El día comenzó con una normalidad tan precisa que resultaba sospechosa. Café negro, pan tostado, un vaso de jugo. Nada fuera de lugar. Nada que exigiera una explicación. El bar era uno de esos espacios que yo llamaba intercambiables: podía ser cualquier bar, en cualquier ciudad, en cualquier época del año. Mesas pequeñas, bullicio contenido, una barra con las delicias del día y, como siempre, mi elección inevitable: una mesa junto al ventanal, con vista a la calle. Y un libro …
Elegía ese lugar porque me permitía observar sin participar. Desde allí, la realidad se presentaba como un texto abierto que no exigía ser vivido, solo leído. Había desarrollado esa costumbre con los años, quizá como una forma discreta de defensa. Ver sin intervenir. Estar sin estar del todo. «Cada mañana… el mismo ritual… un esfuerzo por mantener el mundo en su lugar y a mí misma dentro de él», dijo alguna vez Virginia Woolf, y yo que soy obediente no me atrevía a contradecirla.
Aquella mañana el vidrio estaba empañado y devolvía una versión borrosa del exterior. La calle parecía una ilustración mal impresa: autos sin contornos definidos, peatones reducidos a manchas en movimiento. Pensé que esa distorsión leve era un buen resumen del mundo. O, al menos, de la forma en que uno aprende a tolerarlo: «…… un esfuerzo por mantener el mundo en su lugar» …
Mientras removía el café pensé que la literatura ha explicado la locura mejor que cualquier facultativo. No como falla del pensamiento, sino como fisura. Como una grieta por la que se filtra algo que la razón, por sí sola, no alcanza a procesar. Recordé mis años de estudiante, cuando, fascinado por el cuento Eleonora de Edgar Allan Poe, subrayé una frase que nunca olvidé: «no está esclarecida la cuestión de si la locura es o no es lo sublime de la inteligencia». En ese entonces me había parecido una exageración romántica. Ahora, en cambio, me sonaba a advertencia. Miré alrededor. Esbocé una sonrisa al ver que nadie parecía interrumpir su rutina, no soy el único Virginia, pensé. Todos desayunaban con una eficacia desmedida, como un loco cuando se empeña en parecer cuerdo: repitiendo gestos con precisión mecánica, evitando toda variación innecesaria. ¿Estaría realmente en un bar o aquello era el salón comedor de un manicomio? Desestimé la duda, conocía aquel bar, sabía dónde estaba pero …
¿Y si la verdadera demencia no es salirse del orden, sino obedecer perfecta y silenciosamente disimulando la fisura bajo la apariencia de un día cualquiera?
Por suerte tenía los libros que siempre sostuvieron mis dudas existenciales e inmediatamente recordé a Erdosain, el protagonista de Los siete locos de Roberto Arlt, condenado a pensar hasta el delirio en una sociedad que no admite grietas. Volvió a mí esa frase seca y brutal: «El delirio es un sistema». Comprendí entonces que la locura no siempre se manifiesta como caos. A veces es un intento desesperado, hasta lúcido, de imponerle sentido a un mundo que ha dejado de tenerlo.
Saqué un libro del bolsillo del abrigo. No recordaba haberlo guardado, pero allí estaba: Pensamientos, de Blaise Pascal. Me inquietó la coincidencia. Lo abrí al azar y leí: «Los hombres se creen cuerdos precisamente porque están locos». Cerré el libro con una sonrisa breve. Pensé que Erasmo había escrito aquello siglos atrás, y sin embargo parecía describir con precisión quirúrgica el bar en el que me encontraba. El mozo pasó a mi lado. Noté que su reflejo en el vidrio tardó un segundo más de lo debido en acompañarlo. Nada grave, me dije. Un error de percepción. Sin embargo, ese retraso mínimo fue suficiente para instalar una sospecha incómoda: tal vez no era yo quien observaba la locura del mundo, sino que el mundo, con paciencia clínica, ensayaba conmigo su mirada. En un intento por no quebrar esa línea de pensamientos que me llegaba de la nada y me otorgaba una especie de desordenada lucidez saqué el celular …
Acababa de pensar en Misery, ese libro de Stephen King llevado también a la pantalla grande y busqué una frase que no recordaba puntualmente. Finalmente di con ella: «La línea que separa la cordura de la locura es más delgada que el filo de una navaja y mucho más traicionera». Nadie lo expresó con más simpleza y veracidad que el rey del terror, me dije. Y justo cuando acaba de ponerle palabras a mis pensamientos, algo empezó a resquebrajarse, aunque no supe decir qué. El bar seguía siendo el mismo, pero el espacio entre las mesas parecía ahora más profundo. No más grande sino más hondo, una hondura en la cual los objetos exigían ser pensados de otra manera para poder existir. Ya no eran tridimensionales, eran cuatridimensionales y estaban atravesados por una, ¿lucidez excesiva?, que los volvía imposibles de tolerar sin consecuencias. Y las consecuencias no tardaron en llegar. Una voz profunda llegaba desde otro plano: «La locura es un sueño que se tiene despierto». Miré para todos lados pero nadie se otorgaba el hecho de haber hablado, confundido sentí un miedo pegajoso hasta que la voz volvió: «no te asustes, soy yo Julio Cortázar, esa frase está en Rayuela, ¿la recuerdas?» …
No me atreví a responder, si hay algo peor que escuchar voces, pensé, es responderles. Ya no dudaba, se había instalado en mí la certeza de que aquella normalidad tan precisa era sospechosa.
