“Anoche soñé que despertaba”. La frase es mía y se me acaba de ocurrir pero bien podría pertenecer a cualquier cuaderno íntimo, también podría ser una maravillosa primera frase para abrir una novela. Podría tratarse también de la vaga inquietud de quien acaba de regresar de un territorio extraño…
Los sueños han sido, desde siempre, la zona más hospitalaria de la incertidumbre. En ellos aceptamos sin resistencia lo imposible: conversamos con muertos, regresamos a casas demolidas, caemos sin tocar el suelo y tantas otras imposibilidades se hacen posibles. Mientras soñamos, la lógica abdica y todo parece obedecer a una coherencia secreta inmanejable desde la vigilia. Esa naturalidad de lo improbable es, acaso, la primera lección que la literatura aprendió del territorio onírico: que lo inverosímil puede resultar íntimamente verdadero si la emoción lo sostiene. En ese pliegue, donde el sueño se disfraza de vigilia y la vigilia sospecha ser un sueño, la literatura ha encontrado uno de sus territorios más fértiles. Desde los relatos bíblicos hasta la narrativa contemporánea, los sueños han sido no solo materia argumental, sino una herramienta para cuestionar los límites entre lo real y lo ficcional. ¿Qué ocurre cuando el escritor convierte lo onírico en arquitectura narrativa? ¿En qué punto el lector deja de distinguir el suelo firme del aire?…
La literatura moderna comenzó a sospechar de la realidad mucho antes de que la física cuántica la declarara inestable. En el célebre episodio del capítulo VIII de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, el caballero de la noble figura confunde molinos con gigantes; no sueña, pero vive como si soñara. La ensoñación de Don Quijote se vuelve un modo de estar en el mundo, en parte sueño y en parte relato, como si la realidad misma necesitara ser narrada para adquirir forma o más bien para ser aceptada. Lo que vemos depende de la historia que nos contamos y la historia que nos contamos nos facilita el transito sobre este mundo.
Ver no equivale a comprender, realidad puede ser sinónimo de ficción y vigilia confundirse con sueño. Siglos más tarde, el sueño dejaría de ser metáfora para convertirse en punto de partida narrativo. En La metamorfosis, de Franz Kafka, la historia comienza con una frase tan sencilla como inquietante: “Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto”. No hay explicación, no hay transición, no hay justificación simbólica inmediata. Lo imposible irrumpe con la naturalidad de un hecho cotidiano. La pregunta ya no es si estamos soñando, sino qué hacemos cuando lo absurdo se instala en plena vigilia…
Kafka no usa el sueño como adorno filosófico; lo introduce en el corazón mismo de la realidad y nos obliga a aceptarlo. El efecto es perturbador porque no rompe el mundo: lo desplaza apenas unos centímetros, lo suficiente para revelar su fragilidad, lo imprescindible para convertir la realidad en una pesadilla o ¿viceversa? Ese leve desplazamiento de la realidad vuelve a aparecer en El proceso, otra de las ficciones de Franz Kafka donde el mundo cotidiano se vuelve súbitamente incomprensible. Josef K. despierta una mañana y es arrestado sin saber por qué. Nadie explica el motivo, nadie parece conocer el origen del proceso y, sin embargo, todo continúa con una normalidad inquietante: los funcionarios aparecen y desaparecen, los interrogatorios se realizan en edificios comunes, la vida diaria sigue su curso mientras la lógica del juicio permanece inaccesible. Como en los sueños, el protagonista intenta comprender las reglas de un sistema que se le escapa, pero cuanto más se esfuerza por descifrarlas, más opacas se vuelven. El lector reconoce entonces una sensación familiar: la de habitar un mundo que parece obedecer a una ley secreta que nunca termina de revelarse. Kafka no describe un sueño; describe una realidad que funciona exactamente como un sueño o quizás sea un sueño que parece emular la realidad…
Pero el siglo XX llevó esa frontera a un territorio más inquietante. En La interpretación de los sueños, Sigmund Freud propuso que los sueños revelan deseos, temores y pensamientos ocultos del inconsciente. La literatura, que ya había intuido la fuerza de lo onírico, encontró en esto una manera de explorar la mente más allá de la vigilia. Con Freud, el sueño dejó de ser solo un tema narrativo o un recurso metafórico: se convirtió en una ventana hacia lo profundo de la conciencia, capaz de inspirar nuevas formas de ficción que incorporaran directamente el mundo interior del ser humano. La literatura no tardó en explorar esa posibilidad. En Las ruinas circulares, de Jorge Luis Borges, en su libro Ficciones un hombre llega a un templo abandonado con un propósito singular: soñar a otro hombre hasta darle existencia real. Noche tras noche imagina cada detalle de ese ser —su corazón, sus huesos, su memoria— hasta que finalmente logra enviarlo al mundo como si fuese una criatura verdadera. Solo al final descubre que él mismo es también el sueño de otro. El relato lleva la lógica onírica a su extremo: si los sueños pueden crear realidades, entonces la realidad misma podría no ser más que el sueño de alguien más. Borges transforma así la antigua sospecha literaria en una paradoja metafísica: no sabemos si soñamos o si somos soñados…
Algo similar ocurre en La noche boca arriba, de Julio Cortázar, incluido en su libro Final del juego. Un motociclista accidentado alterna entre la sala de hospital y una persecución azteca. El lector cree que la segunda es un delirio febril, hasta que el relato invierte la perspectiva: la modernidad era el sueño; lo real era la selva y el sacrificio. Cortázar construye un dispositivo narrativo que obliga a revisar las certezas perceptivas. El sueño no es evasión, sino revelación.
