Hay libros que terminamos y olvidamos. Y hay otros que permanecen abiertos durante años en una misma página.
No hace falta imaginar una biblioteca inmensa. Basta mirar la propia. Sobre una mesa de luz descansa un libro con el señalador detenido en la página 47. Cada noche nos prometemos retomarlo. Después pasan los días, luego las semanas. El polvo empieza a cubrir la tapa. Finalmente otro libro ocupa su lugar y, casi sin advertirlo, aquella historia queda suspendida en la página cuarenta y siete…
Cuando volvemos a abrir ese libro ya no recordamos con precisión cuándo dejamos de leerlo ni por qué. Tal vez la novela avanzaba demasiado despacio. Quizá el trabajo, una preocupación o simplemente el cansancio nos alejaron de ella. Lo cierto es que el abandono rara vez ocurre de un momento para otro. Es un alejamiento silencioso.
Con el tiempo comprendemos que la página 47 nunca fue solamente una página. Se convierte en el lugar donde una lectura quedó en suspenso. El libro permanece idéntico; quien empieza a cambiar es el lector.
Durante mucho tiempo pensé que dejar una novela sin terminar era una especie de traición, como si entre el autor y quien lee existiera un pacto tácito que obligara a llegar hasta la última página. Hoy sospecho que esa idea dice menos sobre los libros que sobre nuestra manera de entender la lectura. Y la pregunta no es por qué dejamos un libro. La verdadera pregunta es qué significa abandonar en la página 47…
Desde la escuela aprendimos, casi sin advertirlo, que leer consiste en llegar al final. Terminar un libro pasó a ser una medida del éxito de la lectura, casi una prueba de perseverancia. Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario. Todos recordamos novelas que leímos de principio a fin y de las que apenas conservamos una escena. En cambio, hay libros que nunca superaron la página 47 y, sin embargo, siguen habitando nuestra memoria. Quizá porque la página, sea cual fuere, nunca habla solamente del libro. Habla del lector. Del momento de la vida en que una historia dejó de dialogar con nosotros…
No siempre porque hubiera agotado lo que tenía para decir, sino porque nosotros ya no podíamos escucharla. A veces creemos que abandonamos una novela porque no era buena. Y, desde luego, algunos libros no consiguen sostener nuestro interés, pero esa explicación rara vez alcanza. La esencia del motivo no está en el libro sino en quien lee. Ninguno de nosotros es el mismo lector a los 20 que a los 50 años. Cambian las experiencias, las pérdidas, las expectativas y hasta la paciencia con la que nos acercamos a una historia. Por eso una misma novela puede parecernos deslumbrante en un momento e indiferente en otro.
José Ortega y Gasset escribió en Meditaciones del Quijote: «Yo soy yo y mi circunstancia». Aunque no hablaba de la lectura, pocas ideas describen mejor el encuentro entre un lector y un libro. Nunca abrimos una novela desde un lugar neutro. Leemos desde una edad, una memoria, una alegría reciente o una preocupación persistente, todo eso se sienta a leer con nosotros. Entonces, la página cuarenta y siete deja entonces de ser el lugar donde abandonamos una historia. Es el lugar donde dejamos de ser el lector que éramos.
La historia de la literatura ofrece innumerables ejemplos de esa relación cambiante entre los lectores y los libros. En El lector común, Virginia Woolf advertía: «El único consejo que una persona puede dar a otra sobre la lectura es que no acepte ningún consejo». Cada lector establece con una obra un vínculo irrepetible, condicionado por su sensibilidad y por el momento en que la encuentra. Umberto Eco desarrollaría años después una idea semejante en Lector in fabula cuando escribió: «Todo texto es una máquina perezosa que le pide al lector que haga parte de su trabajo», lo cual parafraseado sería equivalente a decir que un libro nunca está completamente terminado hasta que un lector participa activamente en su interpretación. Quizá por eso desconfío de frases como «este libro es para todo el mundo» o «este clásico hay que leerlo». Ningún libro es para todos, del mismo modo que ningún lector permanece igual a lo largo de su vida, ningún clásico es obligatorio salvo que entre en consonancia con nuestro «yo» lector…
La literatura nunca ha funcionado como un catálogo de respuestas universales. Se parece mucho más a una conversación. Y toda conversación depende tanto de quien habla como de quien escucha.
Desde esa perspectiva, abandonar un libro deja de ser un fracaso para pasar simplemente a la constatación de que ese diálogo todavía no era posible.
Quizá todos los lectores tengamos una página cuarenta y siete. No siempre pertenece al mismo libro. A veces ni siquiera es realmente la página cuarenta y siete. Es ese lugar donde una lectura quedó suspendida porque la vida siguió escribiendo otras páginas.
Es probable que con el correr de los años, un día, casi por azar, volvamos a abrir aquel libro y encontremos el señalador allí, donde habíamos interrumpido la conversación y retomemos la lectura sin las expectativas de entonces y, aunque las palabras no hayan cambiado, descubrimos con sorpresa que ya estamos en la página ciento veinte. Casi sin advertirlo llegamos al final. Y es que, a pesar de todo el pasado que pende sobre ese libro, ocurre algo extraordinario: no continuamos con la lectura interrumpida, leemos otro libro y comprobamos que quien ha cambiado es el lector.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la lectura: los libros no envejecen con nosotros, los lectores, sí. Y acaso por eso algunos libros permanecen abiertos durante años en la página 47. No porque les falte un capítulo, sino porque todavía les falta un lector.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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