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1º puesto

Después de mañana

de Violeta Jiménez

La madre, luego de sujetar su cabello en forma de rodete con una peineta, abrirá las tres ventanas, incluso la del cuarto del hijo, guardará las tazas del desayuno, barrerá toda la casa, le hablará al perro sobre el desorden del hijo, sacará la ropa seca de la soga, tenderá las sábanas, alimentará a las gallinas y también algunos pájaros, buscará huevos frescos en el gallinero, en la huerta sembrada por el hijo elegirá verduras para el almuerzo, recorrerá rincones de la casa mientras la sopa casi está lista, después de haber cortado el pan tocará levemente los libros del hijo en el armario, acomodará las frutas en una fuente de loza y las granadas preferidas del hijo en un plato más pequeño, se sentará un momento, como casi siempre a esa hora, con los viejos cuadernos del hijo, se detendrá en su letra grande y redonda y en aquel dibujo de un campo lleno de vacas, recordará las agujas y los hilos viendo el costurero y sabrá que el abrigo del hijo necesita varios remiendos.

El padre en los parrales cavará la tierra gran parte de la mañana, después atará las cepas, raleará los granos maduros picados por las aves, controlará el riego cabalgando, montado en el caballo del hijo, dejará para más adelante la poda, ordenará en el establo las herramientas regaladas por el hijo en Navidad, cambiará el forraje de sitio para resguardar la bicicleta del hijo y las monturas, alimentará a los conejos criados junto al hijo, vendrá a la casa después del trabajo en el campo, sacará agua del pozo y colocará una jarra sobre la mesa, colgará en un gancho el sombrero y besará a su mujer.

La madre y el padre después del almuerzo, junto al horno de barro, se sentarán a conversar sobre el hijo enamorado del agua, partirán nueces y almendras, las acomodarán en envases de vidrio, después dormitarán un rato bajo el sol de la siesta otoñal, verán al hijo en el sueño nadar aguas arriba, como buscando el mar. Antes del atardecer la madre y el padre juntos prepararán una gallina, el padre sujetará con firmeza las patas del ave y la madre, con precisión realizará un breve corte luego de haber torcido la cabeza del animal, los últimos estertores del cuerpo sometido anunciarán su muerte inminente, un hilo de sangre caerá con lentitud sobre un plato de lata, reservarán el líquido coagulado como parte de los alimentos, la madre calentará agua hasta el punto de hervirla y lentamente la verterá sobre el cuerpo inerte de la gallina sacrificada, entre el padre y la madre arrancarán las plumas, cortarán la carne y la refrigerarán después, será el sustento de mañana, no habrá labores mañana, se quedarán contemplando sus destinos bajo el olivo, sin hacer casi nada.

Al desvelarse, antes de la medianoche, el padre hablará para recordar mañana es el día, preguntará la madre ¿Qué haremos mañana?, no trabajaremos asegurará el padre, será un largo día pensará la madre y dirá el padre durará solamente un día. Al día siguiente será mañana, la madre y el padre, juntos en la cocina, arrancarán la hoja del calendario con un número oscuro de dos cifras, un número negro de absurdo aniversario pensarán la madre y el padre, recordarán sin hablar el sonido de las palmas al llamar junto al portón de la entrada, la voz al anunciar el hallazgo del hijo retenido en la compuerta del gran canal, ya apagados los últimos estertores del cuerpo juvenil, sometido por la violencia de los remolinos del remanso, el hijo ahogado con aroma a musgo, con resabios en su piel del agua helada y sin piedad, el hijo ya sin dibujar el campo en su cuaderno, sin comer granadas, sin cabalgar la viña, el hijo muy quieto junto al olivo más triste, con su cuerpo guardado dentro de la tierra, con su precioso nombre escrito en una piedra gris.

La madre y el padre continuarán viviendo con el hijo en ellos, después de mañana.


