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El efecto nostalgia

La nostalgia. Tan presente en nuestro tango argentino (el amor perdido, mi Buenos Aires querido o la madre ausente), tan cercana a nuestros sentimientos cuando llega el invierno (pensamos en la primavera o en el verano que no están).
La nostalgia. Y se nos llenan los ojos de lágrimas cuando nos recordamos, de niños, allá lejos y hace tiempo (o no tanto) con esa primera experiencia de probar un helado, de columpiarse hasta casi tocar el cielo, de pasear de la mano de nuestro primer amor.
La nostalgia. Puede asociarse a la tristeza pero no lo es. Es el pensamiento de algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado. La nostalgia. Precisamente es un sentimiento que tiene que ver con los cambios, con lo que se tuvo, sabiendo que nada vuelve a ser igual, nunca. La nostalgia. El ser humano no puede evitar ser nostálgico porque la nostalgia no es dolor, es simplemente la sublimación del pasado, es un anhelo de retorno que quisiera transponer la enigmática distancia que separa el ayer del hoy para volver a sentir lindo.

La nostalgia, también tiene que ver con los libros. Sí, no pongas esa cara, porque cuando leemos, pero sobre todo cuando releemos, la nostalgia está presente y como somos nostálgicos por naturaleza, no podemos resistirnos a la tentación de volver a esos libros que nos conmovieron, que nos enseñaron, que nos sorprendieron. De volver a los libros.
Quizás sea más fácil si te demuestro con ejemplos más claros. ¿Te ha pasado que, aunque hayas visto la película Volver al futro (por poner un ejemplo) mil veces, no te importa verla 1001?  Y encima eres capaz de pasarla tan bien como la primera vez. A mí me ocurre. Y cuando escuchas tu canción preferida, tu cantante favorito por enésima vez, ¿no te pasa lo mismo? O cuando de repente reponen esa serie que ya habíamos visto y disfrutamos muchísimo en su momento (allá lejos y hace tiempo). Pues bien, cuando releemos nuestro libro favorito el efecto vuelve a repetirse. No es grave, a mí también me pasa.
Bien, enjuguemos esa lágrima melancólica que resbala hacia la comisura de la boca tan solo de pensar en esos ejemplos que seguramente se habrán materializado en tu memoria. Parpadeemos un par de veces para alejar ese picor que amenaza con estrujarnos el alma.
Porque eso tiene un solo nombre: nostalgia y cuando le ponemos nombre a nuestros fantasmas parecen menos fantasmas.

Desde el punto de vista académico, la relectura (leer más de una vez un mismo texto) parece algo frío y alejado de los sentimientos y más bien cercano a las competencias. Porque “leer más de una vez” es uno de los recursos privilegiados de los lectores expertos. Releer es la forma como las palabras se convierten en indicios y las ideas hallan un vínculo. Si no releyéramos difícilmente encontraríamos esos hilos con los cuales están amarrados los textos: la intertextualidad, las técnicas, el estilo, y ese hilo personal que amarra los textos leídos y releídos a los recuerdos: la nostalgia. Porque releer es volver a entrar en una casa conocida, en un espacio donde sentirse seguro. Pero el efecto nostalgia no sólo tiene que ver con la seguridad (el texto ya conocido, los sentimientos ya vividos) no se trata solamente de evitar el caos. El efecto nostalgia tiene mucho que ver con las sensaciones. El psicólogo Neel Burton dice que: “las cosas que nos vemos obligados a volver a ver son las que nos producen comodidad o perspectiva”. Es como ir a un restaurante y pedir esa comida que disfrutaste o tu postre favorito, ese que volverás a disfrutar. Con un libro pasa lo mismo y más. Cuando algo nos gusta experimentamos un incremento en nuestros niveles de dopamina y aumenta también nuestra sensación de placer y de entusiasmo, es innegable que nuestro cerebro nos pida más dosis de ese estímulo. Por eso ver una película una y otra vez nos gusta tanto. Por eso leer un libro nos embriaga, no importa que sepamos la trama al dedillo porque no se trata de entender la historia, al releer estamos librando al cerebro de la tarea de entender el argumento, podemos prestar atención a esos detalles y guiños que en otras lecturas nos impactaron y volver a sentir lo mismo otra vez. Claro que releer tiene además la ventaja de que con cada lectura descubriremos nuevos incentivos y entonces las ganas de volver a ese libro serán eternas.

El primer libro que recuerdo con nostalgia es “Mujercitas” de Louisa May Alcott. He perdido la cuenta de las veces que he vuelto a entrar de nuevo en la casa de las hermanas March, las veces que me he sentado con ellas en su salón. Conozco ese salón, conozco los sueños de cada una de ellas, conozco sus personalidades, sé cómo van a reaccionar. Es la seguridad de volver a casa después de conocer otros mundos lo que me hace volver a ese libro. Es la necesidad de sentirme nuevamente sentada en mi habitación de niña, hojeando, soñando, especulando en convertirme, como Jo, en una escritora consagrada. Y es que cada vez que abrimos un libro tenemos la oportunidad de revivir la historia, de revivirnos atravesando el muro de los años.

Es la nostalgia. Ese chispeante sentimiento que siempre nos acerca a los buenos momentos, porque uno no siente nostalgia de lo malo sino de lo bueno. Es la necesidad de seguridad. Por eso abrimos un álbum de fotos viejas, porque sabemos que allí vamos a encontrar a papá y a mamá sonriendo aunque sus sonrisas nos hayan abandonado hace rato, allí volveremos a ser los adolescentes que fuimos en ese viaje de egresados junto a nuestros compañeros aunque a muchos hayamos dejados de verlos hace tanto tiempo. Es la nostalgia que es además la seguridad. La seguridad de volver a sentir lo que sentimos, de volver a ver lo que vimos de volver a leer lo que leímos para sentir esa seguridad de ser quienes fuimos, un poco mejores, algo peores pero los mismos en la esencia de los sentimientos. Y como en definitiva nuestra esencia y nuestros sentimientos son lo que cuenta y los libros están allí para contarnos, volvemos a ellos una y otra vez.

La vida es complicada, para todos y la nostalgia que además de poderosa es un poco mentirosa, nos instala siempre en esa sensación de cosa fácil. Ya lo hemos hecho, ya nos hemos conmovido con tal o cual escena, ya hemos blasfemado contra el malvado de turno, ya hemos soñado con ese paisaje de ensueño, por qué no conseguirlo de nuevo. Releer es saber que si necesitamos un mundo de fantasía, entraremos en Las Anales de La Mundodisco de Terry Pratchett. Abrir por segunda o tercera vez un libro como Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll a mí personalmente me contacta con mis diez años, un libro con imágenes sorprendentes y un mundo fascinante donde no existen las reglas convencionales, y como lo fui junto a Alicia puedo volver a ser una niña decidida y sin miedo a equivocarme.

La relectura guarda unos lazos con el tiempo y el recuerdo. El placer y la sorpresa que da volver a releer un libro después de pasados unos meses o varios años es un maravilloso ejercicio de rememoración, es como reencontrarnos con antiguos amigos, con lugares ya visitados o con seres que fueron parte de nuestra vida pasada. ¿De un pasado idealizado? Es probable, solo lo comprobaremos con una re lectura que es además una manera de captar esas transformaciones sutiles de nuestra conciencia y un intento por darle a nuestra imaginación las alas fuertes de la memoria. De volver a ser fuertes, felices, aventureros, arriesgados, capaces de soñar, de amar de vivir a pleno aunque más no sea por el breve instante en que dura la lectura…Ah! Perdón… por el breve instante en que dura la “re-lectura”.


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