libros ellos son el puente que nos une, las palabras son el material con que se construyen esos puentes maravillosos.
Y volviendo a la idea de símbolo, los puentes nos permiten traspasar fronteras, físicas y sensoriales. Por eso, los puentes no han dejado de aparecer a lo largo de la historia de la literatura universal.

Un puente puede desafiar a la muerte y al olvido como sucede en “Un puente sobre el Drina” del autor yugoslavo Ivo Andrić. La historia habla de un niño serbio separado de su madre como parte del reclutamiento de súbditos cristianos por parte del Imperio Otomano para obligarlos a convertirse al Islam. El momento de la separación obsesiona a ese niño que de grande hace construir un puente en el lugar donde fue separado de su madre. Antes de que se construya, el puente ya tiene clara su función que es enmendar esas divisiones religiosas. El puente es el símbolo que unirá lo que el hombre (en nombre de las religiones) ha disuelto.

En su novela “Oublier, trahir, puis disparaître” (Olvidar, traicionar, luego desaparecer) el escritor Camille de Toledo subraya que “no es extraño ver, aquí o allá, en muchos libros de nuestra época transitoria, la figura del puente. Nosotros, los últimos nacidos del siglo veinte, nos hemos encargado de unir dos épocas, dos mundos que se dan la espalda”.
Explicarse el porqué de los puentes que pueblan y atormentan la literatura contemporánea significa también cuestionarse sobre el modo en que nuestras relaciones expresan o alteran nuestra relación con el tiempo y con los demás.

En “El puente atravesado”, de Jean Paulhan, la expresión que da título a su libro, abre una primera pista de reflexión que anima a pensar no solamente en un acercamiento, sino también en un descubrimiento de aquello que se nos impone como pasaje, de algo con lo que nos topamos, un desafío, algo que debemos atravesar.
En la conocida novela “El puente sobre el río Kwai” novela de Pierre Boulle, también llevada al cine, la construcción del puente significa para los británicos que han sido tomados prisioneros por los japoneses en la segunda guerra mundial, un castigo y una humillación. Y al mismo tiempo para su protagonista, el Coronel Nicholson termina convirtiéndose en la encarnación del espíritu indomable que ha salvado a sus hombres. Así el puente una vez más se transforma en pasaje de un sentimiento a otro, en la forma de trocar un trabajo humillante en un fenómeno humano y moral. En el campo de batalla espiritual el puente da como ganadores al Coronel Nicholson y a sus hombres.

Un puente puede unir dos ciudades pero también dos corazones. “Un puente a Peulla” de Eloy Gayán, narra la historia de Beltrán Torres, un arquitecto que es convocado para construir un puente que cruce el lago Todos los Santos en Chile y ponga término a un aislamiento involuntario de los habitantes de Peulla. La ciudad del otro lado es Petrohué y allí vive Aylin, la mujer que le quita el sueño a Beltrán y ella es la razón más poderosa para emprender la construcción del puente, que a su vez simboliza la construcción de un puente de palabras entre Aylin y Beltrán.

Julio Cortázar ha construido puentes por un ansia simbólica del viaje y la transición. Los puentes en sus obras muestran el movimiento, el paso de lo real a lo intangible. El puente representa la permutación, el cambio de estado, la energía que se transforma. El puente es un tránsito hacia un yo que se diluye en una bruma incierta, a un yo más completo: a un yo ideal. La figura del puente en Cortázar aparece en innumerables cuentos: “Lejana”, donde el puente aparece como real para la protagonista aunque lo vislumbre en una especie de estado de transición entre lo imaginado y lo vivido. El puente a veces no aparece implícito sino tan solo como una idea de transición como sucede en “El Otro Cielo” donde la figura del puente es realmente un portal, es una galería techada que de un momento a otro nos trasporta de Buenos Aires a París, nos cambia el cielo por las ansias de un rencuentro.Existió en la vida real del escritor, un puente sentimental permanentemente tendido: Argentina de un lado y en la otra punta Francia. En la narrativa de Cortázar, construir puentes significa conciliar los extremos, buscar con ansiedad un lugar propio, experimentar la nostalgia y la pérdida como nuevos rumbos para estimular el crecimiento personal.

Pensar las palabras como puentes que te unen con lugares que aún no conociste, las palabras como puentes para superar obstáculos físicos o emocionales. Pensar los libros como puentes universales atravesando un espacio de kilómetros o un infinito de siglos. Tender un puente entre nosotros y los otros, y al abrir un libro, atravesarlo cada vez que sientas ganas de sentirte mejor.


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