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Cuando conocí a Chéjov

Para los devoradores de libros, para los insaciables, para los hambrientos de ficción, la adolescencia es un país mágico del cual nunca deberíamos haber salido. Cuando conocí a Antón Chéjov estaba en plena pubertad y ya comenzaba a insinuarse ese depredador de palabras que hay en mí.
Era una época de descubrimientos, de largas noches de insomnio (sí, los adolescentes también pueden ser bichos de la noche), fagocitando novelas, una tras otra, no importaba cuál, cuando un libro caía en mis manos engullía página tras página y mientras tragaba digería, de manera que era casi un hecho que al dar vuelta la última página de un libro ya hubiera otro esperándome. Era fan de las novelas, era una apasionada de los policiales, de los romances (quién no a esa edad), de la ciencia ficción y de todo lo que cayera en mis manos. Y da la casualidad, la preciosa casualidad que por ese entonces también me hice seguidora de los rusos. Conocí a Dostoyevski, a Tolstoi, a Lérmontov, a Gógol, a Makárenko, a Shólojov… y conocí a Antón Chéjov.

Sí, fue amor a primera vista y el enamoramiento fue consecuente y resistente al paso del tiempo, doy fe. Recuerdo el punto de encuentro, la intersección donde se cruzaron mi vida y su vida. Tanto lo recuerdo que aún descansa en mi biblioteca aquella antología donde descubrí el primer cuento suyo que me dejó perpleja. Me refiero a Tristeza. Una historia triste, una historia cruel, una historia corta que contiene todo lo que tiene que tener (ni una coma de más, ni una de menos) para dejar perplejo a cualquiera. Pero lo maravilloso de ese cuento es que cambiando el contexto, alterando los hechos y aun buscando otros personajes, si mantenemos inalterable el trasfondo hallaremos que el cuento Tristeza es tan actual como si hubiera sido escrito ayer.
La comunicación entre los seres humanos, la empatía, el dolor, la pérdida, no son argumentos exclusivos del siglo XIX en que fue escrito, son perpetuas temáticas existenciales que hacen que ese cuento sea eterno.
Yo no lo sabía entonces, lo supe con el tiempo: Antón Chéjov es epifánico. Sí, porque gracias al ruso de la mirada triste, tuve mi propia epifanía cuando conocí la simpleza, la precisión y la fugaz belleza que una pequeña historia encierra entre las delicadas paredes de esa burbuja donde reside lo imprescindible para contar una historia y dejarte perplejo, esa burbuja que lleva por nombre: el cuento. Y esa maravilla del género corto no deja de maravillarme desde entonces.

Y con el tiempo llegaron más cuentistas. Llegó Cortázar y me volví a enamorar, llegó Borges y admiré su erudición, su mágica precisión y el dominio del lenguaje. Llegaron Raymond Carver, Katherine Mansfield, Horacio Quiroga, Abelardo Castillo y tantos más.

Con semejante trayectoria lectora era inevitable que con el tiempo esa voraz adolescente se volviera más puntillosa, más inquisidora, más crítica y descartara en su viaje a otros autores que hacían intentos por alcanzar la perfección del género, intentos asombrosos pero que no llegaban a sorprenderme.
Y como recorriendo un sendero cíclico, siempre volvía al primer amor, siempre al punto de partida, siempre a ese día mágico en que conocí a Antón Chéjov, siempre a ese instante en que comprendí que en literatura menos es más. Y desde entonces comenzó la búsqueda de una respuesta a la pregunta: ¿por qué Antón Chéjov?
Me ha llevado años, me ha costado la grata tarea de conocer a tantísimos escritores, y creo que he dado en la tecla. Además de epifánico, Antón Chéjov es inmortal.
Y el adjetivo inmortal, en literatura, no es para tomárselo a la ligera. Un autor debe reunir un montón de requisitos para alcanzar esa categoría y el ruso los tiene.
A pesar de haber sido escritos a finales del siglo XIX, sus relatos se ajustan mucho a nuestro tiempo y a nuestra mentalidad. Las meticulosas autopsias de la compleja psicología de sus personajes, su concepto de lo gracioso rayano en lo patético, su lúcida y atenta curiosidad por la vida tal como es vivida, no son privativos de un siglo en particular, lo trascienden y lo trascenderán simplemente porque se corresponden de algún modo con la experiencia humana, sin fronteras de tiempo.

La muerte de una esposa, de un hijo, las relaciones con una amante casada, los planteos de un abogado inepto, nuestras actitudes hacia parientes abandonados, el primer beso, el primer amor, en fin, el modo abrumador en que la vida se nos presenta, abundante en subjetividad y escasa de una verdad objetivable, así como vivimos y sentimos la vida hoy, así se sentían los rusos en un tiempo ya lejano, porque de eso hablan los relatos de Chéjov de la vida misma en su más elemental y trascendental sentido.
Por eso no es de extrañar que leyendo sus cuentosnos sintamos robustecidos, desagraviados de nuestra fragilidad humana, y hasta alentados para afrontar la vida, poner orden al desarreglo de la humanidad y encontrar claridad con un mínimo de recursos.
Desde que conocí a Chéjov, tengo un amigo con quien compartir con franqueza la inalienable existencia de la vida. Mantenemos una conversación sobre las emociones humanas en un tono ameno, en un lenguaje claro y expresivo, compartimos la concepción de la vida, de nuestra relación con los demás. Y es que la nuestra, es una relación en la cual nos abocamos a construir un trasfondo de la cotidianeidad con menor desesperación, y compartimos una esperanzada intuición de que algo más de nosotros mismos, de nuestra interioridad puede ser expuesto de manera lúcida.

Como lectora de ficción siempre busqué pistas, señales: ¿dónde hallar la cordura? ¿Cómo huir del aturdimiento diario? ¿Cuál es el origen de la calamidad humana? ¿Dónde encontrar consuelo? ¿Cómo vivir más cerca de la sensatez y más lejos de la locura? Y Chéjov me ha prestado su brújula.
Para los escritores del presente, su presencia nos acerca los temas apropiados para una narración imaginativa que nos trascienda, nos muestra qué momentos en la vida son cruciales o sugestivos, cómo debería comenzar un relato, cómo debería terminar, cuáles son las técnicas, cuál el lenguaje, que sin escarceos nos hable de la vida y nos permita un acercamiento más verosímil.

Gracias Antón Chéjov por emocionarme cada vez que charlamos. Gracias por tus personajes tan tuyos y tan de todos. Desde que te conocí querido Antón tengo la sensación de que todo lo importante, de que todo lo que busca respuestas en mi cotidianeidad las encuentra en cada una de tus obras. Gracias por la confianza en lo que escribí de tu mano y gracias por el orden que estableciste en este loco mundo del siglo XXI con tus pequeñas joyas escritas en el XIX.

Ciertamente desde que conocí a Antón Chéjov la esencia del alma humana, la banalidad y la vulgaridad de la sociedad me parecen menos graves, más fáciles de afrontar.


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