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Despacito, suavemente…

Pacientemente esperé a que el sol se abriera paso entre las rendijas de mis persianas, hoy es domingo me dije y tengo tiempo. Pero el tiempo pasaba y… nada. Al descorrer las cortinas lo averigüé: Hoy ha amanecido nublado. Y no solo eso, amenaza lluvia, agregué a mi pensamiento.
No es un día para abandonar la calidez de mi cama sino para saborear. Saborear la calidez, una taza de café y una buena lectura.
Sobre mi mesa de luz una pila de libros me espera, como siempre, la pila se va renovando pero allí están algunos que perduran a través del tiempo para cuando tengo tiempo. Y hoy que ha amanecido nublado tengo tiempo. Sonreí con la taza de café en la mano, tibia todavía, y me regodeé por anticipado. El libro está lleno de marcapáginas con cada frase que en algún momento me erizó la piel. Abro al azar y leo: Eres el dueño de tu vida y tus emociones, nunca lo olvides. Muy apropiado para este día nublado, nadie me corre, un día como hoy es como si la vida se hubiera detenido entre almohadas y almohadones. Bebo mi último trago de café y cierro los ojos. Paladeo las palabras que acabo de leer.
Y es que nunca olvidé querido Principito que soy dueña de mis emociones, solo que el vértigo de la vida, la inmediatez de una sociedad alienada me han hecho guardar en algún rinconcito de mi mente tus palabras. Y hoy que es domingo y ha amanecido nublado, tu pequeña voz tiembla dentro mío y las palabras me acarician una vez más.

El principito no me abandona desde mi adolescencia. Allá lejos y en clase de francés lo descubrí, lo paladeé, lo conocí, lo entendí y allí está, al alcance de mi mano cuando los días como hoy amanecen nublados. Y, ¿por qué disfruto El principito solo los días nublados? Bueno, no es tan así, si me lo propongo, cuando brilla el sol también puedo disfrutarlo, solo que en días como hoy no hay prisa, la ansiedad se toma un descanso y el acto de leer se vuelve lo que nunca debería haber dejado de ser: un acto de placer.
Y esto me hace pensar en ciertas frases que quedan colgadas por ahí: “Devoré el libro en dos días”, “Me pasé la noche en blanco hasta acabar mi último libro”, frases que podrían enorgullecer a cualquier autor pero frases que a veces van acompañadas de otras reflexiones: “Lo leí hace dos meses y no me acuerdo de nada”, “Recuerdo el título pero no puedo acordarme de que trata”, y estas no serían frases que llenaran de orgullo a nadie que se haya dedicado a las letras.

¿Qué pasa? ¿Por qué un libro se recuerda a través de los años y otros ni siquiera permanecen en la memoria?
Leer un libro con rapidez puede entenderse como que se trata de un libro ligero, poco profundo o que no teníamos mucho tiempo libre o por el contrario teníamos tanto que no soltamos el libro hasta acabarlo. Olvidar un libro después de haberlo leído puede significar que no lo entendimos o que se nos pasó por alto el mensaje subliminal del autor o simplemente que tenemos mala memoria o, parafraseando a Borges, diría que debimos haberlo cerrado antes porque ese libro no era para nosotros en ese momento de la vida.
Y es que leer es a veces un acto indomable y nos convertimos en devoradores de libros, acumulamos lecturas sin ton ni son y hasta lo usamos solo como tema de conversación, algunos incluso se jactarán de lo mucho que han leído citando un título tras otro, esos mismos quizás sean los que, si los apuras un poco con preguntas sobre el contenido, sean los que respondan: “Recuerdo el título pero no puedo acordarme de que trata”. Corolario: no siempre se trata de devorar. Leer rápido no es una cualidad, no es lo que destaca un buen lector de un lector mediocre, leer a velocidad supersónica no es lo que distingue a aquel que solo lee para matar el tiempo de ese otro que lee para nutrirse.

Tal vez deberíamos reconocer que esta sociedad apurada es la que nos muestra el camino de la inmediatez en todo lo que hacemos, y quizás en la lectura el camino sea no leer más rápido, sino leer mejor. Elegir bien cada texto, en esto los clásicos nunca fallan y la poesía nunca sobra. Luego, cuando no haya enganche, abandonar sin vergüenza ni culpa, no perder tiempo y energía. Leer lento, por otro lado, es como una meditación, reduce el estrés, mejora el aprendizaje y aumenta el placer (lo cual nos incentiva a dedicarle más tiempo a la lectura).

Hagamos de la lectura un rito parafraseando a Napoleón cuando decía “Vísteme despacio que estoy apurado.” No estés apurado por saber, por leer más y mucho, sino por disfrutar y paladear las palabras y saborearlas como un buen café.

Y como hoy es un día nublado y el sol se niega a brillar yo misma haré mías las palabras de Juan Ramón Jimenez: “¡No corras, camina despacio, que adonde tienes que llegar es a ti mismo!”.

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