Durante años viví convencido de que estaba vivo. Respiraba, trabajaba, comía apurado frente a una pantalla y dormía con la alarma ya programada para el día siguiente. Todo funcionaba. O eso creía. Si alguien me hubiera preguntado entonces qué lugar ocupaban los libros en mi vida, habría respondido con honestidad brutal: ninguno.
Leer me parecía una actividad respetable, incluso admirable, pero ajena, como escalar montañas o aprender latín. No era para mí…
Mi vida se organizaba alrededor de lo inmediato. Mensajes breves, noticias fragmentadas, opiniones rápidas. Creía entender el mundo porque podía repetir frases ingeniosas sobre él. No me sentía vacío, sino lleno de ruido. Y el ruido engaña: se parece mucho al pulso de la vida cuando uno no le presta atención.
A menudo y sin razón miraba los libros que había heredado de mi padre, estaban ahí, observándome desde una estantería adquirida. Nunca hablamos mucho de ellos. Él leía en silencio, como quien reza sin esperar respuesta. Yo asociaba la lectura a su quietud, a una lentitud que me parecía propia de la edad. Mientras tanto prefería correr hacia metas más tangibles: un empleo mejor remunerado, una inversión prometedora, esas cosas que hacen la vida material más segura…
El primer indicio de que algo comenzaba a desencajarse fue una sensación difícil de nombrar. No era tristeza ni angustia, sino una especie de cansancio añejo y en mi cabeza rondaba en bucle una frase que mi padre citaba a menudo: «Es preciso que las palabras no expliquen, sino que despierten». Eran citas de la novela Ciudadela de Saint Exupéry, uno de sus autores fetiches.
Todo empezó una noche trivial. Se cortó internet. No fue una tragedia, apenas una molestia doméstica. El celular, inútil, quedó boca abajo sobre la mesa. Caminé por la casa sin saber qué hacer con el tiempo, como si el tiempo fuera algo que solo existía cuando lo ocupaba para obtener un mejor ingreso, para alcanzar el auto último modelo, cosas así. Aquella noche después del internet me quedé también sin electricidad. Aquello sí era una debacle, había resignado el celular y la computadora pero la televisión no, me dije, sin tele soy como Robinson Crusoe en una isla desierta, pensé. Y tal vez fue Robinson sin proponérselo quien llegó en mi auxilio porque pensar en ese libro, con el que tanto había insistido mi padre cuando yo era niño, me hizo levantar la mirada hacia la estantería. Tomé un libro al azar: Rayuela, de Julio Cortázar. Y una nueva frase retumbó en mi cerebro, recordaba vagamente haberla escuchado alguna vez, de boca de mi padre sin duda: «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». A la luz de las velas me llevó un tiempo pero finalmente la encontré varias páginas después, y entonces fue el segundo indicio. No puedo llamarlo emoción sino una agitación que fue in crescendo, primero la angustia y la desazón, luego el entusiasmo y el éxtasis, comenzaba a entender por fin esos indicios, fue sentir que alguien desde las palabras, ponía mi mundo patas arriba…
Leí poco esa noche. Sin embargo, al día siguiente, algo se había desplazado. En el colectivo, miré a las personas de otro modo. Pensé que cada una llevaba una historia ilegible, como un libro cerrado. No podía desprenderme de esa idea sin que supiera de dónde venía, si era algo concreto o si la noche anterior había dejado en mí algún tipo de lesión cerebral irreversible. Más tarde, sentado en mi despacho, estaba por confirmar la próxima cita con un empresario textil cuando de golpe se abrió la puerta. Como un torbellino entró mi secretaria con un libro en la mano: Señor debo retirarme de inmediato, mi madre… No necesitó más explicaciones yo sabía que su madre estaba internada en un geriátrico. No se preocupe, vaya nomás, respondí. Y se fue tan apurada que olvidó sobre mi escritorio el libro que traía entre las manos. La sombra del viento, leí, Carlos Ruíz Zafón. Tal vez ciertas frases no son casuales, tal vez las cosas ya se han dicho antes, lo cierto es que abrí las tapas donde estaba el punto de lectura: «Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió y el alma de quienes lo leyeron». Y por primera vez entendí que lo mismo podía decirse de las personas y quien dice personas puede decir de sí mismo. ¿Y si al final mi padre tuviera razón y Saint Exupéry también? ¿Y si las palabras no explican sino que despiertan? ¿Y si yo estaba empezando a despertar de un largo sueño equivocado? El sueño de mi vida, susurré, y casi me dio miedo. El tercer indicio no tardó en llegar: la urgente necesidad de cambiar.