En todos estos casos, el sueño funciona como una grieta en el pacto de verosimilitud. El lector acepta las reglas del juego, pero el juego cambia de reglas. La crítica ha llamado a este fenómeno “lo fantástico”, aunque la etiqueta resulte insuficiente. Más que introducir elementos sobrenaturales, estos textos cuestionan la estabilidad del mundo narrado. El sueño, al ser una experiencia universal y a la vez íntima, ofrece un puente perfecto entre lo cotidiano y lo inexplicable, una excusa ficcional para establecer ese delgado límite entre lo vivido y lo soñado.
La pregunta, entonces, no es solo cómo se representan los sueños, sino qué hacen los sueños en la ficción. A menudo operan como zonas de libertad formal. Permiten alterar la cronología, fusionar tiempos históricos, disolver identidades. En Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, la realidad cotidiana convive con episodios que parecen surgidos directamente del territorio onírico: peces que caen del cielo, soldados que nunca envejecen, conversaciones con gatos, bibliotecas que parecen existir fuera del tiempo. Nada de esto se presenta como un milagro ni como una ruptura del mundo, sino como una variación casi imperceptible de lo real. Murakami construye así una atmósfera donde los acontecimientos más improbables se integran con naturalidad en la experiencia cotidiana, como ocurre en los sueños. El lector avanza por la narración con la misma intuición con que atraviesa una noche de imágenes inconexas: aceptando que la lógica puede ser secreta, pero no por ello inexistente. La literatura contemporánea, atravesada por tecnologías que registran y reproducen la experiencia, ha intensificado esta pregunta. Si la realidad puede editarse como un video y las identidades pueden multiplicarse en redes digitales, ¿no vivimos ya en una ficción compartida? El sueño literario anticipó esta sospecha: que la realidad es una narrativa consensuada…
Sin embargo, el riesgo de lo onírico en la escritura es la arbitrariedad. Un sueño mal integrado puede convertirse en truco, en salida fácil. La tradición más sólida ha sabido evitarlo dotando al sueño de consecuencias. En Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, el protagonista conversa en su imaginación con el retrato de su esposa muerta, una presencia que aparece en momentos de duda y que funciona como una suerte de conciencia íntima. Esas conversaciones, a medio camino entre el recuerdo, la alucinación y el sueño despierto, no son un mero recurso poético: empujan a Pereira a cuestionar su pasividad frente al régimen del dictador portuguesa António de Oliveira Salazar y terminan orientando sus decisiones. La ensoñación se convierte así en motor ético del relato. Más que escapar de la realidad, el sueño la vuelve ineludible. Así, los límites entre lo onírico, lo real y lo ficcional no son líneas fijas, sino zonas de tránsito. El sueño en la ficción no equivale a evasión, sino a interrogación. Interroga la percepción, la memoria, la identidad. Obliga a admitir que la realidad, tal como la entendemos, es también una construcción narrativa sostenida por acuerdos invisibles…
Quizás por eso algunos relatos prefieren no explicar el sueño, sino simplemente habitarlo. En Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, una niña cae por la madriguera de un conejo y atraviesa un mundo donde la lógica se dobla como una carta de baraja: los gatos desaparecen dejando solo la sonrisa, las reinas ordenan decapitaciones improbables y el tiempo puede detenerse en una mesa de té interminable. Todo parece arbitrario y, sin embargo, mientras dura el relato, esa arbitrariedad adquiere la consistencia de una ley secreta. Al final Alicia despierta y el sueño se disuelve en la claridad de la tarde. Pero el lector queda con una sospecha que la literatura no ha dejado de insinuar desde entonces: que acaso la vigilia no sea más que otra forma del sueño.
Después de todo, pienso, también podría ocurrir lo contrario. Que una mañana despierte y recuerde, con la vaga inquietud de quien acaba de regresar de un territorio extraño, que anoche soñé que despertaba.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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