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2º puesto

El semental

de Ivana Antonella Schiaffino

Esta vez me toca a mí. Me toca ir a pegar. Columna me da bien las instrucciones de con quién tengo que hablar, de quién me va a dar la magia. Esa es la palabra clave, me dice que no sea boludo y que no me la olvide porque si no, no te dan nada. Parece que es gente muy estricta. Salgo. La noche brilla. Mi misión: Traer la magia a la mesa redonda, nafta para los pibes, alimentar la jirafa. El clima está ideal así que aprovecho y mientras camino doy mecha. Tengo una tuca guardada en la campera. Aspiro y aguanto. Me siento un rey. Esto debe sentir un tipo trabajador cuando cobra el sueldo y va al súper con la familia. Lo mío también es un laburo pero a otra escala. Miro el reloj, me tengo que apurar, Columna me dijo que también son muy gorras con el horario. No sé si es la adrenalina pero el fasito me pegó bastante. Re pichi. Me corre un frío por la espalda y meto una mano en el bolsillo. Las llaves y nada más. ¿Y la guita? ¿Columna me dio la guita? Qué fumaporro de mierda. Si vuelvo, no llego y si perdí la plata, los pibes me matan. La concha de la lora. Miro el reloj, hago un pique para atrás mirando el piso. En eso un pibe me lleva puesto, nos caemos los dos y me raspo un poco las manos. Escucho un grito y pegada la luz azul doblando la esquina. El pibe me mira y sale corriendo. Ya sé por qué me dio vuelta, era nevado. Trato de rescatarme y el patrullero pasa lento al lado mío. Me habla el oficial por la ventanilla, me pregunta por dónde se fue, le digo que no sé y me invita a subir al patrullero. Digo que no, que todo piola. El poli sale del auto y se me acerca, me ayuda a levantarme del piso y me mira las palmas. Vení negro, te desinfecto. Ya fue, se ve que del cagazo, de que estoy re puesto, vomito. El poli me sostiene la cabeza y yo no puedo dejar de pensar en los pibes, reunidos en círculo sin nada en el medio. Ya veo que voy a tener que llamar a mi vieja para que me rescate. Soy un goma. Qué desperdicio de vida. El cana me sube al patrullero, a la parte de atrás. Posta que es cómodo, está caliente y los asientos son mulliditos. Cierro los ojos para concentrarme, a ver con qué cuento zafo de esto, pero como un boludo me quedo dormido. Sueño con un bloque de agua oscura en el medio de la noche. La luna plateada ilumina el predio. Yo estoy desnudo, pero no tengo frío, soy un caballo. Me veo las patas fuertes. En el lago se está bañando una mujer desnuda. La luna le hace brillar los pezones, los puedo ver a la distancia. La mujer tiene un cuerpo increíble. Relincho y me sale humo por la boca. La mujer tiene el pelo largo, negrísimo. Yo me pongo un poco mal porque ella es una mujer: me metería en el agua para agarrarmela ahí nomás, pero soy un caballo. La mujer me mira y se me acerca, sus ojos clavados en mis ojos. Tiene unas tetas hermosas, para chupárselas toda la noche. Me acaricia el lomo. Yo me la quiero montar, pero es ella la que me abre la boca y me mete la lengua. Yo tengo una pija enorme y me la cojo. Soy un caballo y la hago gozar. Ella está entregadísima. Me muerde con fuerza, los pelos se me erizan y acabo. Ella sigue y yo también puedo seguir, parece que nos vamos a pasar toda la noche así, cabalgando en medio del pasto. Soy un forro. Me despierto y veo que tengo todo el pantalón acabado. El policía me hace señas para que salga y me invita a pasar a la comisaría. Yo espero que no se note. Me saco la campera y me la ato para taparme un toque. Hay un tipo durmiendo en un escritorio al que le da la luz de una tele encendida. El poli me señala el baño y me dice que en el botiquín hay alcohol y algodón. Entro. Me sudan las manos que son un pegote de mugre y sangre. Abro el botiquín, no hay algodón, pero sí alcohol. Me tiro un poco y puteo por dentro. Me enjuago con agua y devuelvo el alcohol. Pero veo algo más… una bolsa mediana. No puede ser. La agarro y pruebo un poco y sí. No es tan buena pero va. Me seco las manos y me doy un saque. Funciona. Ya fue, me meto la bolsa en el bolsillo de la campera y salgo. Mi amigo poli no está a la vista. El tipo sigue dormido sobre el escritorio. Salgo del baño y camino lentísimo hacia la puerta. No hay nadie. El lugar es un hueco silencioso. Salgo a la calle. La noche ya casi está terminando, me doy cuenta por el color del cielo. Empiezo a caminar. Me pongo la campera y toco la magia en el bolsillo. Los pibes deben estar preocupados, pero mañana les llevo la bolsa y se les pasa. Soy un semental. Ahora solo falta convertirme en caballo.


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3º puesto

Cecilia Terciopelo

de Milena González

Para: dramercedesvillanueva@gmail.com

De: gracefernandez_57@hotmail.com

Asunto: sin asunto.