Al día siguiente anulé todas las entrevistas con todos los empresarios y ante el estupor de mi secretaria, le di un mes de vacaciones pagas, cerré a cal y canto la oficina y me fui a casa. Con esta decisión habían quedado suspendidas también mis vacaciones en Ibiza, el Audi A5 que estaba por reservar y las salidas a Puerto Madero y… tantas cosas que antes me parecían imprescindibles y ahora había decidido guardar en un cajón, el cajón del quizás, del talvez, del veremos.
Empecé a leer de manera desordenada. Diez páginas antes de dormir. Un párrafo mientras preparaba el café. Al principio, la lectura competía con el impulso de mirar el teléfono. Perdía. Muchas veces perdía. Pero algo insistía. Una frase de El extranjero, de Albert Camus, me dejó inquieto durante días: «Me di cuenta de que había destruido el equilibrio del día». Yo también había destruido algo, pensé, pero también pensé que quizás valía la pena…
Las escenas cotidianas empezaron a cambiar de densidad. El desayuno ya no era solo combustible. El silencio dejó de incomodarme. Empecé a subrayar frases sin entender del todo por qué. En Ficciones, de Jorge Luis Borges, leí: «Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído». Esa línea me persiguió como una acusación. ¿Qué era yo, entonces? Hasta ese día los libros el único sitio que ocupaban en mi vida era en la estantería de mi padre. Desde entonces, leer empezó a parecerme una actividad respetable, incluso admirable, ya no tan ajena, no pensaba escalar montañas ni aprender latín pero una irrenunciable urgencia me impulsaba hacia las hojas impresas.
Leer me volvió torpe en el mejor sentido. Dejé de responder rápido, la eficacia no era lo más importante sino la desenvoltura, la osadía y una especie de desfachatez de actuar según me vinera en ganas. Demasiado tarde pero aún a tiempo, llegaron las palabras de Kafka que había escrito: «Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que llevamos dentro». Y supe, sin necesidad de más explicaciones, que sin leer había estado muerto, mi corazón ahora había empezado a latir.
Vivir es muchas más cosas que un auto nuevo o unas vacaciones de lujo. Vivir es pensar, analizar y para eso se necesitan herramientas, otras herramientas que no son los dólares ni el Bitcoin que tantas veces me habían dejado al borde de un colapso.
Y una vez más Saint Exupéry llegó de la mano del El Principito para recordarme una frase que mi padre repetía cuando era chico, y que ahora volvía con otra densidad: «Lo esencial es invisible a los ojos». Tal vez por primera vez comprendí que lo esencial tampoco cotiza en ningún mercado, pero sostiene todo.
El ultimo indicio llegó una noche de insomnio. No podía dormir. La cabeza me zumbaba con preocupaciones vagas, sin forma. Abrí Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Leí: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre». Esa frase simple lo desató. Pensé en los lugares a los que yo había ido buscando respuestas sin saberlo. Pensé en mi propio desierto interior, pensé en mi padre…
Leer me obligó a enfrentarme conmigo mismo. En Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, encontré una frase brutal: «Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara». Yo había mirado toda mi vida sin ver, sin reparar en nada. Vivía anestesiado por la velocidad.
La lectura no me hizo feliz de inmediato. Al contrario: me volvió más consciente de mis carencias, de mis miedos, de mi ignorancia. Pero también me dio algo nuevo: profundidad. Empecé a tener palabras para lo que sentía. Y cuando uno puede nombrar algo, deja de ser prisionero de eso.
Leer no me había dado respuestas definitivas, pero me había salvado de una muerte silenciosa: la de vivir sin conciencia.
Ray Bradbury en Fahrenheit 451, se acercó bastante a lo que había sido yo: «No hace falta quemar libros para destruir una cultura. Basta con hacer que la gente deje de leerlos». Así entendí que yo había colaborado, sin saberlo, con mi propia destrucción simbólica.
Esa noche lloré. No de tristeza, sino de lucidez. Lloré por todo lo que no había entendido antes, por las conversaciones perdidas, por los silencios malinterpretados, lloré, porque leer me había devuelto el compromiso con la vida.
Hoy me he convertido en una persona común. Ya no corro tras el dinero, el lujo, las mercancías que nos mienten felicidad. Sigo trabajando, sigo teniendo miedo, sigo equivocándome. Pero leo. Y al leer, pienso. Y al pensar, existo. De otra manera.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
Comparte la experiencia 😉
Libros en el artículo











