Me observo en los vidrios de la calle mientras camino. Cada reflejo me devuelve algo conocido y algo extraño. Me acompaña la voz de Borges: «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos». Intento ver en mí la forma que debería borrar: no solo el rostro, también el rastro que dejo en la gente, en los gestos cotidianos, los registros digitales que me siguen como polillas a la luz …
Antes, la sombra era apenas un fenómeno físico: la proyección inevitable del cuerpo contra el suelo. Ahora sospecho que tiene otros espesores. Una sombra estadística, una sombra algorítmica, una silueta compuesta de búsquedas, clics, recorridos, palabras mal escritas en la madrugada. Camino por la avenida con pasos calculados. La sombra sobre la vereda se estira y encoge con la luz del atardecer. Pero hay otra que no cambia con el sol, una sombra que no depende del clima sino de la conexión. Debo aprender a medir la distancia entre mi cuerpo y mi rastro: la línea que separa lo que soy de lo que otros creen de mí. Quiero aprender a desaparecer no como un acto violento sino como un desvanecimiento metódico, un desplazamiento silencioso que se alcanza solo cuando nadie te busca ni te escribe ni te regala un «like», que se alcanza cuando pasas a ser un usuario inactivo …
Pienso en El proceso de Kafka, en ese hombre acusado sin saber de qué, vigilado sin saber por quién. Hoy el tribunal no necesita oficinas ni funcionarios: funciona en segundo plano, en servidores remotos, en términos y condiciones que nadie lee. Hoy uno puede ser acusado de cualquier cosa y ser culpable aun demostrando lo contrario. No estoy seguro de que puedan acusarme de algo pero presiento que mi expediente cibernético crece solo. Cada día. Con cada conexión. En cada café que frecuento, cada tren que tomo, cada parque donde descanso, se vuelve un riesgo …
El mundo cotidiano se convierte en un tablero de ajedrez y yo, pieza silenciosa, aprendo a moverme en diagonal, a saltar líneas que antes parecían seguras. Me programo para cambiar horarios, rutas, posturas, comentarios, incluso susurros en voz baja.
Ya no entro dos veces al mismo sitio virtual y menos con el mismo dispositivo. Ya no compro a la misma hora. Ya no leo noticias desde enlaces directos. Todo parece ser captado por antenas invisibles que persiguen mis gustos, mis conversaciones, ¿perseguirán también mis ideas? A veces tengo la certeza de que sí, de que incluso mis pensamientos generan una vibración mínima que alguien, en algún lugar, sabe interpretar. Cómo explicar sino que pienso en un electrodoméstico y la pantalla de mi celular me los ofrece, pienso en zapatillas y el sistema responde proponiendo mil marcas de zapatillas.
«El Gran hermano te vigila», escribió Orwell en 1984 y en otro pasaje lo mostraba: «Nada era ilegal, puesto que no había leyes, pero las detenciones ocurrían invariablemente». Inventar internet fue inventar la persecución total, el miedo constante a ser descubiertos en nuestra intimidad. Cada gesto cotidiano se vuelve información potencial por eso intento denodadamente desvanecerme y de a poco voy logrando disolverme. Paso del estado sólido o rentable al estado líquido o previsible, luego llegará el estado gaseoso. En cualquier momento espero por fin evaporarme …
A tal punto he empezado a convertirme en aire que en la librería donde compraba novelas antiguas, nadie me recuerda. Lo extraño no es la indiferencia, sino la forma en que mis hábitos de antaño parecen no desaparecer y me esperan entre las sombras de los estantes. Cada libro es un eco de mí mismo que persiste aunque ya no toque la página, aunque ni siquiera piense en ese libro. Pero como decía Cortázar: «Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo». Hace un rato me descubrí observando desde lejos mis antiguas costumbres, como si fueran de otro. Recuerdo el último celular que terminé tirando por el inodoro, aquella máquina sabía mejor que yo quien soy, quien era, ya nunca sabrá quién seré. Las plataformas llegaron a decirme qué quería leer antes de que yo mismo lo supiera. Al final debo admitir que Michel Foucault tenía razón cuando en Vigilar y castigar, escribió: «…la visibilidad es una trampa» …
Yo acepté sin saberlo y caí en la trampa.
Aun así debo dejar en claro que aceptar desaparecer no es borrar la memoria propia, sino aprender a convivir con la verdadera memoria, a dejar atrás la memoria colectiva que no es la mía, ni la tuya. A veces me gusta pensar que soy un poco como Pessoa que multiplicó identidades para diluirse, se fragmentó en todas y en ninguna, y aun así cada una tenía su propia vida. En algún sentido, intento hacer lo mismo, a veces me invento nombres para que no sepan que soy yo, para no saberme parte de ese flujo interminable de redes y algoritmos que registran cada gesto, para poder existir sin ser rastreado. Para poder ser yo mismo nuevamente.
Por eso, he aprendido a hablar menos. Cada palabra pronunciada es un hilo que puede anudarme a otros. Incluso al silbar, al suspirar, puede que deje trazos de mí como el caracol que va dejando su baba marcada en las piedras que roza. Y es lo que quisiera lograr: modular el tono, reducir las cadencias, ser neutro, alcanzar una callada quietud, que nadie me extrañe, que nadie me busque, que nadie me mande un solo mensaje. Confucio llega en mi auxilio para ponerse de mi lado: «El silencio es un amigo que nunca traiciona».
No solo debo silenciar la voz hablada, también la escrita. Cada mensaje es un registro. Cada ironía puede ser literalizada fuera de contexto. Cada duda puede archivarse. Don DeLillo escribió en Ruido de fondo que todo se reduce a “un murmullo lejano y constante… como almas muertas balbuceando al borde de un sueño». Yo lo escucho incluso cuando todo parece callado.
De a poco voy descubriendo los espacios que puedo ocupar sin dejar constancia. Los bancos del parque, los vagones del tren, los pasillos del subte. Lugares donde el cuerpo todavía existe sin intermediarios. Lo intento una y mil veces hasta que mis gestos se vuelven meticulosos, neutros, casi invisibles. Cierro la mochila con un aleteo de mariposas, cada mínimo movimiento cuenta, porque en ellos residen las inverosímiles probabilidades de desaparecer sin que nadie note mi ausencia, evitar incluso que alguien me busque …
Aun me quedan algunos detalles. El correo electrónico, las redes, los pagos, los registros de acceso: cada bit es un hilo que puede tirar de mí hacia la luz. Aprendo a borrarme lentamente, a sustituir nombres por iniciales, a crear versiones falsas de mí que puedan asumir esa presencia imprescindible para algunas cosas solo las mínimas, aquellas que me permitan seguir vivo.
A pesar de mi puntillosidad me asusta pensar que incluso al desaparecer, puedo quedar atrapado en los datos, en los archivos, en la memoria virtual o real de quienes no comprenden que ya no existo de la misma manera. Mejor lo planteó Paul Auster, en «La habitación cerrada« de La Trilogía de Nueva York: «Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que se cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado».
Por eso, con actos mínimos, voy armando mi desaparición a nivel global.
Y llegará el día en que dejaré de recibir recomendaciones, ofertas, propuestas. Nadie me sugerirá nada. Ningún anuncio me hablará. Ninguna notificación me reclamará. Entonces habré logrado algo más peligroso que desaparecer: habré dejado de ser rentable, predecible, clasificable. No tendré un perfil. Seré lo que deseo ser, un Usuario inactivo

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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