Hola, doctora. Saqué su dirección de un cartoncito que había en el mostrador de la clínica. La secretaria me dijo “agarre un caramelo” y justo al lado de los de menta estaban estos cartoncitos y como que el suyo me llamó. Yo creo mucho en esas cosas ¿vio? En eso de las señales. Todas las navidades una tía mía antes de cortar el pollo lo miraba, se persignaba y decía “el destino es el destino”. Y bueno, acá estamos. Soy Graciela, tengo 60 años y un cáncer de piel que me diagnosticaron a los 58, el día de la muerte de mi hijo Manuel. Imagínese usted lo que es para una madre ver la cabeza de su hijo desangrarse sobre el cordón de la vereda. Ese día sentí que me moría, y más o menos así fue. Lo que no sabía es que la muerte podía ser inmediata y a la vez perezosa. Yo a veces me miro al espejo, miro la mancha y le digo: dale, comeme. Pero no me come. No todavía. Mientras tanto hago tiempo. A veces me siento frente al reloj y frunzo el ceño para ver si puedo adelantarlo. O atrasarlo, no estoy muy segura. Quizás por eso no me sale, porque no me decido. Otras veces saco todos los estudios, los mezclo sobre la mesa y juego a ordenarlos de atrás para adelante. Y de vez en cuando, cuando me animo, me pongo un saco de esos que me gustan y salgo a caminar. Me paro en la fila del cine, compro dos entradas y cuando dan sala digo que estoy esperando a alguien, que ya va a venir. Después salgo corriendo, me meto en alguna cabina telefónica, marco un número cualquiera y juego a adivinar el nombre de la otra persona. Una vez adiviné uno. “¿Héctor?” dije, “¿Cecilia?” dijo él, “sí” dije yo, y hablamos un buen rato. Me gusta ser Cecilia a veces. Cecilia es rubia y hermosa y tiene una piel blanca y lisa. Fue maestra jardinera y ahora es jubilada. Tiene un gato, o dos, y le gusta hacer talleres de macramé. Vivió un tiempo en Buenos Aires pero ahora está en Mendoza y cuando habla respira azul clarito. Y se ríe mucho. Muchísimo. Tuvo varios maridos y se divorció de todos. Opina que es feliz estando lejos, pero cada tanto le gusta llamar a viejos amigos. Héctor gusta de Cecilia. Cecilia no gusta de Héctor. Yo un poco sí. Por eso cuando corto el teléfono me pongo colorada y la envidio muchísimo. Todos los miércoles voy y llamo a Héctor, él siempre dice “justo estaba pensando en vos” y me cuenta una anécdota y yo me hago la que me acuerdo. ¡Qué plato! Le digo. Hace poco Héctor me dijo que un día de estos puede sacar vacaciones en el trabajo y venir a visitarme. A visitarla. A ella. A Cecilia. No a mí (Graciela). Y yo no quiero que vaya a visitarla porque sería un poco injusto, ¿no es cierto? A la semana siguiente no lo llamé para ver si se le iban un poco esas ideas, y a la otra me dijo que tenía algo muy importante para mandarme y me pidió un mail. ¡Casi le paso el mío! ¿Puede creer? Justo me di cuenta y le dije que no me acordaba, que me pase el suyo así yo le mandaba y ni bien llegué a casa me creé uno: ceciliaterciopelo@hotmail.com. No sé por qué terciopelo. Al ratito me contestó con una foto escaneada y algo agrietada por lo vieja, creo yo. Había una chica colorada de pelo largo y lacio, con un vestido a lunares y una capelina abrazada a un chico muy buenmozo, morocho, con una campera de cuero. Los dos sonreían. Se me estrujo un poquito el corazón. Primero porque mi Cecilia era rubia y ésta era colorada y después porque tenía una nariz chiquitita y delicada, no como la mía. En fin, justo unas horas antes de ir para la clínica estuve pensando en eso de que Héctor visite a Cecilia… y justo vi en el cartoncito que usted era cirujana y pensé: bueno… ¿por qué no? ¿y si me tiro el lance y le pregunto? Como para sacarme la curiosidad ¿vio? Yo quisiera saber cómo es el tema, digo ¿uno le lleva una foto y listo? Si le mando ahora esta foto que le digo y una mía, de Graciela, de ahora, ¿Usted me puede decir cuánto me costaría ser Cecilia Terciopelo?


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