Sin embargo, me aferré a la rutina pero parecía no ser suficiente porque mientras untaba manteca sobre una tostada un suave soplo a mi lado me hizo girar la vista. Sobre la silla a mi lado apareció un libro. No podría afirmar si se materializó de a poco o de golpe, en aquel espacio nuevo todo parecía de una lucidez demencial. En la tapa leí: El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Me quedé inmóvil porque todo parecía lógico incluso que el libro se abriera solo, con un leve crujido, en una página que parecía la más apropiada. Leí: «No sé si estoy loco o si soy cuerdo; si estuviera loco, sería cuerdo, y si estuviera cuerdo, sería loco». Cerré el libro despacio. La locura no se explica, no admite definiciones ni posturas es más bien una sospecha persistente sobre la estabilidad de lo real, pensé, después de todo nunca se está del todo cuerdo ni del todo loco. Y esa reflexión me acercó la tranquilidad de que no todo estaba perdido en mi estado mental. Con el salvaje convencimiento de ya no ser el mismo, levanté la vista y me pregunté, por primera vez con cierta seriedad, si no estaría volviéndome loco. El bar seguía lleno, intacto en su apariencia, pero algo se había corrido de lugar. Los sonidos llegaban amortiguados, como si al hacerlo atravesaran miles de páginas; las voces parecían leídas en voz baja, el tintinear de la vajilla se había vuelto blando, y el ruido de la calle entraba por el ventanal como una cita mal recordada. Miré el reloj de la pared: marcaba la misma hora en que había llegado. Sabía que habían pasado varios minutos, pero las manecillas permanecían inmóviles, como si también ellas dudaran de la sensatez de ese momento …
Pensé que algo se había corrido de su lugar y sentí, sin saber por qué, una incomodidad difícil de disimular como cuando alguien se viste con ropa que le han prestado. ¿Puede ser la locura como la ropa prestada? Enseguida advertí lo insólito del pensamiento y, sobre todo, que no dejaba de pensar en la locura; sin embargo, lejos de intranquilizarme, esa idea empezaba a acomodarse en mí, como una prenda ajena que, con el uso, deja de molestar y comienza a parecer propia. De golpe como un latigazo silente sentí esa extraña sensación de quien estuvo bajo el agua más de la cuenta y toma la primera bocanada de aire que reconforta pero también golpea.
Bajé la vista, allí estaba mi taza. El café estaba frío. Afuera, la calle seguía su curso con una normalidad ejemplar. Los sonidos habían recuperado su volumen habitual. Miré el reloj: los segundos se sucedían con la lógica de siempre, los minutos también. Nada de que alarmarse. Pagué la cuenta. El mozo me devolvió el cambio con su sonrisa de siempre. El reflejo en el vidrio lo acompañó sin demora. Me levanté, me ajusté el abrigo y salí a la calle. «Estoy loco solo cuando sopla el viento del nornoroeste; cuando sopla del sur, sé distinguir un halcón de una sierra», pensar en Hamlet de alguna forma me había devuelto la certeza de que tal vez no se trataba de estar cuerdo o loco, sino simplemente de determinar de dónde sopla el viento. Mientras caminaba por la calles de mi ciudad, tuve la certeza de que la locura no es una enfermedad, sino una forma de descanso. Un intervalo necesario. Un elogio secreto que la razón se concede a sí misma para poder continuar. Al final de cuentas como dice el refrán popular: «De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco».

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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