Hubo un solo momento que marcó la diferencia. Ínfimo, casi invisible. Cualquiera lo habría pasado por alto. Pero Luisa no. Su meticulosidad era un escudo protector que casi siempre la libraba de problemas mayores. Y aquel segundo no podía pasarse por alto…
Estaba sola en la estación de tren de Montparnasse, sosteniendo un cuaderno donde había copiado fragmentos de libros que planeaba usar en su tesis: un ensayo sobre causalidad y azar. Entre las notas estaba la palabra serendipia «hallazgo valioso, afortunado o inesperado que se produce de manera accidental», sobre lo cual se habla en la obra En movimiento: Una vida de Oliver Sacks, también la frase de Einstein: «Dios no juega a los dados con el universo» y un pasaje de Italo Calvino: «La literatura es el universo de lo posible».
El orden era perfecto, las referencias se tocaban tangencialmente y Luisa sentía esa especie de orgullo por su investigación mezclado con la ansiedad de haber visto cómo el texto maduraba en su mente…
Pero había una palabra que la incomodaba desde hacía días. No por lo que decía, sino porque chirriaba como una pieza apenas desajustada en un mecanismo que por lo demás funcionaba bien: la palabra Posible.
La había escrito casi sin pensar, y ahora sonaba como un segundo de más en el ritmo exacto de una sinfonía.
Mientras caminaba por el andén, se preguntó si debería cambiarla por probable. No era un matiz estilístico: era una corrección ética. Probable obligaba a aceptar que algunas consecuencias pesan más que otras. Decidió hacerlo con calma, ya sentada, cuando el tren estuviera en marcha…
A las 17:43, levantó la vista. El tren entraba a la estación puntual como siempre. Sacó el cuaderno un instante para ajustar la lapicera, lo apoyó sobre un banco para cerrar la mochila. No fue consciente de que un gesto tan breve podría alterar la exactitud de una sinfonía.
Caminó por el andén con la tesis ardiendo en la cabeza y una sola idea clara: reemplazar «posible» por «probable«. Solo necesitaba escribirlo; la palabra impresa la tranquilizaba más que mil ideas aleteando en su mente. Subió al tren, el silbato sonó. Dio un paso al interior, vaciló, intentó regresar, estiró la mano. Inútil: las puertas estaban selladas y el tren comenzó a moverse.
Desesperada, solo atinó a mirar por la ventanilla. Lo último que vio fue el cuaderno sobre el banco. Se alejaba, lejos, cada vez más lejos, el tren avanzaba y sobre el banco el cuaderno inmóvil como como una nota fuera de tiempo, incapaz de reincorporarse a la melodía. No gritó. No lloró. El error ya había ocurrido…
Claro que pensó en bajarse en la siguiente estación y dar marcha atrás. Por supuesto que lo hizo. Sin embargo cuando volvió a Montparnasse, el cuaderno había desaparecido, el cuaderno no estaba. Preguntó a todos y a nadie porque nadie supo decirle nada salvo mirarla como si estuviera loca y es que loca, enajenada, Luisa se sentó sobre el banco vacío y entonces sí, hundió su cara entre sus manos y lloró.
Esa noche, en su departamento, abrió el archivo digital de la tesis. Las frases estaban ahí, pero sin el cuaderno era imposible recomponer el trabajo de los últimos días: tachaduras, reescrituras, notas marginales. No faltaban solo citas; faltaba la red invisible que había construido a mano. Cada flecha, cada signo, cada margen tenía sentido. Intentó reconstruir de memoria. «Serendipia«, la palabrita con aroma a mitología, le recordó que el azar no irrumpía de golpe, sino que se filtraba en desplazamientos mínimos: un segundo, un gesto, el cuaderno que se había movido y transformado su mundo. Y casi volvió a llorar al comprender que el cuaderno se había llevado consigo no solo las notas, sino también ese entramado delicado donde cada palabra tenía peso y cada decisión un eco.
Probó con Einstein: “Dios no juega a los dados con el universo”. Lo leyó una y otra vez, buscando un ancla. Pero la frase sola había quedado como un faro solitario en un mar de confusión, señalando un horizonte que no podía alcanzar. Luego recordó una frase de Poética, de Aristóteles: “Es probable que sucedan muchas cosas contra lo probable”. La leyó en la pantalla y permaneció inmóvil. Eso había sido, pensó, …
aquel segundo ínfimo en el andén: no lo posible, sino lo probable, la aceptación de que ciertos actos arrastran consecuencias más densas que otros, que un gesto mínimo puede inclinar el peso entero de una vida. Comprendió entonces que no había querido corregir una palabra, sino anticipar una verdad. Y que, sin saberlo, aquella tarde había perdido mucho más que un cuaderno: había perdido el instante exacto en que lo probable se volvió destino.
Sin embargo, el horizonte se presentaba como algo precario, las citas eran solo mojones en un camino incierto, sin el cuaderno que marcaba el rumbo, cada posible camino se confundía en el caos. Luisa intentaba recomponer el barullo de ideas que le impedían avanzar con la tesis. El cuaderno no había sido solo soporte: había ordenado su mirada. Sin él, las frases pendían suspendidas como lazos de horca que Luisa estaba tentada de usar cada dos palabras.
Lo intentó todo: apeló a la memoria y reconstruyó sistemáticamente las flechas, los márgenes y las notas. Imposible. Cada gesto olvidado, cada palabra desplazada, funcionaba ahora como un punto de inflexión ausente, como un puente que se ha desplomado sobre un río turbulento.
Lo mínimo, esas ideas que nunca se registran a nivel consciente, esos pensamientos, sus especulaciones, horas de reflexión con el cuaderno en la mano parecían ahora un sueño al que no es posible regresar. La sensación de vacío no era solo intelectual; era física. Todo lo que parecía estable dependía de aquel segundo que ya no podía corregirse: el instante en que apoyó el cuaderno en el banco para ajustar la lapicera y cerrar la mochila, confiando en que nada podía pasar. Entonces recordó a Heráclito: “No es posible descender dos veces al mismo río”. Comprendió, con una serenidad casi brutal, que no se trataba solo del cuaderno perdido, sino de la clausura definitiva de ese instante: ese segundo estaba cerrado sobre sí mismo, inaccesible para siempre …
Y sin embargo, allí estaba la respuesta que había perseguido desde el andén. No era azar. No era castigo. Era consecuencia. Había querido cambiar posible por probable como una corrección de estilo, y terminó descubriendo que era una corrección de la vida. Algunas consecuencias, pensó, pesan más que otras; algunas inclinan un destino entero. Cerró el archivo, respiró hondo y abrió un cuaderno nuevo. Durante un momento permaneció inmóvil, la lapicera suspendida sobre la primera página, como si otra vez todo dependiera de un gesto mínimo. Gracias don Calvino, susurró, con su permiso voy a cambiarle una palabra. Y escribió, despacio, con una nitidez que le dolía y al mismo tiempo la liberaba:
“La literatura es el universo de lo probable”.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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