Caía el sol sobre el bosque y mi mirada, todavía humedecida por la nostalgia y por la lluvia, se refugió en los leños que crepitaban. Cerré los ojos y las imágenes se ordenaron con una nitidez inesperada, como si el murmullo del agua afuera y el calor adentro hubieran abierto en mí un conducto secreto por donde se filtraban otras tardes, remotas y persistentes, tardes de una época que creí extinguida en esta vejez que, ahora lo sé, es mucho más que la sepultura de todo lo vivido. Como un eco del destino que se acompasaba con el sonido de la lluvia y los leños, susurraban entre mis manos las páginas de Los restos del día, y leí: «¿qué podemos ganar mirando siempre atrás y culpándonos si nuestras vidas no han resultado como quizá hubiéramos deseado?», se preguntaba el protagonista o más bien el mismo autor Kazuo Ishiguro …
Frente al fuego comprendí que esa pregunta no apuntaba al pasado, sino a este presente silencioso en el que por fin empezaba a reconocer, sin resentimiento, el cambio: La vejez no era el derrumbe que había temido, sino el instante en que la conciencia alcanza a interpretar la vida.
El fuego respiraba con un ritmo cercano al de mi propio pecho: chisporroteaba, se replegaba, volvía a alzarse. Cada llama era un recuerdo, cada brasa una pregunta que ya no exigía respuesta inmediata. El bosque, oscuro y saturado de humedad, parecía un organismo antiguo que me observaba con la paciencia de quien ha visto pasar muchas vidas. En ese murmullo lento, casi vegetal, volvió a mí una frase que leí en el libro Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda: «Muchas veces escuchó decir que con los años llega la sabiduría». No sonó como una certeza triunfal, sino como un aprendizaje que se asienta con el tiempo, igual que la tierra después de la lluvia. Entonces entendí que el tiempo no avanzaba sobre mí como un enemigo, sino que me atravesaba, silencioso como una corriente subterránea, y supe que en la aceptación del tiempo reside la dignidad. Porque aceptar el tiempo significa también descubrir que el ser humano envejece dos veces: …
primero en el cuerpo, cuando la materia acusa el paso de los años, y luego en la mirada, cuando cambia la forma de contemplar la vida.
Fue en esa mirada distinta, más sutil y decisiva, donde me descubrí esa noche. Recordé a Borges, leído en mis años de madurez temprana, cuando todavía concebía al tiempo como una amenaza. “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho”, escribió en Nueva refutación del tiempo en la obra Otras inquisiciones. Aquellas frases, que antes me habían parecido una paradoja brillante, se reveló ahora como una verdad íntima: no estamos en el tiempo, somos tiempo, y envejecer no es otra cosa que adquirir una conciencia más honda de esa sustancia. Comprendí entonces que mi error había sido creer que el presente se me escapaba. Ahora veía con claridad que el presente nunca huye; somos nosotros quienes cambiamos de forma dentro de ese presente constante. No transitamos el tiempo: nos nutrimos de él, instante tras instante. Primero envejece el cuerpo; después, si tenemos fortuna, madura la mirada.
Afuera, la lluvia seguía tamborileando con una cadencia hipnótica. Cada sonido era una sílaba del mundo pronunciándose sin prisa, como si la naturaleza misma supiera que la vejez exige otro ritmo. Pensé en mi juventud: vertiginosa como una tempestad, imprudente como un refucilo, luminosa como un amanecer tras la tormenta, cruelmente breve. La recordé como se recuerda una fogata hermosa y peligrosa. Y, sin embargo, en esa evocación ya no había deseo de regreso, sino una ternura distante, casi pedagógica. Y le di la razón a Kazuo Ishiguro cuando escribió en Pálida luz en las colinas: “…hay recuerdos que, por mucho tiempo que haya transcurrido, por muchas cosas que nos hayan sucedido, no podemos olvidar jamás”. Comprendí entonces que la juventud no se pierde: …
se transforma, y que la vejez no es carencia, sino decantación. Y para completar aquel pensamiento, acudió a mí la voz de Antonio Machado, que en otros tiempos había leído como una advertencia melancólica y que ahora se me revelaba serena y exacta: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.”
Esta vez no temblé ante ese camino al mar; lo acepté como un movimiento natural y majestuoso, sin tragedia. Yo no era un río exhausto que se pierde en la desembocadura, sino un río que, tras muchos desvíos, había aprendido a reconocer su cauce. La vejez era, quizá, ese aprendizaje tardío pero esencial.
El fuego respondió con un crujido más intenso. Su luz pintó de ámbar las paredes de madera, y por un instante tuve la sensación de estar dentro de una memoria encendida. La vejez, pensé, como el fuego, también consume, pero al hacerlo ilumina aquello que antes permanecía en sombra. Como escribió Hermann Hesse en Demian: «La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero». Y quizá por eso, después de tantos desvíos, empezaba por fin a reconocer el mío y a mirar la vida de manera distinta: sin temor ni condescendencia.
Y vino a mí El verano de Albert Camus, para ayudarme a completar mi reflexión: “En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible”.
Esa frase, otrora enigmática, brillaba ahora con una claridad nueva: comprendí que los años no habían sido un despojo, sino una lenta revelación; que bajo las pérdidas y los silencios seguía ardiendo, intacta, una reserva secreta de vida.
La lluvia amainó, aunque su murmullo persistía como un eco lejano y yo, como Funes el memorioso del libro Ficciones de Borges empezaba a entender que “…el olvido es una de las formas de la memoria”.
Y más que olvido, deseaba habitar una memoria lúcida: aquella que no encadena ni idealiza, sino que ordena y libera. No la memoria que duele, sino la que explica. La vejez, entendí, no es el reino del olvido, sino el de la memoria reconciliada. Mi pensamiento comenzó a moverse como las llamas: ondulante, imprevisible, vivo. Mi juventud no había sido una pérdida, lo supe, sino una materia prima. Sin ella, mi vejez sería hueca; con ella, era un territorio fértil …
El fuego comenzó a disminuir, aunque su calor seguía abrazándome. Comprendí que mi vida no había seguido una línea recta, sino un movimiento circular, como el bosque, como las estaciones. El muchacho que fui miraba hacia adelante; el hombre que fui miraba hacia afuera; el viejo que soy mira hacia dentro. Y en esa mirada interior descubrí algo inesperado: la vejez no era una caída, sino una cima distinta, desde la cual podía contemplar el valle entero del tiempo recorrido.
Cuando finalmente abrí los ojos, la tormenta había casi desaparecido. El bosque respiraba con calma renovada. Las hojas brillaban con un resplandor húmedo y el aire olía a tierra viva. Miré los leños crepitantes y ya no vi solo un refugio contra el frío, sino un espejo de mi propio tránsito: arder, consumirse, iluminar. Sentí que algo en mí había completado su giro. La nostalgia seguía allí, pero ya no pesaba; era una música suave que acompañaba mi pensamiento. La juventud no regresa, ahora habita en mí transformada en memoria.
Caía el sol y mi mirada ya no era lamento, sino comprensión.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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